Por Rosa María Arjona

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La obsolescencia programada llega a los libros en papel

La muerte anunciada de los libros en papel continúa. La primera puñalada le fue asestada por el libro digital. Ahora, allende los mares, la tinta imperecedera empieza a agonizar.

En un renovarse o morir una editorial argentina ha sacado al mercado una colección llamada El libro que no pude esperar, libros embalados en una bolsa cerrada al vacío, con una pegatina encima en la que pone: “Atención. El contenido de este libro desaparece en aproximadamente dos meses”. Con fecha de caducidad, sí, como los yogures. Estos libros-yogures se abren con tijera y, al entrarles el aire, la tinta empieza a desaparecer. El objetivo, según esta editorial, es que sea leído rápidamente y de este modo los lectores consuman más literatura de nuevos autores. Vamos, algo así como “cómase una hamburguesa en un fast-food, y rapidito, que no están los tiempos para solomillos.”

El caso es que la obsolescencia programada, esa retorcida planificación que se hace durante la fabricación de un producto para que su utilidad se torne obsoleta o inservible en un tiempo calculado, abanderada del compra-tira-compra, ha desembarcado en el mundo de los libros en papel para asestarle la segunda puñalada.

Se veía venir.

Me pregunto si no sucederá lo mismo que con Santiago Nasar, cuya muerte anunciada nadie quería creer y los pocos que la tomaban como cierta no pudieron detener.

Ya saben, entre todos lo mataron y él solito se murió…

Una pincelada:

Fragmento de la novela “Crónica de una muerte anunciada” del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927)

“Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rumbo de su casa.

-¡Santiago, hijo -le gritó-, qué te pasa!

Santiago Nasar la reconoció.

-Que me mataron, niña Wene -dijo.”

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