Por Rosa María Arjona

Hambre de libros

Cuando siento hambre lectora me tiro a la calle en busca de librerías como si fueran pastelerías.

Desde la esquina presiento que los libros del escaparate me ven venir, empiezan a hacer piruetas, y hasta se ponen de patas sobre el cristal para llamar mi atención como perrillos en las tiendas de mascotas. Entonces me paro, los miro uno a uno, leo sus títulos llamativos sobre sus satinadas cubiertas de colores, su pedigrí de ventas. Y el pulso se me altera. Me gustaría llevármelos a todos, hazaña demasiado grande para mi pequeño bolsillo, así que me digo: bueno, entraré a dar una vuelta a ver qué encuentro.

Mala cosa.

Al igual que en los supermercados, entrar en las librerías con hambre y sin una lista previa es un riesgo que se paga caro.

Paseo entre las estanterías abarrotadas de pensamientos hechos palabras como por un bosque encantado, subyugada por el olor de lluvia de tinta sobre las hojas de papel con un fondo lejano a madera. Los libros me ven pasar, me observan desde sus puestos ordenados. Unos me susurran. Otros me hacen un guiño cómplice con sus títulos sugestivos. Otros me miran indiferentes desde su mundo de especialidades y saberes, y yo les devuelvo la misma mirada. Algunos me llaman abiertamente y me acerco sin reservas, los toco, los cojo, leo sus contraportadas, los abro por el medio, picoteo un poco y si me gusta voy a la primera página (oh, esa primera página tan importante y tan arriesgada para convencer a los editores). Otros libros en cambio parecen dormitar, tímidos, silenciosos, casi ocultos como una perla dentro de una ostra…

Al final el dinero no me llega y saco la tarjeta, satisfecha con la compra y apesadumbrada por el gasto no previsto, jurándome que hasta el mes que viene, o al otro, no volveré a cruzar la puerta de ninguna librería. Y mientras voy por la calle con mi bolsa repleta de libros, deseando llegar a casa para hincarles el diente, me entra la ansiedad por saber por cuál de los escogidos entre miles empezaré primero: ¿por el “pedigrí”? ¿por el “sugerente”? ¿por el “recomendado”? ¿por el “tímido”?…

(… Y en el fondo de la bolsa, los libros se sonríen sabedores de que son ellos los que me han escogido a mí y no al contrario…)

Pincelada

Fragmento de la novela “Tokio blues” de Haruki Murakami (Kioto, 1949)

“Así pasé de los dieciocho a los diecinueve años. El sol salía y se ponía; izaban la bandera y la arriaban. Y al llegar el domingo salía con la novia de mi amigo muerto. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo ni de qué vendría a continuación. En las clases de la universidad, leía a Claudel, a Racine y a Einstein, pero sus libros me interesaron muy poco. En clase no había hecho ningún amigo y en la residencia tenía simples conocidos. Como siempre me veían leyendo, los de la residencia pensaban que yo quería ser escritor, lo que jamás se me había ocurrido. A mí, en realidad, no se me había ocurrido ser nada.

Intenté explicarle mis sentimientos a Naoko. Tenía la sensación de que, con un grado mayor o menor de exactitud, ella podría entenderme. Pero no logré hallar las palabras. Pensé: “¡Qué extraño! ¿Se me habrá contagiado su manía de buscar las palabras?”.

Los sábados por la tarde me sentaba en el vestíbulo, al lado del teléfono, esperando la llamada de Naoko. Dado que los sábados por la noche casi todos salían a divertirse, el vestíbulo estaba más tranquilo que de costumbre. Analizaba mis sentimientos absorto en las motas de luz que brillaban suspendidas en el aire silencioso. ¿Qué quería la gente de mí? Pero no encontraba respuesta alguna. A veces alargaba la mano hacia las motas de luz que flotaban en el aire, pero mis dedos no tocaban nada”.

 

De bombillas y libros

Una bombilla de poco más de 111 años sigue luciendo en una estación de bomberos de Livermore, una pequeña localidad de California, sin haberse apagado ni una sola vez. Como lo leen. Este pequeño y viejo artefacto está dejando en evidencia a la tirana obsolescencia programada. Ella solita. A mí me entran ganas de aplaudir. La llaman la bombilla milagrosa, pero su único milagro es ser producto de una época en la que se pensaba que las cosas había que hacerlas bien hechas o no se hacían, y además para que durasen toda la vida. O al menos se intentaba.

Como los libros. Al menos hasta ahora.

Los responsables de la editorial argentina que ha lanzado El libro que no puede esperar argumentan que las nuevas promesas de la literatura necesitan que se los conozca rapidito (con una tirada de tan sólo 50 volúmenes tampoco arriesgan demasiado) para alcanzar una segunda publicación. Dicen que la meta de este libro efímero es desaparecer para que los nuevos autores no desaparezcan. Qué ironía. Me pregunto quién se va a acordar de ellos una vez que su obra y sus nombres se desvanezcan en dos meses.

También alegan que su libro-visto-y-no-visto rompe con el estado natural del libro-de-toda-la-vida, que es esperar a que los lectores se decidan a leerlo. Y digo yo, ¿qué importa que un libro, leído o no, tenga que esperar paciente durante meses, tal vez años, amarilleándose en una estantería, a que lo abramos de nuevo cuando nos apetezca o maduremos lo suficiente para entenderlo? Lo importante es que cuando lo hacemos, su tesoro sigue ahí, brillando en toda su intensidad. O más aún, ya que al releerlo al cabo de los años solemos descubrir un nuevo sentido, un nuevo matiz, algo que no vimos o no pudimos comprender cuando éramos más jóvenes.

¿Puede hacer lo mismo un libro con caducidad? ¿Un libro que a los dos meses, literalmente, se queda en blanco?…

Los libros, cual bombillas, iluminan nuestros pasos por la vida. Dejémoslos lucir sin cortocircuitos.

Una pincelada

Fragmento del cuento “El otro”, incluido en El libro de arena de Jorge Luís Borges (Buenos Aires, 1899–Ginebra, 1986) donde el autor septuagenario se encuentra, o se sueña, consigo mismo de joven en un banco junto a un río.

“Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.

-“Los poseídos” o, según creo, “Los demonios” de Fyodor Dostoievski –me replicó no sin vanidad.

-Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?

No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.

-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.

Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.

Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.

Enumeró dos o tres, entre ellos “El doble”.

Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.

-La verdad es que no –me respondió con cierta sorpresa.

Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía “Los himnos rojos”. También había pensado en “Los ritmos rojos”.

-¿Por qué no? –le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.

Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época”…

La muerte anunciada de los libros en papel continúa. La primera puñalada le fue asestada por el libro digital. Ahora, allende los mares, la tinta imperecedera empieza a agonizar.

En un renovarse o morir una editorial argentina ha sacado al mercado una colección llamada El libro que no pude esperar, libros embalados en una bolsa cerrada al vacío, con una pegatina encima en la que pone: “Atención. El contenido de este libro desaparece en aproximadamente dos meses”. Con fecha de caducidad, sí, como los yogures. Estos libros-yogures se abren con tijera y, al entrarles el aire, la tinta empieza a desaparecer. El objetivo, según esta editorial, es que sea leído rápidamente y de este modo los lectores consuman más literatura de nuevos autores. Vamos, algo así como “cómase una hamburguesa en un fast-food, y rapidito, que no están los tiempos para solomillos.”

El caso es que la obsolescencia programada, esa retorcida planificación que se hace durante la fabricación de un producto para que su utilidad se torne obsoleta o inservible en un tiempo calculado, abanderada del compra-tira-compra, ha desembarcado en el mundo de los libros en papel para asestarle la segunda puñalada.

Se veía venir.

Me pregunto si no sucederá lo mismo que con Santiago Nasar, cuya muerte anunciada nadie quería creer y los pocos que la tomaban como cierta no pudieron detener.

Ya saben, entre todos lo mataron y él solito se murió…

Una pincelada:

Fragmento de la novela “Crónica de una muerte anunciada” del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927)

“Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rumbo de su casa.

-¡Santiago, hijo -le gritó-, qué te pasa!

Santiago Nasar la reconoció.

-Que me mataron, niña Wene -dijo.”

Medio pan y un libro

Es obvio que los libros no están hechos para ser comidos, al menos, literalmente. Sin embargo, literariamente hablando son imprescindibles en la dieta humana.

La lectura es altamente beneficiosa para nuestra salud física y mental: amplía nuestro conocimiento del mundo, crea hábitos de reflexión, análisis, esfuerzo y concentración, agudiza el sentido crítico, mejora el vocabulario y la ortografía y por ende ayuda a expresarse mejor, desarrolla la imaginación, alivia el estrés y estimula o despierta las neuronas del cerebro, lo que la convierte en una gran aliada a la hora de prevenir el declive intelectual prematuro o enfermedades mentales como el Alzheimer. Y además entretiene, divierte y hace gozar.

Toda una panacea.

He de señalar que la lectura, al igual que la escritura, una vez que se le coge el gusto es muy adictiva. Y además engorda y mucho. Se puede consumir en grandes cantidades y no hartarse nunca. Lo bueno es que con la lectura no hay peligro de sobrepeso, sino todo lo contrario. Cuantos más libros se digieran, cuanto más te engorden el cerebro y el alma, más ligero se vuelve uno, más lúcido, más libre, más soñador, más alado…

Como dijo García Lorca, en la inauguración de una biblioteca en el pueblo de Fuente Vaqueros, Granada, un día de septiembre de 1931:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita…”

Pinceladas

Fragmento del poema “Cuatro gotas de aceite” de Carlos Marzal (Valencia, 1961)

Cuatro gotas de aceite

sobre un trozo eremita de pan blanco,

o sobre el obsequioso corazón

de un tomate maduro en sacrificio,

nos aleccionan con su desnudez,

con su absoluta falta de consejo.

……

El hecho de verter las cuatro gotas,

cuatro lágrimas densas de oro humilde,

sobre las migas cándidas, supone

un acto elemental

contra la rutina,

una rúbrica más

contra la muerte.