Por Rosa María Arjona

Dice Paulo Coelho: “Escoger un camino es abandonar otros”…

¿Alguna vez, querido lector, se ha preguntado qué habría ocurrido en su vida si en vez de escoger ese camino que escogió hubiese elegido otro distinto?… Si se hubiese o no casado; si se hubiese casado con otra persona; si se hubiese ido a otra ciudad o a otro país a vivir; si hubiese realizado o no unos estudios; si hubiese cambiado de trabajo; si hubiese callado en vez de hablado, o al contrario; si hubiese reflexionado, o controlado su ego, antes de cometer aquel grave error… ¿Cómo habría cambiado su vida? Sin duda, su situación vital y sus circunstancias no serían las mismas a las que tiene ahora. No sabemos si mejores o peores, pero desde luego sí que serían distintas.

La vida no es lineal como un río, sino más bien como un frondoso árbol donde un sinfín de caminos se entrecruzan o bifurcan como ramas en crecimiento constante. Cuando elegimos tomar un camino abandonamos el resto. Y entonces, inevitablemente, el paisaje cambia.

La vida es una constante elección. Y tras cada elección hay unas consecuencias ante las cuales hemos de volver a elegir el camino a tomar. Toda nuestra situación vital es consecuencia de nuestras elecciones, que no sólo nos afectan a nosotros mismos sino también a los demás. De ahí la importancia y la responsabilidad de decidir escoger el camino más apropiado en cada momento.

Indudablemente, decidir qué camino tomar no siempre es fácil. Sobre todo cuando uno está dominado por el ego. Como dice el escritor chileno Alejandro Jodorowsky:  “El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matarlo, sino domarlo”. O como dijo el filósofo americano Ralph Waldo Emerson: “Nadie ha aprendido el sentido de la vida hasta que ha sometido a su ego para servir a sus hermanos”. Qué gran verdad…

Elegir siempre conlleva el riesgo de equivocarnos. ¿Quién no recuerda alguna decisión que desearía no haber tomado o palabras que preferiría no haber pronunciado en el pasado? También a todos, en alguna ocasión, nos han afectado dolorosamente las decisiones tomadas por otros, máxime cuando son personas emocionalmente cercanas. Sin lugar a dudas, todos hemos sufrido o hemos hecho sufrir de forma consciente o inconsciente.

El pasado no se puede cambiar. Nadie puede volver atrás y enmendar lo ocurrido. Ni tampoco es aconsejable dejar pasar, no hacer nada, como si el error cometido fuera a diluirse como una nube en el tiempo. El tiempo no enmienda nada. Ni cura, pese al dicho popular, únicamente anestesia. Es nuestra voluntad de hacer algo para mejorar o cambiar las cosas actuales la que puede enmendar los errores cometidos y de esta forma aliviar el dolor del daño sufrido o infringido. Y esto sólo puede lograrse mediante el perdón, hacia los demás o hacia uno mismo.

Perdonar es un acto de voluntad. Por esa razón en algunas ocasiones no es fácil. Perdonar supone ser consciente de lo ocurrido, no supone borrarlo ni olvidarlo, pero sí tomar la decisión de aceptar el dolor y la rabia, sin luchar contra ellas ni acrecentarlas, aceptar y comprender dichas emociones y luego decidir abandonarlas, dejarlas atrás, poner distancia emocional en lo ocurrido. Perdonar es un acto de curación y de fortaleza, es elegir el camino de la redención. En verdad, perdonar sería mucho más fácil si todos nos diésemos cuenta de que el perdón no es un regalo que hacemos a los demás, sino un valioso regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

Tampoco es fácil decidir qué hacer cuando uno está paralizado por el miedo, aunque es más comprensible o justificable que cuando uno lo hace dominado por su ego, ya que el miedo es un instinto común a todos los seres humanos, una ancestral herramienta de supervivencia del que nadie está completamente libre. El miedo, todos lo sabemos, es una emoción angustiosa ante la proximidad de un peligro, real o imaginario, que va acompañada por un pujante deseo de evitación o de huida. Eso es, precisamente, lo que le pasó al protagonista de la novela Cometas en el cielo cuando era niño, cuya elección cambió dolorosamente el destino de otros y le atormentó durante años. Hasta que encontró el camino de la redención y, pese a su miedo, tuvo el valor de emprenderlo.

Resumen de la novela “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini  ( Kabul, Afganistán, 1965)

Sobre el telón de fondo de un Afganistán respetuoso de sus ricas tradiciones ancestrales, la vida en Kabul durante el invierno de 1975 se desarrolla con toda la intensidad, la pujanza y el colorido de una ciudad confiada en su futuro e ignorante de que se avecina uno de los períodos más cruentos y tenebrosos que han padecido los milenarios pueblos que la habitan. Cometas en el cielo es la conmovedora historia de dos padres y dos hijos, de su amistad y de cómo la casualidad puede convertirse en hito inesperado de nuestro destino. Esta emotiva historia se centra en la oportunidad de la redención, en la necesidad de afrontar los errores y pecados cometidos, arrepentirse y restaurar el daño causado por una mala decisión tomada en el pasado.

Una pincelada

“Después del colegio, Hassan y yo nos reuníamos. Yo cogía un libro y subíamos a una colina achaparrada que estaba en la zona norte de la propiedad de mi padre en Wazir Akbar Kan. En la cima había un viejo cementerio abandonado con hileras irregulares de lápidas anónimas y malas hierbas que inundaban los caminos de paso. Las muchas temporadas de nieve y lluvia habían oxidado la verja de hierro y desmoronado parte de los blancos muros de piedra del cementerio, en cuya entrada había un granado. Un día de verano, grabé en él nuestros nombres con un cuchillo de cocina de Alí: “Amir y Hassan, sultanes de Kabul.” Aquellas palabras servían para formalizarlo: el árbol era nuestro. Después del colegio, Hassan y yo trepábamos por las ramas y arrancábamos las granadas de color rojo sangre. Luego nos comíamos la fruta, nos limpiábamos las manos en la hierba y yo leía para Hassan.

Él, sentado en el suelo y con la luz del sol, que se filtraba entre las hojas del granado, bailando en su cara, arrancaba con expresión ausente briznas de hierba mientras yo leía historias que él no podía leer por sí solo. Que Hassan fuera analfabeto como Alí y la mayoría de los hazaras era algo que estaba decidido desde el mismo momento de su nacimiento, tal vez incluso en el mismo instante en que había sido concebido en el ingrato seno de Sanaubar. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad tenía de la palabra escrita un criado? Pero a pesar de su analfabetismo, o tal vez debido a él, Hassan se sentía arrastrado por el misterio de las palabras, seducido por aquel mundo secreto que le estaba prohibido. Le leía poemas y relatos, y alguna vez adivinanzas, aunque dejé de hacerlo en cuanto constaté que él era mucho mejor que yo solucionándolas. Así que le leía cosas incuestionables, como las desventuras del inepto mullah Nasruddin y su asno. Pasábamos horas sentados bajo aquel árbol, hasta que el sol se ponía por el oeste, y aun entonces Hassan insistía en que quedaba suficiente luz para un relato más, o un capítulo más.”

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El poder de los libros

Paseando por la bella y bulliciosa ciudad de Cambridge, en una excursión que hice con mis alumnos hace un par de años, sobre el escaparate de la librería Heffers leí una cita de Horace Mann, un notable reformador de la educación americana del siglo diecinueve, escrita en grandes letras blancas que decía:

A house without books is like a room without windows.

“Una casa sin libros es como una habitación sin ventanas”. El símil no puede ser más exacto ni encerrar más verdad.

En los libros está la cultura, es decir, la experiencia de la humanidad en todos los ámbitos. La lectura es la llave que nos abre la puerta a nuestra cultura, nos desarrolla el conocimiento y la creatividad, fortalece y enriquece nuestra mente a la par que nos abre las alas de la creación de otras realidades, de otros mundos. Los libros nos hacen libres. Por esa razón, como dice José Antonio Marina, “lo primero que hacen los dictadores es censurarla, prohibirla o, al menos, disuadirse de ella, porque saben muy bien que la lectura es el gran enemigo de la tiranía.”

Los libros son ventanas por las que, mediante la lectura, entra el aire y la luz a nuestras vidas. Prohibir los libros es negarnos el acceso a nuestra legítima fuente de conocimiento, encerrarnos en la oscuridad de la ignorancia, asfixiarnos con el vil sometimiento con la única intención de doblegar nuestro espíritu de naturaleza libre y de rebajarnos al primitivismo más zafio y manipulable.

Algo así le sucedió al escritor chino  Dai Sijie siendo adolescente durante la Revolución Cultural de Mao Zedong –“cultural”, qué ironía- cuyo “pecado”, ser un estudiante e hijo de médico, es decir, de “intelectual reaccionario”, fue motivo suficiente para arrancarle de su familia y enviarle a un lugar inhóspito en las montañas para ser “reeducado” entre campesinos analfabetos. Este escritor, afincado en Francia desde hace años, narró su dura experiencia en su novela “Balzac y la joven costurera china” donde también cuenta su descubrimiento de la literatura occidental. “Este amor por los libros nunca me ha abandonado”, dijo en una entrevista.”La lectura me ha dado tanto. Me lo ha dado todo”.

Resumen de la novela “Balzac y la joven costurera china” de Dai Sijie (China, 1954)

Dos adolescentes chinos son enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta. Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia con la aparición de una maleta clandestina llena de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla, la joven hija del sastre del pueblo vecino.

Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la joven costurera china es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad, lo que sin duda explica el fenomenal éxito de ventas que obtuvo en Francia el año pasado, con más de cien mil ejemplares vendidos apenas dos meses después de su publicación.

Una pincelada

“La montaña del Fénix del Cielo estaba tan alejada de la civilización que la mayoría de la gente no había tenido la posibilidad de ver una película en toda su vida, y ni siquiera sabía qué era el cine. De vez en cuando, Luo y yo contábamos algunas películas al jefe, que babeaba por oír más. Cierto día, se informó de la fecha de proyección mensual en la ciudad de Yong Jing, y decidió enviarnos, a Luo y a mí. Dos días para ir, dos para volver. Teníamos que ver la película la misma noche de nuestra llegada a la ciudad. Una vez de regreso a la aldea, teníamos que contar al jefe y a todos los aldeanos la película entera, de la A a la Z, de acuerdo con la exacta duración de la sesión.

Aceptamos el desafío pero, por prudencia, asistimos a dos proyecciones consecutivas en el campo de deportes del instituto de la ciudad, provisionalmente transformado en cine al aire libre. Las muchachas de la población eran encantadoras, pero permanecimos esencialmente concentrados en la pantalla, atentos a cada diálogo, a los trajes de los actores, a sus menores gestos, a los decorados de cada escena e, incluso, a la música.

Al regresar a la aldea, tuvo lugar ente nuestra casa sobre pilotes una sesión de cine oral sin precedentes. Naturalmente, asistieron todos los aldeanos. El jefe estaba sentado en primera fila, en el centro, con la larga pipa de bambú en una mano y nuestro despertador del “fénix terrenal” en la otra, para comprobar la duración del relato. La emoción del estreno se apoderó de mí, me vi reducido a exponer mecánicamente el decorado de cada escena. Pero Luo demostró ser un narrador genial: contaba poco, pero representaba sucesivamente cada personaje, cambiando de voz y de gestos. Dirigía el relato, cuidaba el suspense, planteaba preguntas, hacía reaccionar al público y corregía las respuestas. Lo hizo todo. Cuando hubimos o, mejor dicho, cuando hubo terminado la sesión, justo en el tiempo estipulado, nuestro público, feliz, excitado, no se lo creía.

-El mes que viene –declaró el jefe con una sonrisa autoritaria- os mandaré a otra proyección. Seréis pagados como si trabajarais en los campos.

Al principio, aquello nos pareció un juego divertido; nunca hubiéramos imaginado que nuestra vida, la de Luo al menos, fuese a cambiar de tal forma.”

 

Espíritu de Navidad

Llega la Navidad, y con ella la alegría, los reencuentros, los villancicos, las luces, los manjares, los regalos…

Mas no es así para todos.

Para muchos, la Navidad es un tiempo de tristeza avivada por la ausencia de las personas queridas que se fueron para siempre, por la soledad de los que no tienen familia, por el abandono de los ancianos en las residencias, por los que viven en las calles, por  los que poco o nada tienen para celebrarla, por la impotencia de los parados, por la fragilidad de los enfermos…

La Navidad debe ser un tiempo de reflexión.

Un tiempo para darnos cuenta de que el amor, la solidaridad, la justicia y el servicio a los demás es su verdadero significado. Un tiempo para comprender que la esencia de la Navidad va mucho más allá de unos regalos, mucho más allá de unas bonitas fiestas. Es el tiempo de asumir que el verdadero Espíritu de la Navidad es darnos a nosotros mismos, honestamente, cada día del año. Y obrar en consecuencia.

Te deseo, de todo corazón, que el espíritu de la Navidad vaya siempre contigo, querido lector.

Resumen de “Cuento de Navidad” de Charles Dickens (Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – 9 de junio de 1870)

Scrooge es un hombre miserable y tacaño a quien no le importan los demás, ni siquiera su empleado Cratchit o su sobrino Bob, lo único que le importan son los negocios y el dinero. En víspera de Navidad, recibe la visita del fantasma de su socio Marley, muerto hacía 7 años, que le dice que ya ha superado el límite de sus maldades y que cuando muera tendrá que llevar una cadena larga y pesada. Así mismo, le anuncia que vendrán tres espíritus a visitarle para darle la última oportunidad de salvarse. Y esa noche aparece el Espíritu de la Navidad Pasada, que le hace recordar a Scrooge su vida infantil y juvenil y su desmedido afán de enriquecerse, el Espíritu de la Navidad Presente,  que le enseña cómo varios conocidos celebran la Navidad, y el Espíritu de la Navidad Futura que le muestra lo peor: su casa saqueada por los pobres y su propia tumba. Cuando Scrooge se despierta de su pesadilla, se convierte en un hombre generoso y amable. Por primera vez, celebra la Navidad, manda un gran pavo a su empleado, da donativos para los pobres, saluda a la gente por la calle y se va a casa de su sobrino Fred para festejar las fiestas. A partir de aquel día, no sólo aumenta el sueldo de Crachit, sino que se convierte en el más generoso benefactor de su humilde familia. El cuento acaba con la memorable frase del pequeño Tiny Tim: “Y que Dios nos bendiga a todos”.

Una pincelada

“Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También Scrooge había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en cualquier papel donde apareciera. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo, más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd como el más muerto de todos los artículos de ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ancestros, y no serán mis manos impías las que lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamentario, su único administrador, su único asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el mismísimo día del funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.

La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la historia que voy a relatar. Si no estuviésemos completamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había fallecido antes de levantarse el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente enfermiza de su hijo; sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.

Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años después, allí seguía sobre la entrada del almacén: «Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Marley». Algunas personas, nuevas en el negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le daba lo mismo.

¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebañaba, apresaba! Duro y agudo como un pedernal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho estuviese helado en los días más calurosos del verano, y en Navidad no se deshelaba ni un grado.

Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calentarle, ningún frío invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas se desprendían con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.

Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted? ¿Cuándo vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban a sus dueños hasta los portales y los patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»

Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era precisamente lo que le gustaba. Para él era un placer abrirse camino entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase las distancias.”

¿Cuál es la mejor biblioteca del mundo? Difícil pregunta, ya que en nuestro pequeño planeta existen muchas y hermosas bibliotecas cargadas de sabiduría, arte e historia. Desgraciadamente, otras muchas han desaparecido a lo largo de los siglos por guerras, incendios o saqueos promovidos por exaltados líderes políticos o religiosos. La destrucción de las bibliotecas, junto con la quema de libros, constituyen los lamentables capítulos de la censura, el fanatismo, la estulticia, la incultura y la venganza a la que puede llegar el ser humano.

Dos de las bibliotecas más famosas de la antigüedad fueron la Gran Biblioteca de Alejandría y la Biblioteca de Constantinopla. En la primera se intentó compilar todo el conocimiento de la cultura helénica. Era, en palabras de Vitruvio, arquitecto, escritor y tratadista romano del siglo I a. C. , “la editorial más grande de la antigüedad”. Fue destruida en el año 48 a. C., en el incendio que devastó la ciudad de Alejandría durante el asedio de César. La Biblioteca de Constantinopla, creada por Constantino en el año 315, y que llegó a tener más de cien mil rollos o volúmenes, fue quemada por León III el Isaúrico.

Sin duda, dos grandes pérdidas para la humanidad.

Ir a una biblioteca es tal vez una de las actividades más culturales que se puedan llevar a cabo. Sobre todo, si además de albergar un extenso y variado catálogo de ejemplares, estos se encuentran en una excepcionales instalaciones. Sirva como ejemplo la Biblioteca de la Abadía de Melk, en Austria, la cual alberga en su interior numerosos manuscritos medievales. Fueron esos manuscritos los que dieron a la Abadía de Melk prestigio internacional, convirtiéndose en una escuela cristiana en el siglo XII que perdura hasta la actualidad.

Tal es el prestigio de esta abadía que Umberto Eco decidió llamar a uno de los protagonistas de su libro El nombre de la rosa Adso de Melk, como homenaje a este monasterio y a su famosa biblioteca.

Resumen de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco (Alessandria, Italia, 1932)

La historia, original mezcla de novela gótica y de relato policíaco a lo Agatha Christie, cuenta las peripecias de Guillermo de Baskerville y de su alumno y fiel acompañante, Adso de Melk, en una abadía benedictina en el primer tercio del siglo XIV. Peripecias que giran alrededor de unos misteriosos textos griegos y las extrañas muertes que se suceden en torno a ellos.

Una Pincelada

“No me extrañé de que el misterio de los crímenes girase en torno a la biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y, quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?

Tentaciones, sin duda; soberbia del intelecto. Muy distinto era el monje escribiente que había imaginado nuestro santo fundador: capaz de escribir sin entender, entregado a la voluntad de Dios, escribiente en cuanto orante, y orante en cuanto escribiente. ¿Qué había sucedido? ¡Oh, sin duda, no sólo en eso había degenerado nuestra orden! Se había vuelto demasiado poderosa, sus abades rivalizaban con los reyes.

……………………………

¿Qué había que hacer? ¿Dejar de leer y limitarse a conservar? ¿Eran fundados mis temores? ¿Qué habría dicho mi maestro?

No lejos de mí, el rubricante Magnus da Iona estaba ablandando con yeso un pergamino que antes había raspado con piedra pómez, y que luego acabaría de alisar con la plana. A su lado, Rabado de Toledo había fijado su pergamino a la mesa y con un estilo de metal estaba trazando líneas horizontales muy finas entre unos agujeritos que había practicado a ambos lados del folio. Pronto las dos láminas se llenarían de colores y de formas, y cada página sería como un relicario, resplandeciente de gemas engastadas en la piadosa trama de la escritura. Estos dos hermanos míos, dije para mí, viven ahora su paraíso en la tierra. Estaban produciendo nuevos libros, iguales a los que luego el tiempo destruiría inexorable… Por tanto, ninguna fuerza terrenal podía destruir la biblioteca, puesto que era algo vivo… Pero, si era algo vivo, ¿por qué no se abría al riesgo del conocimiento?”

 

Leer en verano

Leer en verano es tan gratificante como darse un chapuzón en la piscina, en el mar, o en las frías aguas de un río: refresca la mente, divierte y relaja. Por esa razón, muchos retoman el libro olvidado en la estantería o sobre la mesilla de noche que compraron hace meses y no terminaron de leer por falta de tiempo, y otros se dan una vuelta por la librería en busca del libro más adecuado para llenar ese rato entre baño y baño, o esas deliciosas tardes de asueto.

Afortunadamente, llevar un libro en la bolsa de baño se está convirtiendo en algo tan natural como llevar la toalla. Y si no, lean los siguientes datos.

Según la Federación de Gremios de Editores de España, el porcentaje de lectores de libros mayores de 14 años se incrementó en 2012 hasta situarse en el 63% de la población. Se reduce así la distancia que aún nos separa de la media europea que sitúa el porcentaje de lectores, en esta misma franja de edad, en el 70% de la población. El perfil del lector en España sigue siendo el de una mujer, con estudios universitarios, joven y urbana que prefiere la novela, lee en castellano y lo hace por entretenimiento. La falta de tiempo sigue siendo la razón principal de los no lectores para explicar su falta de hábito lector. El 29% de los no lectores afirma que no le gusta o no le interesa. Yo creo que la razón es que nadie les ha iniciado en el sano hábito de la lectura en sus primeros años de vida, o que no han encontrado aún el libro clave, ese que te abre las puertas de par en par y te empuja a leer más y más.

En cuanto a los libros, por si le sirve de orientación, las sagas “Cincuenta Sombras”, de E .L. James, “Canción de hielo y Fuego”, de George R. R. Martin, y “Los Juegos del Hambre”, de Suzanne Collins, han sido los libros más comprados en 2012. Les siguen “El cementerio de los libros olvidados”, de Carlos Ruiz Zafón, “Trilogía del siglo”, de Kent Follett, “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, de Jonas Jonasson, “Las horas distantes”, de Kate Morton, “Misión olvido”, de María Dueñas, “Una mochila para el universo”, de Elsa Punset, “El enredo de la bolsa y la vida”, de Eduardo Mendoza, “El monje que vendió su Ferrari”, de Robins S. Sharma, “Simiocracia”, de Aleix Saló, “Esta noche dime que me quieres”, de Federico Moccia, “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa, “La soledad de la reina”, de Pilar Eyre, “El tiempo entre costuras”, de María Dueñas, “El lector de Julio Verne” de Almudena Grandes, “La canción de Alba” de Benjamín Zafra, “La conjura de Cortés”, de Matilde Asensi y “La comida de la familia”, de Ferrán Adriá.

En el ranking de libros más leídos, la saga “Millennium”, de Stieg Larson encabeza la lista, seguido de la saga “Cincuenta Sombras”, de E. L. James, y de “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follett, que año tras año se mantiene entre los primeros. Uno de mis libros favoritos y el último, por cierto, que regalé a una amiga.

Ya ve, por leer que no quede: hay libros de todo tipo y para todos los gustos. Un libro siempre será un buen amigo con el que disfrutar apaciblemente a la orilla del mar, o bajo la fingida brisa del aire acondicionado.

Resumen del libro “Los Pilares de la Tierra”, de Ken Follett (Gales, Reino Unido, 1959)

La novela está ambientada en Inglaterra en la Edad Media, una época de violentas pasiones. En concreto en el siglo XII durante un periodo de guerra civil conocido como la Anarquía Inglesa, entre el hundimiento del  White Ship  y el asesinato del arzobispo Thomas Becket. Cuenta la historia de varias generaciones en un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. La novela, que transcurre alrededor de la construcción de una catedral gótica, se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey.

Una pincelada

“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento.

Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente, como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en manchar su inmaculada superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera  y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde esperaba la horca.

Los muchachos aborrecían todo aquello que sus mayores estimaban. Despreciaban la belleza y se burlaban de la bondad. Se morían de risa a la vista de un lisiado y si topaban con un animal herido lo mataban a pedradas. Alardeaban de heridas y mostraban orgullosos sus cicatrices, reservando una admiración para cuando de una mutilación se trataba. Un chico al que le faltara un dedo podía llegar a ser un rey. Amaban la violencia, podían recorrer kilómetros para presenciar derramamientos de sangre y jamás se perdían una ejecución.

Uno de los muchachos orinó en la tarima de la horca. Otro subió por los escalones, se llevó los dedos a la garganta, se dejó caer y contrajo el rostro parodiando de forma macabra el estrangulamiento. Los otros soltaron gritos de admiración, y dos perros aparecieron en la plaza del mercado, ladrando y corriendo. Uno de los muchachos más pequeños empezó a devorar una manzana, pero uno de los mayores le dio un puñetazo en la nariz y se la quitó. El más pequeño se desahogó lanzando una piedra contra uno de los perros, que se alejó aullando. Luego, como no había nada más que hacer, se sentaron sobre el pavimento seco del pórtico de la gran iglesia a la espera de que sucediera algo.”

¿Qué le parecería si toda su ciudad se convirtiera en una gran biblioteca digital y usted pudiera descargarse un libro donde quisiera y siempre que lo deseara?

Si para los que amamos la lectura esto suena a fantasía, para los habitantes de la ciudad austríaca de Klagenfurt es una realidad.

En Klagenfurt nació la escritora y poeta Ingeborg Bachmann y, gracias a la iniciativa denominada Proyecto Ingeborg, en los sitios más relevantes de esta ciudad, en relación a los autores o a los temas de los libros, se han colocado pegatinas con códigos QR. En estos códigos de barras de última generación, creados por los japoneses, se puede almacenar información que luego podemos recuperar con la ayuda de un Smartphone tan solo con apuntar la cámara hacia ellos. De esta forma, los afortunados lectores de Klagenfurt no tienen más que darse un paseo hasta la comisaría de la ciudad, por ejemplo, donde se encuentra la pegatina con el código QR del libro “El Asesino”, del también escritor austríaco Arthur Schnitzler, o darse una vuelta por las inmediaciones de la playa donde se halla el código QR de “El sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

¿Se imagina, querido lector, estar en un chiringuito de playa pidiendo al camarero un tinto de verano mientras se descarga de una pegatina la historia del Capitán Ahab para leerla luego tranquilamente en la tumbona?

Algún día, quizás, algún día…

Resumen de la novela “Moby Dick, la ballena blanca” del escritor estadounidense Herman Melville (Nueva York 1819-1891)

La historia es contada por Ismael, un marinero que se enrola en el barco ballenero Pequod bajo el mando del viejo Capitán Ahab, quien va en busca de una feroz y gigantesca ballena de una blancura sobrenatural llamada Moby Dick, la cual reina en las profundidades del océano Pacífico y siembra muerte y destrucción entre los barcos y pescadores de ballenas. El propio Ahab ha sido una de sus víctimas, está mutilado y lleva una pierna de palo porque Moby Dick le arrancó la suya de un mordisco. Lleno de odio, Ahab juró vengarse. Desde entonces una obsesión constante lo domina: cazar a la sanguinaria ballena blanca, incluso arriesgando la vida de su tripulación.

Una pincelada

Al recibir de Starbuck la mandarria, avanzó hacia el palo mayor con el martillo alzado en una mano, exhibiendo el oro en la otra, y exclamando con voz aguda:

 —¡Quienquiera de vosotros que me señale una ballena de cabeza blanca de frente arrugada y mandíbula torcida; quienquiera de vosotros que me señale esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor;  mirad, quienquiera de vosotros que me señale esa misma ballena blanca, obtendrá esta onza de oro, muchachos!

—¡Hurra, hurra! —gritaron los marineros, mientras, agitando los gorros encerados, saludaban el acto de clavar el oro al mástil.

—Es una ballena blanca, digo —continuó Ahab, dejando caer la mandarria—: una ballena blanca. Despellejaos los ojos buscándola, hombres; mirad bien si hay algo blanco en el agua, en cuanto veáis una burbuja, gritad.

Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequegse se habían quedado mirando con interés y sorpresa más atentos que los demás, y al oír mencionar la frente arrugada y la mandíbula torcida, se sobresaltaron como si cada uno de ellos, por separado, hubiera sido tocado por algún recuerdo concreto.

—Capitán Ahab —dijo Tashtego—, esa ballena blanca debe ser la misma que algunos llaman Moby Dick.

—¿Moby Dick? —gritó Ahab—. Entonces, ¿conoces a la ballena blanca, Tash?

—¿Abanica con la cola de un modo curioso antes de zambullirse, capitán? —dijo reflexivamente el indio Gay-Head.

—¿Y tiene también un curioso chorro —dijo Daggoo—, con mucha copa, hasta para un cachalote, y muy vivo, capitán Ahab?

—¿Y tiene uno, dos, tres…, ¡ah!, muchos hierros en la piel, capitán —gritó Queequeg, entrecortadamente—, todos retorcidos, como eso… —y vacilando en busca de una palabra, retorcía la mano dando vueltas como si descorchara una botella—, como eso…?

—¡Sacacorchos! —gritó Ahab—, sí, Queequeg, tiene encima los arpones torcidos y arrancados; sí, Daggoo, tiene un chorro muy grande, como toda una gavilla de trigo, y blanco como un montón de nuestra lana de Nantucket después del gran esquileo anual; sí, Tashtego, y abanica con la cola como un foque roto en una galerna. ¡Demonios y muerte!, hombres, es Moby Dick la que habéis visto; ¡Moby Dick, Moby Dick!

—Capitán Ahab —dijo Starbuck, que, con Stubb y Flask, había mirado hasta entonces a su superior con sorpresa creciente, pero al que por fin pareció que se le ocurría una idea que de algún modo explicaba todo el prodigio—. Capitán Ahab, he oído hablar de Moby Dick, pero ¿no fue Moby Dick la que le arrancó la pierna?

 —¿Quién te lo ha dicho? —gritó Ahab, y luego, tras una pausa—: Sí, Starbuck; sí, queridos míos que me rodeáis; fueMoby Dick quien me desarboló; fue Moby Dick quien me puso en este muñón muerto en que ahora estoy. Sí, sí —gritó con un terrible sollozo, ruidoso y animal, como el de un alce herido en el corazón—: ¡Sí, sí!, ¡fue esa maldita ballena blanca la que me arrasó, la que me dejó hecho un pobre inútil amarrado para siempre jamás! —Luego, agitando los brazos, gritó con desmedidas imprecaciones—: ¡Sí, sí, y yo la perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos, y del Maelstrom noruego, y de las llamas de la condenación, antes de dejarla escapar! Y para esto os habéis embarcado, hombres, para perseguir a esa ballena blanca por los dos lados de la costa, y por todos los lados de la tierra, hasta que eche un chorro de sangre negra y estire la aleta. ¿Qué decís, hombres, juntaréis las manos en esto? Creo que parecéis valientes.

 —¡Sí, sí! —gritaron los arponeros y marineros, acercándose a la carrera al excitado anciano—: ¡Ojo atento a la ballena blanca; un arpón afilado para Moby Dick!

 

 

¿Alguna vez se ha parado a pensar qué habría sido del hombre sin el dedo pulgar?

Extienda sus manos y mírelas con detenimiento. Imagínese a sus cuatro dedos largos y esbeltos como miembros orgullosos de una antigua familia, puestos en línea, como si fueran a hacerse una foto: el padre, la madre, el  hijo mayor y el benjamín.  Capaces de moverse cada uno a su aire pero, sobre todo, de hacer grandes tareas en conjunto. Independientes y separados y, sin embargo, firmemente unidos a la misma base que les da fuerza y sentido.  Y a un lado, más abajo, sobresaliendo de esa misma base como una raíz gruesa y robusta, el abuelo, conectando con todos y cada uno de ellos, encorvado hacia abajo como si no quisiera perder de vista nuestros orígenes. Rememorando los tiempos jóvenes, cuando él y los suyos se agarraban con destreza de los árboles para columpiarse de rama en rama. Cuando manipulaban piedras para convertirlas en utensilios de caza o de defensa. Cuando cogían pequeñas semillas para que los humanos se las comieran o las plantaran. O a sus crías para protegerlas. En fin, cuando él se convirtió en líder natural para enseñar a los suyos que agarrando la vida con firmeza y en equipo se podía dominar el mundo.

Ya ve, nuestro poder sobre los demás seres de la naturaleza radica en ese humilde y pequeño dedo ancestral. Nada como él ayudó tanto a nuestro cerebro a desarrollarse y a expandirse hasta llegar a lo que somos ahora.

Resumen del libro “El arte de conducir bajo la lluvia” de Garth Stein (Los Ángeles, 1960)

Enzo sabe que no es como los demás perros. Él es un pensador de alma casi humana. A través de los pensamientos de Enzo, que en la víspera de su muerte hace balance de su vida y rememora todo lo que han pasado él y sus amos, se desarrolla una historia de amor, miedos y temores. Una historia del día a día de una familia que tiene que superar distintos retos a lo largo de la vida. Una historia de carreras con muchos obstáculos que sortear, en la que según se avanza más y más, cada vez está más nublado.

Enzo, siempre añorante de sus perdidos pulgares, nos enseña a ser más respetuosos unos con otros, a luchar por todo aquello que queremos, a ser personas, en definitiva. Su alma de perro longevo tiene mucho que enseñarnos sobre el ser humano.

Una pincelada

“Los teóricos de la ciencia no dejan de hablar de que los monos son los parientes evolutivos más cercanos al hombre. Pero eso es especulación. ¿En qué se basan? ¿En que ciertos cráneos antiguos se parecen al del hombre moderno? ¿Y eso qué prueba? ¿Se basan en el hecho de que los primates andan de pie? Ser bípedo no es ni siquiera una ventaja. Mira lo que es el pie humano, lleno de dedos torcidos y depósitos de calcio y pus que sale de uñas encarnadas que ni siquiera son lo suficientemente duras como para escarbar la tierra. Pero aún así, anhelo que llegue el momento en que mi alma habite uno de esos mal diseñados cuerpos bípedos y pueda tener las preocupaciones de salud propias de los hombres. ¿Y qué tiene de especial que el cuerpo del hombre haya evolucionado a partir del de los monos? No importa que venga de los monos o de los peces. La idea importante es que, cuando el cuerpo se volvió lo suficientemente “humano”, la primera alma humana entró en él.

Te presentaré una teoría: el pariente más cercano del hombre no es el chimpancé, como creen los de la televisión, sino, de hecho, el perro.

Esta es mi lógica:

Argumento número 1: el espolón.

En mi opinión, el así llamado espolón, que se suele amputar de las patas delanteras de los perros a una edad temprana, es, en realidad, prueba de la existencia de un pulgar rudimentario. Es más, creo que los hombres han eliminado sistemáticamente ese pulgar de ciertas razas mediante un proceso conocido como “cría selectiva” sólo para evitar que los perros evolucionen hasta convertirse en mamíferos con manos prensibles y, por ende, “peligrosos”.

Además, considero que la continua domesticación (por usar ese tonto eufemismo) a la que el hombre ha sometido al perro está motivada por el miedo. Miedo a que los perros, si se les deja evolucionar por su cuenta, lleguen, de hecho, a desarrollar pulgares y lenguas más pequeñas, lo cual los volvería superiores a los hombres, que debido a su andar bípedo son lentos y torpes. Es por eso por lo que los perros viven bajo la constante supervisión de los hombres, que los matan enseguida cuando los encuentran viviendo por su cuenta.

Por lo que me ha contado Denny acerca del gobierno y sus procesos internos, creo que este despreciable plan fue concebido en alguna habitación trasera de la Casa Blanca, nada menos, probablemente por algún maligno asesor de un presidente de catadura y fortaleza moral discutibles, y seguramente basándose en la correcta estimación, hecha, desgraciadamente, desde la paranoia más que desde la percepción espiritual, de que todos los perros tiene inclinaciones progresistas en los temas sociales.

Argumento número 2: el hombre lobo.

Sale la luna llena. La niebla cubre las ramas más bajas de los abetos. Un hombre emerge del rincón más oscuro del bosque y se encuentra transformado en…

¿Un mono?

Me parece que no.”