Por Rosa María Arjona

¿Cuál es la mejor biblioteca del mundo? Difícil pregunta, ya que en nuestro pequeño planeta existen muchas y hermosas bibliotecas cargadas de sabiduría, arte e historia. Desgraciadamente, otras muchas han desaparecido a lo largo de los siglos por guerras, incendios o saqueos promovidos por exaltados líderes políticos o religiosos. La destrucción de las bibliotecas, junto con la quema de libros, constituyen los lamentables capítulos de la censura, el fanatismo, la estulticia, la incultura y la venganza a la que puede llegar el ser humano.

Dos de las bibliotecas más famosas de la antigüedad fueron la Gran Biblioteca de Alejandría y la Biblioteca de Constantinopla. En la primera se intentó compilar todo el conocimiento de la cultura helénica. Era, en palabras de Vitruvio, arquitecto, escritor y tratadista romano del siglo I a. C. , “la editorial más grande de la antigüedad”. Fue destruida en el año 48 a. C., en el incendio que devastó la ciudad de Alejandría durante el asedio de César. La Biblioteca de Constantinopla, creada por Constantino en el año 315, y que llegó a tener más de cien mil rollos o volúmenes, fue quemada por León III el Isaúrico.

Sin duda, dos grandes pérdidas para la humanidad.

Ir a una biblioteca es tal vez una de las actividades más culturales que se puedan llevar a cabo. Sobre todo, si además de albergar un extenso y variado catálogo de ejemplares, estos se encuentran en una excepcionales instalaciones. Sirva como ejemplo la Biblioteca de la Abadía de Melk, en Austria, la cual alberga en su interior numerosos manuscritos medievales. Fueron esos manuscritos los que dieron a la Abadía de Melk prestigio internacional, convirtiéndose en una escuela cristiana en el siglo XII que perdura hasta la actualidad.

Tal es el prestigio de esta abadía que Umberto Eco decidió llamar a uno de los protagonistas de su libro El nombre de la rosa Adso de Melk, como homenaje a este monasterio y a su famosa biblioteca.

Resumen de la novela “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco (Alessandria, Italia, 1932)

La historia, original mezcla de novela gótica y de relato policíaco a lo Agatha Christie, cuenta las peripecias de Guillermo de Baskerville y de su alumno y fiel acompañante, Adso de Melk, en una abadía benedictina en el primer tercio del siglo XIV. Peripecias que giran alrededor de unos misteriosos textos griegos y las extrañas muertes que se suceden en torno a ellos.

Una Pincelada

“No me extrañé de que el misterio de los crímenes girase en torno a la biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y, quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?

Tentaciones, sin duda; soberbia del intelecto. Muy distinto era el monje escribiente que había imaginado nuestro santo fundador: capaz de escribir sin entender, entregado a la voluntad de Dios, escribiente en cuanto orante, y orante en cuanto escribiente. ¿Qué había sucedido? ¡Oh, sin duda, no sólo en eso había degenerado nuestra orden! Se había vuelto demasiado poderosa, sus abades rivalizaban con los reyes.

……………………………

¿Qué había que hacer? ¿Dejar de leer y limitarse a conservar? ¿Eran fundados mis temores? ¿Qué habría dicho mi maestro?

No lejos de mí, el rubricante Magnus da Iona estaba ablandando con yeso un pergamino que antes había raspado con piedra pómez, y que luego acabaría de alisar con la plana. A su lado, Rabado de Toledo había fijado su pergamino a la mesa y con un estilo de metal estaba trazando líneas horizontales muy finas entre unos agujeritos que había practicado a ambos lados del folio. Pronto las dos láminas se llenarían de colores y de formas, y cada página sería como un relicario, resplandeciente de gemas engastadas en la piadosa trama de la escritura. Estos dos hermanos míos, dije para mí, viven ahora su paraíso en la tierra. Estaban produciendo nuevos libros, iguales a los que luego el tiempo destruiría inexorable… Por tanto, ninguna fuerza terrenal podía destruir la biblioteca, puesto que era algo vivo… Pero, si era algo vivo, ¿por qué no se abría al riesgo del conocimiento?”

 

Leer en verano

Leer en verano es tan gratificante como darse un chapuzón en la piscina, en el mar, o en las frías aguas de un río: refresca la mente, divierte y relaja. Por esa razón, muchos retoman el libro olvidado en la estantería o sobre la mesilla de noche que compraron hace meses y no terminaron de leer por falta de tiempo, y otros se dan una vuelta por la librería en busca del libro más adecuado para llenar ese rato entre baño y baño, o esas deliciosas tardes de asueto.

Afortunadamente, llevar un libro en la bolsa de baño se está convirtiendo en algo tan natural como llevar la toalla. Y si no, lean los siguientes datos.

Según la Federación de Gremios de Editores de España, el porcentaje de lectores de libros mayores de 14 años se incrementó en 2012 hasta situarse en el 63% de la población. Se reduce así la distancia que aún nos separa de la media europea que sitúa el porcentaje de lectores, en esta misma franja de edad, en el 70% de la población. El perfil del lector en España sigue siendo el de una mujer, con estudios universitarios, joven y urbana que prefiere la novela, lee en castellano y lo hace por entretenimiento. La falta de tiempo sigue siendo la razón principal de los no lectores para explicar su falta de hábito lector. El 29% de los no lectores afirma que no le gusta o no le interesa. Yo creo que la razón es que nadie les ha iniciado en el sano hábito de la lectura en sus primeros años de vida, o que no han encontrado aún el libro clave, ese que te abre las puertas de par en par y te empuja a leer más y más.

En cuanto a los libros, por si le sirve de orientación, las sagas “Cincuenta Sombras”, de E .L. James, “Canción de hielo y Fuego”, de George R. R. Martin, y “Los Juegos del Hambre”, de Suzanne Collins, han sido los libros más comprados en 2012. Les siguen “El cementerio de los libros olvidados”, de Carlos Ruiz Zafón, “Trilogía del siglo”, de Kent Follett, “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, de Jonas Jonasson, “Las horas distantes”, de Kate Morton, “Misión olvido”, de María Dueñas, “Una mochila para el universo”, de Elsa Punset, “El enredo de la bolsa y la vida”, de Eduardo Mendoza, “El monje que vendió su Ferrari”, de Robins S. Sharma, “Simiocracia”, de Aleix Saló, “Esta noche dime que me quieres”, de Federico Moccia, “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa, “La soledad de la reina”, de Pilar Eyre, “El tiempo entre costuras”, de María Dueñas, “El lector de Julio Verne” de Almudena Grandes, “La canción de Alba” de Benjamín Zafra, “La conjura de Cortés”, de Matilde Asensi y “La comida de la familia”, de Ferrán Adriá.

En el ranking de libros más leídos, la saga “Millennium”, de Stieg Larson encabeza la lista, seguido de la saga “Cincuenta Sombras”, de E. L. James, y de “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follett, que año tras año se mantiene entre los primeros. Uno de mis libros favoritos y el último, por cierto, que regalé a una amiga.

Ya ve, por leer que no quede: hay libros de todo tipo y para todos los gustos. Un libro siempre será un buen amigo con el que disfrutar apaciblemente a la orilla del mar, o bajo la fingida brisa del aire acondicionado.

Resumen del libro “Los Pilares de la Tierra”, de Ken Follett (Gales, Reino Unido, 1959)

La novela está ambientada en Inglaterra en la Edad Media, una época de violentas pasiones. En concreto en el siglo XII durante un periodo de guerra civil conocido como la Anarquía Inglesa, entre el hundimiento del  White Ship  y el asesinato del arzobispo Thomas Becket. Cuenta la historia de varias generaciones en un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. La novela, que transcurre alrededor de la construcción de una catedral gótica, se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey.

Una pincelada

“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento.

Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente, como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en manchar su inmaculada superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera  y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde esperaba la horca.

Los muchachos aborrecían todo aquello que sus mayores estimaban. Despreciaban la belleza y se burlaban de la bondad. Se morían de risa a la vista de un lisiado y si topaban con un animal herido lo mataban a pedradas. Alardeaban de heridas y mostraban orgullosos sus cicatrices, reservando una admiración para cuando de una mutilación se trataba. Un chico al que le faltara un dedo podía llegar a ser un rey. Amaban la violencia, podían recorrer kilómetros para presenciar derramamientos de sangre y jamás se perdían una ejecución.

Uno de los muchachos orinó en la tarima de la horca. Otro subió por los escalones, se llevó los dedos a la garganta, se dejó caer y contrajo el rostro parodiando de forma macabra el estrangulamiento. Los otros soltaron gritos de admiración, y dos perros aparecieron en la plaza del mercado, ladrando y corriendo. Uno de los muchachos más pequeños empezó a devorar una manzana, pero uno de los mayores le dio un puñetazo en la nariz y se la quitó. El más pequeño se desahogó lanzando una piedra contra uno de los perros, que se alejó aullando. Luego, como no había nada más que hacer, se sentaron sobre el pavimento seco del pórtico de la gran iglesia a la espera de que sucediera algo.”

¿Qué le parecería si toda su ciudad se convirtiera en una gran biblioteca digital y usted pudiera descargarse un libro donde quisiera y siempre que lo deseara?

Si para los que amamos la lectura esto suena a fantasía, para los habitantes de la ciudad austríaca de Klagenfurt es una realidad.

En Klagenfurt nació la escritora y poeta Ingeborg Bachmann y, gracias a la iniciativa denominada Proyecto Ingeborg, en los sitios más relevantes de esta ciudad, en relación a los autores o a los temas de los libros, se han colocado pegatinas con códigos QR. En estos códigos de barras de última generación, creados por los japoneses, se puede almacenar información que luego podemos recuperar con la ayuda de un Smartphone tan solo con apuntar la cámara hacia ellos. De esta forma, los afortunados lectores de Klagenfurt no tienen más que darse un paseo hasta la comisaría de la ciudad, por ejemplo, donde se encuentra la pegatina con el código QR del libro “El Asesino”, del también escritor austríaco Arthur Schnitzler, o darse una vuelta por las inmediaciones de la playa donde se halla el código QR de “El sueño de una noche de verano”, de William Shakespeare.

¿Se imagina, querido lector, estar en un chiringuito de playa pidiendo al camarero un tinto de verano mientras se descarga de una pegatina la historia del Capitán Ahab para leerla luego tranquilamente en la tumbona?

Algún día, quizás, algún día…

Resumen de la novela “Moby Dick, la ballena blanca” del escritor estadounidense Herman Melville (Nueva York 1819-1891)

La historia es contada por Ismael, un marinero que se enrola en el barco ballenero Pequod bajo el mando del viejo Capitán Ahab, quien va en busca de una feroz y gigantesca ballena de una blancura sobrenatural llamada Moby Dick, la cual reina en las profundidades del océano Pacífico y siembra muerte y destrucción entre los barcos y pescadores de ballenas. El propio Ahab ha sido una de sus víctimas, está mutilado y lleva una pierna de palo porque Moby Dick le arrancó la suya de un mordisco. Lleno de odio, Ahab juró vengarse. Desde entonces una obsesión constante lo domina: cazar a la sanguinaria ballena blanca, incluso arriesgando la vida de su tripulación.

Una pincelada

Al recibir de Starbuck la mandarria, avanzó hacia el palo mayor con el martillo alzado en una mano, exhibiendo el oro en la otra, y exclamando con voz aguda:

 —¡Quienquiera de vosotros que me señale una ballena de cabeza blanca de frente arrugada y mandíbula torcida; quienquiera de vosotros que me señale esa ballena de cabeza blanca, con tres agujeros perforados en la aleta de cola, a estribor;  mirad, quienquiera de vosotros que me señale esa misma ballena blanca, obtendrá esta onza de oro, muchachos!

—¡Hurra, hurra! —gritaron los marineros, mientras, agitando los gorros encerados, saludaban el acto de clavar el oro al mástil.

—Es una ballena blanca, digo —continuó Ahab, dejando caer la mandarria—: una ballena blanca. Despellejaos los ojos buscándola, hombres; mirad bien si hay algo blanco en el agua, en cuanto veáis una burbuja, gritad.

Durante todo este tiempo, Tashtego, Daggoo y Queequegse se habían quedado mirando con interés y sorpresa más atentos que los demás, y al oír mencionar la frente arrugada y la mandíbula torcida, se sobresaltaron como si cada uno de ellos, por separado, hubiera sido tocado por algún recuerdo concreto.

—Capitán Ahab —dijo Tashtego—, esa ballena blanca debe ser la misma que algunos llaman Moby Dick.

—¿Moby Dick? —gritó Ahab—. Entonces, ¿conoces a la ballena blanca, Tash?

—¿Abanica con la cola de un modo curioso antes de zambullirse, capitán? —dijo reflexivamente el indio Gay-Head.

—¿Y tiene también un curioso chorro —dijo Daggoo—, con mucha copa, hasta para un cachalote, y muy vivo, capitán Ahab?

—¿Y tiene uno, dos, tres…, ¡ah!, muchos hierros en la piel, capitán —gritó Queequeg, entrecortadamente—, todos retorcidos, como eso… —y vacilando en busca de una palabra, retorcía la mano dando vueltas como si descorchara una botella—, como eso…?

—¡Sacacorchos! —gritó Ahab—, sí, Queequeg, tiene encima los arpones torcidos y arrancados; sí, Daggoo, tiene un chorro muy grande, como toda una gavilla de trigo, y blanco como un montón de nuestra lana de Nantucket después del gran esquileo anual; sí, Tashtego, y abanica con la cola como un foque roto en una galerna. ¡Demonios y muerte!, hombres, es Moby Dick la que habéis visto; ¡Moby Dick, Moby Dick!

—Capitán Ahab —dijo Starbuck, que, con Stubb y Flask, había mirado hasta entonces a su superior con sorpresa creciente, pero al que por fin pareció que se le ocurría una idea que de algún modo explicaba todo el prodigio—. Capitán Ahab, he oído hablar de Moby Dick, pero ¿no fue Moby Dick la que le arrancó la pierna?

 —¿Quién te lo ha dicho? —gritó Ahab, y luego, tras una pausa—: Sí, Starbuck; sí, queridos míos que me rodeáis; fueMoby Dick quien me desarboló; fue Moby Dick quien me puso en este muñón muerto en que ahora estoy. Sí, sí —gritó con un terrible sollozo, ruidoso y animal, como el de un alce herido en el corazón—: ¡Sí, sí!, ¡fue esa maldita ballena blanca la que me arrasó, la que me dejó hecho un pobre inútil amarrado para siempre jamás! —Luego, agitando los brazos, gritó con desmedidas imprecaciones—: ¡Sí, sí, y yo la perseguiré al otro lado del cabo de Buena Esperanza, y del cabo de Hornos, y del Maelstrom noruego, y de las llamas de la condenación, antes de dejarla escapar! Y para esto os habéis embarcado, hombres, para perseguir a esa ballena blanca por los dos lados de la costa, y por todos los lados de la tierra, hasta que eche un chorro de sangre negra y estire la aleta. ¿Qué decís, hombres, juntaréis las manos en esto? Creo que parecéis valientes.

 —¡Sí, sí! —gritaron los arponeros y marineros, acercándose a la carrera al excitado anciano—: ¡Ojo atento a la ballena blanca; un arpón afilado para Moby Dick!

 

 

¿Alguna vez se ha parado a pensar qué habría sido del hombre sin el dedo pulgar?

Extienda sus manos y mírelas con detenimiento. Imagínese a sus cuatro dedos largos y esbeltos como miembros orgullosos de una antigua familia, puestos en línea, como si fueran a hacerse una foto: el padre, la madre, el  hijo mayor y el benjamín.  Capaces de moverse cada uno a su aire pero, sobre todo, de hacer grandes tareas en conjunto. Independientes y separados y, sin embargo, firmemente unidos a la misma base que les da fuerza y sentido.  Y a un lado, más abajo, sobresaliendo de esa misma base como una raíz gruesa y robusta, el abuelo, conectando con todos y cada uno de ellos, encorvado hacia abajo como si no quisiera perder de vista nuestros orígenes. Rememorando los tiempos jóvenes, cuando él y los suyos se agarraban con destreza de los árboles para columpiarse de rama en rama. Cuando manipulaban piedras para convertirlas en utensilios de caza o de defensa. Cuando cogían pequeñas semillas para que los humanos se las comieran o las plantaran. O a sus crías para protegerlas. En fin, cuando él se convirtió en líder natural para enseñar a los suyos que agarrando la vida con firmeza y en equipo se podía dominar el mundo.

Ya ve, nuestro poder sobre los demás seres de la naturaleza radica en ese humilde y pequeño dedo ancestral. Nada como él ayudó tanto a nuestro cerebro a desarrollarse y a expandirse hasta llegar a lo que somos ahora.

Resumen del libro “El arte de conducir bajo la lluvia” de Garth Stein (Los Ángeles, 1960)

Enzo sabe que no es como los demás perros. Él es un pensador de alma casi humana. A través de los pensamientos de Enzo, que en la víspera de su muerte hace balance de su vida y rememora todo lo que han pasado él y sus amos, se desarrolla una historia de amor, miedos y temores. Una historia del día a día de una familia que tiene que superar distintos retos a lo largo de la vida. Una historia de carreras con muchos obstáculos que sortear, en la que según se avanza más y más, cada vez está más nublado.

Enzo, siempre añorante de sus perdidos pulgares, nos enseña a ser más respetuosos unos con otros, a luchar por todo aquello que queremos, a ser personas, en definitiva. Su alma de perro longevo tiene mucho que enseñarnos sobre el ser humano.

Una pincelada

“Los teóricos de la ciencia no dejan de hablar de que los monos son los parientes evolutivos más cercanos al hombre. Pero eso es especulación. ¿En qué se basan? ¿En que ciertos cráneos antiguos se parecen al del hombre moderno? ¿Y eso qué prueba? ¿Se basan en el hecho de que los primates andan de pie? Ser bípedo no es ni siquiera una ventaja. Mira lo que es el pie humano, lleno de dedos torcidos y depósitos de calcio y pus que sale de uñas encarnadas que ni siquiera son lo suficientemente duras como para escarbar la tierra. Pero aún así, anhelo que llegue el momento en que mi alma habite uno de esos mal diseñados cuerpos bípedos y pueda tener las preocupaciones de salud propias de los hombres. ¿Y qué tiene de especial que el cuerpo del hombre haya evolucionado a partir del de los monos? No importa que venga de los monos o de los peces. La idea importante es que, cuando el cuerpo se volvió lo suficientemente “humano”, la primera alma humana entró en él.

Te presentaré una teoría: el pariente más cercano del hombre no es el chimpancé, como creen los de la televisión, sino, de hecho, el perro.

Esta es mi lógica:

Argumento número 1: el espolón.

En mi opinión, el así llamado espolón, que se suele amputar de las patas delanteras de los perros a una edad temprana, es, en realidad, prueba de la existencia de un pulgar rudimentario. Es más, creo que los hombres han eliminado sistemáticamente ese pulgar de ciertas razas mediante un proceso conocido como “cría selectiva” sólo para evitar que los perros evolucionen hasta convertirse en mamíferos con manos prensibles y, por ende, “peligrosos”.

Además, considero que la continua domesticación (por usar ese tonto eufemismo) a la que el hombre ha sometido al perro está motivada por el miedo. Miedo a que los perros, si se les deja evolucionar por su cuenta, lleguen, de hecho, a desarrollar pulgares y lenguas más pequeñas, lo cual los volvería superiores a los hombres, que debido a su andar bípedo son lentos y torpes. Es por eso por lo que los perros viven bajo la constante supervisión de los hombres, que los matan enseguida cuando los encuentran viviendo por su cuenta.

Por lo que me ha contado Denny acerca del gobierno y sus procesos internos, creo que este despreciable plan fue concebido en alguna habitación trasera de la Casa Blanca, nada menos, probablemente por algún maligno asesor de un presidente de catadura y fortaleza moral discutibles, y seguramente basándose en la correcta estimación, hecha, desgraciadamente, desde la paranoia más que desde la percepción espiritual, de que todos los perros tiene inclinaciones progresistas en los temas sociales.

Argumento número 2: el hombre lobo.

Sale la luna llena. La niebla cubre las ramas más bajas de los abetos. Un hombre emerge del rincón más oscuro del bosque y se encuentra transformado en…

¿Un mono?

Me parece que no.”

Según el Diccionario de la Real Academia Española, delicadeza es “atención y exquisito miramiento con las personas o las cosas, en las obras o en las palabras”. Es decir, la delicadeza no sólo es el trato amable a nuestros semejantes sino a todo cuanto nos rodea ya sean plantas, animales, objetos o lugares.

Una verdadera delicia. Sólo que la delicadeza, o su hermana gemela la ternura, no es algo habitual en la vida actual.

Solemos cuidar con esmero de nuestras pertenencias, pero no así de lo común y mucho menos de lo ajeno. Nos preocupamos por mantener y mejorar nuestro hogar pero cuando se trata de las calles o los jardines, por poner un ejemplo, la cosa cambia. No hay más que fijarse en la basura arrojada a los lados de las carreteras, o el campo sembrado de bolsas de supermercados llenas de desperdicios o vacías, botellas de plástico, de vidrio o latas –materiales altamente dañinos para el medio ambiente- para poner de manifiesto la falta de la más mínima delicadeza hacia nuestro planeta.

Por no hablar de los pobres animales.

En cuanto a las personas, me atrevo a decir que ocurre otro tanto de lo mismo. “El exquisito miramiento” no encuentra fácilmente cabida entre las prisas, el estrés o la competitividad de la vida actual. Sin embargo, ¿a quién no le gusta que le dediquen tiempo, que le traten con amabilidad, que le saluden con una sonrisa, que le escuchen atentamente, que le abracen de vez en cuando, que le besen sin requerirlo, que le sorprendan gratamente?… ¿A quién no le gusta sentirse apreciado, querido, valioso, único en medio de esta vorágine? …

Sin lugar a dudas, lo necesitamos y nos gusta a todos.

El problema es que no todos quieren ser delicados con los demás o con su entorno, bien porque creen que es una muestra de debilidad, por puro egoísmo o porque simplemente no lo han aprendido. Y es que la delicadeza o la ternura requieren aprendizaje, voluntad, generosidad y amor.  Lo que conlleva a tener confianza y seguridad en uno mismo para poder cuidar sin cortapisas de los otros y de cuanto nos rodea.

Lo bueno del asunto es que la delicadeza o la ternura son cualidades fáciles de cultivar y compartir porque no están en lo grandioso, ni en lo ostentoso, sino en esas pequeñas cosas de todos los días, en la insignificancia, en el detalle. Como decía la escritora francocanadiense Laure Conan: “Nada es pequeño en el amor. Aquellos que esperan las grandes ocasiones para probar su ternura no saben amar”.

O como bien afirma Fernando Savater: “El amor sin ternura es puro afán de dominio y de autoafirmación hasta lo destructivo.”

Ahí queda eso.

Libro de hoy: “Delicadeza” de David Foenkinos (París, 1974)

Nathalie es una joven feliz que vive rodeada de libros y de risas junto a un marido al que adora y con el que mantiene una preciosa e idílica relación, con un trabajo estable y disfrutando de las pequeñas cosas de la vida. Hasta que François, su marido, muere atropellado y en apenas un instante todo su mundo se derrumba ante sus ojos.

Mientras Nathalie languidece día a día volcada cada vez más en la oficina, aparece Markus, un tipo totalmente opuesto a François y a cualquier hombre en que Nathalie se fijaría. Un hombre que pasa desapercibido para todo el mundo, casi invisible, pero con una personalidad única, tierna, frágil, divertida, dulce, torpe…Y ese es su mayor atractivo. La discreta delicadeza con la que trata a Nathalie hace que ella vea en él a alguien a quien regalarle sus sonrisas, a alguien que la ayudará a recuperar las ganas de vivir, a alguien con quien compartir el día a día, con quién tener esa estabilidad que tanto ansía. Alguien que con ternura y honestidad le ha devuelto la fe en la magia de la vida.

Como curiosidad, es de reseñar que entre los cortos capítulos del libro hay multitud de pequeñas explicaciones literarias, culinarias, cinematográficas, musicales, artísticas, deportivas, etc., referidas a situaciones concretas o detalles que suceden en la novela. Así que, como dice el propio David Foenkinos: “si no te ha gustado la novela por lo menos puedes aprovechar la receta del risotto de espárragos”.

Una pincelada

“Llamaron a la puerta. Discretamente, apenas se oyó. Nathalie se sobresaltó. Como si esos últimos segundos le hubieran hecho creer que podía estar sola en el mundo. Dijo: “Adelante”, y Markus entró. Era un compañero oriundo de Uppsala, una ciudad sueca que no le interesa a casi nadie. Hasta los habitantes de Uppsala se sienten incómodos: el nombre de su ciudad suena casi como una disculpa. Suecia tiene la tasa de suicidios más alta del mundo. Una alternativa al suicidio es emigrar a Francia, eso es lo que debía de haber pensado Markus. El joven tenía un físico más bien desagradable, pero tampoco se puede decir que fuera feo. Tenía siempre una manera de vestir un poco especial: no se sabía si había sacado su ropa del trastero de casa de su abuelo, de la beneficencia o de una tienda de última moda. En conjunto, su aspecto era poco homogéneo.

-Vengo a verla por el expediente 114- dijo.

¿Es que no bastaba su extraña apariencia, también tenía que decir frases tan estúpidas? Nathalie no tenía la menor gana de trabajar hoy. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo. Se sentía como desesperada: casi podría haberse ido de vacaciones a Uppsala, con eso se dice todo. Observaba a Markus, que no se movía. Éste la miraba, embelesado. Para él, Nathalie representaba esa clase de feminidad inaccesible, a lo que venía a añadirse la fantasía que desarrollan algunos con respecto a todo superior jerárquico, a todo ser en una posición dominante. Nathalie decidió entonces caminar hacia él, caminar despacio, muy despacio. Casi habría dado tiempo a leer una novela mientras tanto. No parecía querer detenerse, tanto es así que de pronto se encontró muy cerca del rostro de Markus, tan cerca que sus narices se tocaron. El sueco ya no respiraba. ¿Qué quería de él? No le dio tiempo a seguir formulándose esa pregunta en su cabeza, pues Nathalie empezó a besarlo con frenesí. Un largo beso intenso, con esa intensidad propia de la adolescencia. Y, de pronto, dio un paso atrás.

-Ya hablaremos más tarde del expediente 114.

Abrió la puerta e invitó a Markus a salir de su despacho. Éste obedeció con dificultad. Se sentía como Amstrong en la Luna. Ese beso era un gran paso para su humanidad. Se quedó un momento inmóvil en la puerta del despacho. En cuanto a Nathalie, ya había olvidado por completo lo que acababa de ocurrir. Su acto no tenía ningún vínculo con la sucesión de los demás actos de su vida. Ese beso era la manifestación de una anarquía repentina en sus neuronas, lo que podría llamarse un acto gratuito.”

¿Los ángeles existen?

En el antiguo imperio persa, hacia el siglo VI antes de la era cristiana, se describía a los ángeles como seres de luz destinados a servir a Dios, quien los creó como nexo de unión con el mundo terrenal. De ahí que su nombre significase –y aún significa- “mensajero”. Los babilonios y los asirios también creían en los ángeles, a los que llamaban keribus. Más tarde, estos seres espirituales también estarán presentes en la religión judaica, en el islamismo y en el cristianismo.

Pero vayamos más lejos en el tiempo.

Los antiguos celtas creían en la existencia de los ángeles, a los que llamaban anamchara, cuyo papel era guardar, acompañar y ayudar a las personas a desarrollarse espiritualmente. Los concebían de distintos rangos. Los más altos estaban en constante comunión con la divinidad, después, los ángeles que se encontraban ascendiendo hacia ella, y por último, los ángeles que estaban en el mundo físico como las cuevas, los ríos y los bosques. O, incluso, las hadas…

Pero, ¿existen de verdad?…

El hinduismo, con 3.000 años de historia, concibe dos tipos de ángeles a los que llama gandharvas, seres musicales representados con alas, y los devas, seres luminosos que ayudan a los humanos en su búsqueda espiritual. El budismo, por su parte, los llama bodhisattvas, “seres iluminados”, seres que han pospuesto su entrada al Nirvana para ayudar a otras personas a lograr la iluminación.

Luego, ¿existen?…

Según el cristianismo los ángeles son seres puros y perfectos, sin maldad ni pecado, semejantes a la inocencia de un niño. Si a una persona se le llama “ángel” es sinónimo de bondadoso, generoso y comprensivo. Su antónimo es “malage”, contracción andaluza de “mal ángel”, término definido en el diccionario de la Lengua Española como “persona sin gracia, desagradable o que tiene mala intención.” Ahí es nada.

Sí, yo creo que los ángeles existen.

Aparecen en los momentos difíciles de nuestra vida, en aquella mano que nos echa un extraño cuando más lo necesitamos, en esa palabra amiga, en ese hecho inesperado que lo cambia todo, en cada una de esas “casualidades” tan oportunas, en una visión inspiradora, en una sonrisa, en un sueño…, entonces uno se siente “tocado” en lo más profundo del alma y todo a tu alrededor se ilumina. “Todos los ángeles de Dios nos llegan disfrazados”, decía el poeta americano James Russell Lowell. Somos muchos los que damos fe de ello. Estemos muy atentos, pues, para ser agradecidos devolviendo en los otros la ayuda recibida.

Resumen del libro “El ángel perdido” de Javier Sierra (Teruel, 11 de agosto de 1971)

Julia Álvarez se encuentra trabajando en la restauración del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela la noche de difuntos cuando, de pronto, un extraño irrumpe en el templo y se dirige a ella en una lengua desconocida. Antes de que logren entenderse, un súbito tiroteo frustrará su encuentro y el intruso huirá. El hombre que ha iniciado los disparos se presenta entonces a Julia como un agente de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos que ha sido enviado a España para esclarecer el secuestro de su marido, el afamado climatólogo Martin Faber, desaparecido cerca de la frontera entre Turquía e Irán.

A partir de ese momento, Julia se verá envuelta en la búsqueda de dos antiguas piedras que son la clave para rescatar a su esposo, dos minerales únicos llamados adamantas, que pertenecieron a un matemático y astrólogo de la corte de Isabel I de Inglaterra que dedicó buena parte de su vida a investigar las posibilidades de comunicarse con los ángeles y codiciadas desde hace siglos por personas de las altas esferas políticas de Estados Unidos y por una secta milenaria del corazón de Armenia. En medio de esta lucha internacional por hacerse con su control, Julia iniciará un vertiginoso viaje que la conducirá de una pista a otra, sorteando peligros y descifrando mensajes ocultos en marcas de cantería, lápidas legendarias y cábalas fonéticas, que se entremezclarán con mitos y creencias tan antiguas como el Diluvio Universal. Esta aventura culminará en tierras de Noé, en lo alto del monte Ararat, arrastrando a Julia a una trampa urdida por aquellos en quienes más confiaba y que la obligará a enfrentarse a aquello que más teme.

Una pincelada

“Tras meses redactando informes sobre cómo conservar la obra maestra del románico, sabía que me encontraba a un paso de poder explicar el deterioro de uno de los conjuntos escultóricos más importantes del mundo. Un monumento que había conmovido a generaciones enteras, recordándoles que después de esta vida nos aguarda otra mejor. Qué importaba que fuera noche de difuntos. En el fondo era una coincidencia de lo más oportuna. Las imágenes que iba a analizar llevaban siglos recibiendo a los peregrinos del Camino de Santiago, la ruta religiosa más antigua y transitada de Europa, reavivando su fe y recordándoles que traspasar aquel umbral simbolizaba el final de su vida pecadora y el inicio de otra, más sublime. De ahí su nombre. Pórtico de la Gloria. Sus más de doscientas figuras eran, pues, auténticos inmortales. Un ejército ajeno al tiempo y a los miedos de los humanos. Y, sin embargo, desde el año 2000, una extraña enfermedad los estaba desvitalizando. Isaías y Daniel, por ejemplo, se exfoliaban, a la vez que algunos de los músicos que tañían sus instrumentos poco más arriba amenazaban con desplomarse si no se lo impedíamos. Ángeles trompetistas, personajes del Génesis, pecadores y ajusticiados mostraban también signos preocupantes de ennegrecimiento. Por no hablar de la imparable decoloración de todo el conjunto.

Desde la época de las cruzadas ningún ser humano había examinado aquellas figuras tan de cerca ni tan a fondo como yo. La Fundación Barrié creía que estaban siendo atacadas por la humedad o por bacterias, pero yo no estaba tan segura. Por eso hacía horas extras cuando no había turistas mirándome ni peregrinos cuestionando que hubiéramos ocultado la obra maestra del Camino tras unos andamios casi opacos. Ni, claro, otros técnicos que pudieran cuestionar mis ideas.

Aunque yo tenía una razón más.

Una, a mi juicio, tan poderosa que no me había granjeado más que problemas”…

Tal día como hoy, hace 99 años, nació el escritor mejicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990 “por su escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por una inteligencia sensual, y la integridad de su humanismo”. Leer a Octavio Paz es caminar por un sendero de reflexión, de preguntas y dudas sobre el amor, la vida y la muerte.

Reflexión, un buen ejercicio para poder salir del laberinto de la crisis. Porque el mundo, tal y como lo concebíamos, se está rompiendo a pedazos sobre nuestras cabezas y hay muchas dudas, muchas preguntas que exigen rápidas respuestas, amén de trasparentes y fiables. Y sobre todas ellas, la más importante: ¿qué hacemos ahora?

Es revelador saber que la palabra crisis en japonés se compone de dos ideogramas que significan peligro y oportunidad. El peligro ya es bien conocido por todos. ¿Dónde está la oportunidad? La oportunidad está en el cambio de paradigmas, en todos los sentidos y en todos los ámbitos. Lo de antes ya no nos sirve. No hay marcha atrás.

“Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar”, dijo Novalis. Bien, ya hemos despertado de nuestro idílico sueño y la realidad es desoladora. Ha llegado el momento de buscar y emprender caminos nuevos hacia nuevos horizontes. Dejemos de ser algo parecido a un pueblo “en trance de crecimiento”, como diría Octavio Paz. Caminemos sin mirar hacia atrás, salvo para sacar conclusiones y aprender.

Soy de las que piensan que ningún tiempo pasado fue mejor.  El futuro es y debe seguir siendo esperanzador para todos. Lo mejor siempre está por llegar.

Una pincelada

Fragmento del ensayo “El laberinto de la Soledad” de Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 – 19 de abril de 1988)

“A TODOS, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser —pura sensación en el niño— se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante.

A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el “genio de los pueblos” sólo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diversas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable. A pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer. “Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar”, dice Novalis. No importa, pues, que las respuestas que demos a nuestras preguntas sean luego corregidas por el tiempo; también el adolescente ignora las futuras transformaciones de ese rostro que ve en el agua: indescifrable a primera vista, como una piedra sagrada cubierta de incisiones y signos, la máscara del viejo es la historia de unas facciones amorfas, que un día emergieron confusas, extraídas en vilo por una mirada absorta. Por virtud de esa mirada las facciones se hicieron rostro y, más tarde, máscara, significación, historia.”

Libros prohibidos

Entre las movidas estudiantiles del mayo del 68 y las de la transición, pasó mi adolescencia cargada de asombros y esperanzas. Fue una época en la que las patrias eran como grandes familias con padres estrictos y autoritarios, como los que la mayoría de los estudiantes teníamos también en casa. El “tú te callas” y el “aquí se hace lo que yo diga” eran el pan intragable de cada día con su correspondiente buena dosis de prohibiciones. Las protestas y revueltas contra el ejercicio autoritario del poder en todos los ámbitos -político, laboral, educativo, cultural y sexual- eran de recibo.

En lo que respecta a la cultura, los gobiernos mutilaban o condenaban canciones, películas, obras de teatro y libros con ignominiosa impunidad. España, cómo no, la que más. Era tal la prevención ante la defensa de la moralidad en nuestro país que en la censura de una película, por ejemplo, podían intervenir hasta veinte censores. ¿Se imagina, querido lector, a esos veinte hombres elegidos disfrutando y apuntando las escenas más “inmorales” en cooperativista compaña? No sé qué pensará usted pero yo me apuesto a que más de uno, en medio de esas delicadas tesituras, se diría para sí: “Yo hago mi trabajo por el bien de España. Pero a mí que me quiten lo bailao…”. Para los libros, en cambio, que debían de resultarles mucho más aburridos o menos gratificantes, sólo se dedicaban uno o dos censores. Total, para lo que leían los españoles no hacía falta más.

Me pregunto cuántos libros se escribieron en balde o se dejaron de escribir por miedo o, lo que es peor, por la propia autocensura metida en vena.

Uno de esos libros prohibidos fue Lolita de Vladimir Nabokov. La novela narra la historia de Humbert Humbert, un profesor de mediana edad que se enamora con pasión enfermiza de Dolores Haze, una jovencita de doce años, hija de una viuda solitaria a la que alquila una habitación y con la que se acaba casando para estar cerca de ella. La madre de Lolita descubre un día los sentimientos de Humbert hacia su hija y, en un ataque de rabia, huye y es atropellada por un coche. Humbert pasa a ser el tutor legal de Lolita, con la que acaba manteniendo relaciones sexuales mientras viajan por todo Estados Unidos. Y, como cabe esperar, esta historia acaba fatal.

El libro se editó en versión original inglesa en París en 1955, pero entre 1956 y 1958 las autoridades prohibieron su publicación tanto en Francia como en EE UU y Gran Bretaña. En España no se editó hasta mediados de los setenta, pero un par de años antes cayó en mis manos una edición argentina de 1959. Bueno, más bien “tomé prestada” la novela de la biblioteca de mi tío Pepe, hombre liberal y culto que vivía en San Sebastián y compraba los libros que aún no estaban publicados en España en la ciudad francesa de Hendaya, fronteriza con Irún. Aquel libro prohibido sobre la historia de amor entre un profesor y una adolescente me atrajo como la miel a una mosca. Empecé a leerlo con gran interés, pero a medida que avanzaba en la trama se me empezó a atragantar y lo dejé. Aún conservo el libro y ahora que he vuelto a leerlo, cuarenta años después, comprendo por qué no pude terminarlo entonces.

El personaje que magistralmente describe la pluma de Nabokov es, a todas luces, un pedófilo, pervertido y manipulador que es capaz de utilizar cualquier medio de persuasión para abusar sexualmente de una niña, haciendo creer a todos cuantos escuchan su historia que no es ella la víctima, sino él, un pobre adulto débil seducido y explotado por una criatura corrupta. El propio Nabokov dijo de su protagonista que era un desgraciado, vanidoso y cruel que se las ingenia para parecer “conmovedor”.

Ahora sé que no pude terminar de leer esta novela por el sentimiento de vergüenza y rabia que sentí ante el dolor y el desamparo de esta niña huérfana llamada Lolita que se entrega a su padrastro porque no tiene a nadie que la proteja, ni ningún sitio adonde ir.

Me da escalofríos pensar cuántas niñas han sufrido, o están sufriendo ahora mismo, esa misma situación en la vida real, en cualquier parte del mundo…

Una pincelada

Fragmento de la novela Lolita de Vladimir Nabokov (San Petersburgo, Rusia, 1899 – Montreux, Suiza, 1977) donde el protagonista describe uno de sus medios de persuasión para doblegar la voluntad de la niña.

Entre ellos, la amenaza del reformatorio es el que recuerdo con el más hondo lamento de vergüenza. Desde el principio mismo de nuestra relación tuve la lucidez suficiente para comprender que debía asegurarme su total cooperación para mantener secreta nuestra aventura, de manera tal que llegara a ser una segunda naturaleza en ella, a pesar de todo el rencor que pudiera sentir por mí, a pesar de cualquier otro placer que pudiera codiciar.

-Ven, besa a tu viejito –solía decirle- y déjate de poner cara de mula. En otros tiempos, cuando yo era todavía el hombre de tus sueños (advierta el lector el trabajo que me tomo para hablar en la lengua de Lo) te desmayabas al oír discos de ese ídolo número uno que tenía chifladas a tus contemporáneas. (Lo: “¿A mis qué? Habla claro.) Ese ídolo de tus amigas se parecía al amigo Humbert, pensabas. Pero ahora no soy más que tu viejito, el papá de tus sueños que protege a la niña de tus sueños. ¡Mi cheré Dolores! Quiero protegerte, querida, de todos los horrores que acurren a las niñas bajo los cobertizos y en los caminos y, ay, comme vous le savez trop bien, ma gentille, en los bosquecillos, durante el más austero de los veranos. A toda costa he de ser tu guardián, y si eres buena, espero que un tribunal legalizará esa custodia antes de que pase mucho tiempo. Pero olvidemos, Dolores Haze, la llamada terminología legal, una terminología que acepta como racional el término “cohabitación inmoral y lasciva”. No soy un psicópata sexual y criminal que se toma libertades indecentes con una niñita. Soy tu papito, Lo. Oye: tengo aquí un libro especializado sobre niñas. Oye, querida lo que dice: Cito: la niña normal –normal, observa bien-, la niña normal suele mostrarse muy ansiosa por agradar a su padre. Siente en él al antecesor del varón deseado y evasivo. La madre sensata (y tu madre habría sido sensata, si hubiera vivido) debe alentar un compañerismo entre padre e hija, comprendiendo –disculpa este estilo sin elegancia- que la niña conforma sus ideales de amor y del hombre mediante la asociación con su padre. Ahora bien, ¿cuáles son las asociaciones que cita –y recomienda este libro- Vuelvo a citar: entre los sicilianos, las relaciones sexuales entre padre e hija se dan por sentadas, y la niña que participa de tales relaciones no es mirada con desaprobación por la sociedad de que forma parte. Soy un gran admirador de los sicilianos, excelentes atletas, excelentes músicos, hombres excelentes y rectos, Lo, y grandes amadores. Pero no nos vayamos por las ramas. El otro día hemos leído en los diarios todo un escándalo sobre un maduro enemigo de la decencia que fue declarado culpable de violar el acta de Mann y de transportar de estado en estado a una niña de nueve años con propósitos inmorales, sean cuales fueren. ¡Querida Dolores! No tienes nueve años, sino casi trece, y no te aconsejaría que te consideres como mi esclava en esta travesía, y deploro el acta de Mann como causante de un terrible equívoco, la venganza que los dioses de los semánticos se toman contra los filisteos de apretados lazos. Soy tu padre, y hablo claro, y te quiero. Por fin, veamos qué puede ocurrirte si tú, una menor acusada de menoscabar la moral de un adulto en un hotel respetable, te quejas a la policía de que te he raptado y violado. Supongamos que te quejas. Una menor que permite a una persona de más de veintiún años que la conozca carnalmente, induce a su víctima a violación estatuida o a sodomía de segundo grado, según la técnica; y la pena máxima es de diez años. Me mandan, pues, a la cárcel. Pero, ¿qué ocurre contigo, mi pequeña huérfana? Bueno, tú tienes más suerte. Pasas a manos del Departamento de Bienestar Público… cosa que no suena muy bien, me temo. Una matrona formidable, del tipo de la señorita Phalen, pero más severa y menos aficionada que ella a la bebida, te quitará tu lápiz labial, tus bonitos vestidos. ¡Basta de correrías! No sé si conoces las leyes sobre los niños menesterosos, abandonados, incorregibles y delincuentes. Mientras yo me aferre a los barrotes, a ti, feliz niña abandonada, te darán a elegir entre varias residencias, más o menos iguales: la escuela correccional, el reformatorio, el hogar para detención juvenil, o una de esas casas para niñas donde tejerás cosas, cantarás himnos y, los domingos, comerás panqueques rancios. Irás a esos lados, Lolita. Mi Lolita, esta Lolita dejará a su Catulo y se irá ahí, como la niña descarriada que es. En términos más claros, si nos pescan serás analizada e institucionalizada, mi chiquilla. C’est tout. Vivirás, mi Lolita vivirá (ven aquí, mi flor dorada) con otras treinta y nueve descarriadas en un dormitorio sucio (no, permíteme, por favor) bajo la supervisión de matronas abominables. Esa es la situación, esa es la alternativa. ¿No crees que en esas circunstancias Dolores Haze haría mejor en no apartarse de su viejito?”…

 

 

Un 25 de enero de hace ciento treinta y un años nació en Londres la genial escritora Virginia Woolf en el seno de una familia culta y acomodada. Con la repentina muerte de su madre, Virginia padeció la primera de sus depresiones a la temprana edad de trece años. A los veintidós muere su padre y una segunda crisis nerviosa la lleva a ser ingresada durante un tiempo. A partir de entonces la enfermedad mental, hoy conocida como trastorno bipolar, la persiguió durante toda su vida hasta empujarla al suicidio.

Virginia Woolf fue una escritora de gran maestría técnica llena de lirismo y originalidad. Su afán experimental rompió los esquemas narrativos precedentes, aunque no fue plenamente reconocida por la crítica mientras vivió. Lúcida defensora de los derechos de educación y trabajo para la mujer, en su ensayo “Una habitación propia” expuso que para que las mujeres pudieran escribir era necesario un lugar propio, medios económicos y una tradición de escritoras, porque era realmente difícil que uno haga algo que no se espera de su condición. Estas tres tesis señalaban la desigualdad a la que la mujer era sometida en su época.

La mañana del 28 de marzo de 1941, martirizada por las voces que no dejaban de sonar en su cabeza, escribió la última epístola a su marido, se puso su abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse cercano a su casa, en cuyas frías aguas se ahogó.

Sus cenizas descansan bajo un árbol en el condado de Sussex, Inglaterra.

Una pincelada

Fragmento del ensayo “Una habitación propia” de Virginia Woolf (Londres 1882 – Lewes 1941)

“Puede que me reprochéis el haber insistido demasiado sobre la importancia de lo material. Aun concediendo al simbolismo un amplio margen y suponiendo que quinientas libras signifiquen el poder de contemplar y un pestillo en la puerta el poder de pensar por sí mismo, quizá me digáis que la mente debería elevarse por encima de estas cosas; y que los grandes poetas a menudo han sido pobres. Dejadme entonces citaros las palabras de vuestro propio profesor de Literatura, que sabe mejor que yo qué entra en la fabricación: «El poeta pobre no tiene hoy día, ni ha tenido durante los últimos doscientos años, la menor oportunidad… En Inglaterra un niño pobre no tiene más esperanzas que un esclavo ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las grandes obras literarias.» Exactamente. La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía. Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de estas mujeres desconocidas del pasado, de estas mujeres de las que desearía que supiéramos más cosas, gracias, por una curiosa ironía, a dos guerras, la de Crimea, que dejó salir a Florence Nightingale de su salón, y la Primera Guerra Mundial, que le abrió las puertas a la mujer corriente unos sesenta años más tarde, estos males están en vías de ser enmendados. Si no, no estaríais aquí esta noche y vuestras posibilidades de ganar quinientas libras al año, aunque desgraciadamente, siento decirlo, siguen siendo precarias, serían ínfimas.”

 

Creer en la magia

Hace un año una amiga americana me regaló el libro Life of Pi de Yann Martel, para quitarme el mal sabor de boca que me había dejado Beatrice and Virgil,  escrito por el mismo autor diez años después de su exitosa obra. Yo lo había comprado en Brighton junto a otros siete libros (entre ellos la colección completa de Juego de Tronos) que a duras penas pude meter en la maleta a la hora de regresar a España y por los que tuve que sacrificar un par de prendas (un pijama, para ser más exacta), impulsada por mi amor a la lectura y mi constante lucha por mejorar mi inglés.

Beatriz y Virgilio, una burra y un mono, es una complicada fábula sobre los horrores del Holocausto y el maltrato a los animales, amén de una reflexión filosófica sobre el proceso creativo al estilo de Beckett en su teatro del absurdo, de difícil digestión. Su lectura fue un reto para mí en todos los sentidos. Sobre todo las páginas finales donde el autor hace un uso excesivo de descripciones violentas, sádicas y morbosas que, en mi caso, tuve la necesidad de saltar.

Después de leer La vida de Pi, a mí me da la sensación de que Beatriz y Virgilio es un complicado y absurdo experimento llevado a cabo por Martel con el fin de repetir el éxito anterior. Pero no hay color. La vida de Pi, es una maravillosa historia sobre el naufragio de un joven junto a un peligroso tigre de bengala llamado Richard Parker. Un verdadero viaje iniciático de supervivencia y madurez,  aderezado por la fe o la magia, esa necesidad de los hombres de creer en lo extraordinario para poder seguir adelante con la cruda realidad. Ahora la historia ha saltado a la gran pantalla con unos formidables y bellísimos efectos visuales que transmiten de manera magistral las emociones, experiencias y sentimientos del protagonista. Si le gusta el buen cine, no puede perdérsela.

Recomiendo verla en 3D para poder sentir las tormentas, las furiosas olas romper contra la butaca, las zarpas del tigre llegar hasta la cara…

Una pincelada.

Fragmento de la novela La Vida de Pi del escritor canadiense Yann Martel (Salamanca, 1963)

“El buque pasó por nuestro lado durante lo que se me antojó un kilómetro y medio, un kilómetro y medio de muro negro de cañón, un kilómetro y medio de fortificación sin un solo centinela que nos viera languideciendo en el foso. Lancé una bengala cohete, pero apunté mal. En lugar de volar encima de las amuradas y explotar en la cara del capitán, rebotó contra el costado del petrolero y se zambulló en el Pacífico, donde pereció con un silbido. Toqué el silbato con todas mis fuerzas. Berreé. Pero todo fue en vano.

El buque pasó de largo, los motores retumbando y las hélices dando vueltas explosivas bajo el agua. Richard Parker y yo nos quedamos meciendo en su estela espumosa. Tras tantas semanas de ruidos neutros, los ruidos mecánicos se me antojaron extraños y abrumadores y me dejaron sin habla.

En menos de veinte minutos, un petrolero de trescientas mil toneladas se convirtió en un punto sobre el horizonte. Cuando me volví, Richard Parker todavía estaba mirando hacia él. Tras unos segundos, él también volvió la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Mis ojos expresaban ansia, dolor, angustia y soledad. Él sólo sabía que había ocurrido algo estresante y trascendental, algo más allá de los límites de su entendimiento. Él no comprendía que la salvación acababa de dejarnos atrás. Sólo comprendía que el alfa que tenía delante, ese tigre raro y arbitrario, se había trastornado. Se tumbó para echar otra siesta. El único comentario que hizo al respecto fue un maullido malhumorado.

—¡Te quiero!

Las palabras manaron de mi boca, puras, sin límites, infinitas. La emoción me inundó el pecho.

—Te lo juro. Te quiero, Richard Parker. Si ahora no estuvieras aquí, no sé qué haría. No creo que resistiera. No, no resistiría. Me moriría de desesperación. No te rindas, Richard Parker, no te rindas. Te prometo que te llevaré a tierra. ¡Te lo prometo!”