Por Rosa María Arjona

Descalza por la vida

Me pregunto por qué hay personas que no se atreven a ser quienes quieren ser pese a estar insatisfechas. Peor aún, por qué les molesta tanto que otras hayan decidido crecer y mejorar su versión original antes que seguir a la manada y convertirse en un duplicado de las demás.

Seguir el propio camino, ser fiel a uno mismo pese al dictamen, la moda, la imposición o el chantaje emocional, no es una huída ni una traición sino un acto de valor y honestidad.

Quienes a menudo se preocupan por el qué dirán se pasan la vida bailando al son que les marcan los demás. Como dice una canción de The Killers: Are we human, or are we dancers? Humano en crecimiento o marionetas danzarinas.

¿Quién quieres ser?

“Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido”, afirmó George Eliot, seudónimo de la escritora británica Mary Anne Evans.

Epicteto, filósofo griego, decía: “Complace a todos y no complacerás a nadie”. Me atrevo a añadir que al que menos, a ti mismo. Tratar de agradar a los demás es una actitud loable y comprensible. Pero tratar de agradar a costa de nosotros mismos, de lo que somos, queremos o sentimos, a costa de nuestros principios, valores o ideales es demoledor. Es olvidarse de quienes somos.

Vivir de cara a la galería buscando la aprobación de los demás, ya sean padres, hermanos, novios, esposos, amigos, vecinos, jefes, compañeros del trabajo, etc., por miedo a la crítica, al rechazo o a la exclusión, es negarse a sí mismo. Es hipotecar la vida que nos corresponde por derecho. Es vivir de prestado.

Yo elijo caminar descalza por la vida a martirizar mi pie con zapato ajeno, por muy bonito que sea.

Resumen del libro “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery (Casablanca, Marruecos, 1969)

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela cómo sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

Una pincelada

“Me llamo Renée. Tengo cincuenta y cuatro años. Desde hace veintisiete, soy la portera del número 7 de la calle Grenelle, un bonito palacete con patio y jardín interiores, dividido en ocho pisos de lujo, todos habitados y todos gigantescos. Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante. Vivo sola con mi gato, un animal grueso y perezoso, cuya única característica notable es que le huelen las patas cuando está disgustado. Ni uno ni otro nos esforzamos apenas por integrarnos en el círculo de nuestros semejantes. Como rara vez soy amable, aunque siempre cortés, no se me quiere, si bien pese a todo se me tolera porque correspondo tan bien a lo que la creencia social ha aglutinado como paradigma de la portera de finca, que soy uno de los múltiples engranajes que hacen girar la gran ilusión universal según la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar fácilmente. Y como en alguna parte está escrito que las porteras son viejas, feas y ariscas, también está grabado en letras de fuego en el frontón del mismo firmamento estúpido que dichas porteras tienen gruesos gatos veleidosos que se pasan el día dormitando sobre cojines con fundas de crochet.

Asimismo, también está escrito que las porteras ven la televisión sin descanso mientras sus gruesos gatos dormitan, y que el vestíbulo del edificio tiene que oler a potaje, a sopa o a guiso de legumbres. Tengo la inmensa suerte de ser portera en una residencia de mucha categoría. Era para mí tan humillante tener que cocinar esos platos infames que la intervención del señor de Broglie, el consejero de Estado del primero –intervención de debió de describir a su esposa como educada pero firme, y que tenía como fin erradicar de la existencia común ese tufo plebeyo-, fue un inmenso alivio que disimulé lo mejor que pude bajo la apariencia de una obediencia forzosa.

Eso fue hace veintisiete años. Desde entonces, voy cada día a la carnicería a comprar una loncha de jamón o un filete de hígado de ternera, que guardo en mi bolsa de la compra entre el paquete de fideos y el manojo de zanahorias. Exhibo con complacencia estos víveres de pobre, realzados por la característica apreciable de que no huelen porque soy pobre en una casa de ricos, con el fin de alimentar a la vez el lugar común consensual y a mi gato, León, que si está gordo es por esas viandas que deberían estarme destinadas, y que se atiborra ruidosamente de embutido y pasta con mantequilla mientras yo puedo dar rienda suelta, sin perturbaciones olfativas y sin levantar sospechas, a mis propias inclinaciones culinarias.”

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