Por Rosa María Arjona

Decir adiós

Decir adiós a un ser querido siempre es triste. Aunque sepas que, más tarde o más temprano, regresará junto a ti, o aunque no tengas la certeza de su vuelta. Pero decir adiós, adiós para siempre, es un doloroso golpe directo al corazón, un puño que te oprime el pecho hasta quitarte el aliento, una densa tristeza que te deja sin fuerzas.  Atónito.  Confuso.  Impotente.

La muerte, mirada de frente, cara a cara, no deja a nadie imperturbable.

Cuando, hace una semana, vi a mi padre en el féretro como si estuviera dormido, no podía creer que estuviera muerto. Durante horas observé conmovida su cuerpo inerte, su impávido rostro, sin dejar de preguntarle: ¿dónde estás, papá?, ¿adónde te has ido?… Consciente de que aquel cuerpo inerte, al que amorosamente velaba, ya no era mi padre sino únicamente un despojo mortal. Su fría crisálida vacía.

Emulando a Amado Nervo, me digo a mí misma que mi padre no es que se haya muerto, sino que se ha ido antes; que ha tomado uno de los trenes anteriores, para llegar a ese destino que nos espera a todos desde el mismo momento en que nacemos.

Pero me cuesta mucho asimilar que ya no esté aquí, en este pequeño planeta; que haya dejado de existir; que ya nunca le veré más; que se ha ido para siempre.

Adiós, querido papá.

Hasta luego…

Resumen del libro “La suma de los días”, de Isabel Allende (Lima, Perú, 2 de agosto de 1942)

Isabel Allende narra a su hija Paula todo lo que ha sucedido con la familia desde el momento en que ella murió. El lector vive, junto con la autora, la superación personal de una mujer con una fuerza inspiradora, rodeada siempre de amigos y familiares. Su historia es emotiva, pero también está repleta de humor, personajes pintorescos y anécdotas caóticas y divertidas sobre la complicidad, el amor, la esperanza, la magia y la fuerza de la amistad. Una lección magistral, escrita en el tono irónico y apasionado que caracteriza a la autora, de cómo hacer frente a los distintos retos que depara la vida.

Una pincelada

En la segunda semana de diciembre de 1992, apenas cesó la lluvia, fuimos en familia a esparcir tus cenizas, Paula, cumpliendo con las instrucciones que dejaste en una carta, escrita mucho antes de caer enferma. Apenas les avisamos de lo que había ocurrido, tu marido, Ernesto, se vino de Nueva Jersey y tu padre de Chile. Alcanzaron a despedirse de ti, que reposabas envuelta en una sábana blanca, antes de llevarte para ser cremada. Después nos reunimos en una iglesia para oír misa y llorar juntos. Tu padre debía regresar a Chile, pero esperó a que acampara, y dos días más tarde, cuando por fin asomó un tímido reflejo del sol, fuimos toda la familia, en tres coches, a un bosque. Tu padre iba delante, guiándonos,. No conoce esta región, pero la había recorrido los días previos buscando el sitio más adecuado, el que tú hubieras preferido. Hay muchos lugares para escoger, aquí la naturaleza es pródiga, pero por una de esas coincidencias, que ya son habituales en lo que se refiere a ti, hija, nos condujo directamente al bosque donde yo iba a menudo a caminar para mitigar la rabia y el dolor cuando estabas enferma, el mismo donde Willie me llevó de picnic cuando recién nos conocimos, el mismo donde tú y Ernesto solían pasear de la mano cuando venían a vernos a California. Tu padre entró al parque, recorrió una parte del camino, estacionó el coche y nos hizo señas de que lo siguiéramos. Nos levó al sitio exacto que yo habría elegido, porque había ido allí muchas veces a rogar por ti: un arroyo rodeado de altas secuoyas, cuyas copas forman la cúpula de una catedral verde. Había una ligera niebla que difuminaba los contornos de la realidad; la luz pasaba apenas entre los árboles, pero las hojas brillaban, mojadas por el invierno. De la tierra se desprendía un aroma intenso de humus y eneldo. Nos detuvimos en torno a una minúscula laguna, hecha con rocas y troncos caídos. Ernesto, serio, demacrado, pero ya sin lágrimas, porque las había vertido todas, sostenía la urna de cerámica con tus cenizas. Yo había guardado unas pocas en una cajita de porcelana para tenerlas siempre en mi altar. Tu hermano, Nico tenía a Alejandro en brazos, y tu cuñada, Celia, iba con Andrea, que todavía era un bebé, tapada con chales y prendida al pezón. Yo llevaba un ramo de rosas, que lancé, una a una, al agua. Después, todos nosotros, incluso Alejandro, de tres años, sacamos un puñado de cenizas de la urna y las dejamos caer sobre el agua. Algunas flotaron brevemente entre las rosas, pero la mayoría se fue al fondo, como arenilla blanca.

-¿Qué es esto? -preguntó Alejandro.

-Tu tía Paula –le dijo mi madre, sollozando.

-No parece –comentó, confundido.

 

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