Por Rosa María Arjona

Amor de perro

Si hay un amor al que se le pueda definir como verdaderamente auténtico, desinteresado, fiel, incondicional, sincero y puro es, sin duda, el amor de perro. Todo aquel que alguna vez haya tenido la suerte de tener un perro en su vida, o lo tenga actualmente, sabe hasta qué punto este noble animal es capaz de amar, más bien adorar, a su dueño.

La capacidad del perro para la fidelidad y el amor supera ampliamente la nuestra. Él siempre estará a nuestro lado, incondicionalmente, seamos ricos o pobres, simpáticos o aburridos, alegres o tristes, estemos sanos o enfermos, haga frío o calor, dándonos su amor a cambio de nada, sin exigir nada, sin esperar a que le correspondamos con el mismo derroche de afecto y alegría con el que nos obsequia cada día.

Quién tiene un perro sabe que no hay nada más reconfortante, más  bonito que llegar a casa tras una dura jornada de trabajo y ser recibido por él como si no te hubiera visto en años. De hecho, cuando mi perra Tara murió, lo que más me costaba era meter la llave en la cerradura y oír el silencio tras la puerta en vez de sus gozosos golpeteos de rabo, abrirla y no verla saltando de alegría. Durante mucho tiempo me dolió su ausencia hasta la lágrima. Y, para qué negarlo, aún la echo de menos.

Cervantes, en su “Coloquio de los perros” dice: “Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse de ellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida”. Como ejemplo, en las ruinas de Pompeya se encontró a un perro que cubría a un niño pequeño con su cuerpo, en un intento desesperado de protegerlo de la nube de cenizas. Al parecer, no fue la primera vez que lo hizo, ya que en su collar se encontró tres marcas de reconocimiento por otras tantas veces que había salvado la vida de su joven amo.

El amor de perro es tan hermoso que merece la pena tener uno aunque solo sea una vez en la vida.

Resumen del libro “Pacto de lealtad” de Gonzalo Giner (Madrid, 1962)

Poco antes del estallido de la Guerra Civil, la vida de Zoe Urgazi da un vuelco cuando se cruza en su camino Campeón, un perro sin estirpe que la ayuda a superar los problemas que le acechan. Junto a él emprende un viaje en busca de su destino cuya senda le ha señalado su padre: la devoción por los animales y la libertad, Cargada de arrojo, Zoe no solo se enfrentará a las pruebas que su tiempo le impone, sino que tendrá que luchar contra sí misma cuando el amor la encuentra. Una novela trepidante que recorre el período más dramático del pasado siglo: la Guerra Civil y el auge del nazismo, y que narra, por vez primera, el papel de los canes en los conflictos armados. Espías, experimentos secretos para hallar un perro de guerra mitológico, traiciones, amor… recorren estas páginas que ilustran, a través de su protagonista, el inquebrantable y ancestral pacto de lealtad entre el perro y el hombre.

Una pincelada

Campeón, como cualquier otro perro, no entendía de balas, granadas ni bombas.

Su mirada era limpia y curiosa, ajena a las de un puñado de hombres que ese día trataban de matarse desde dos barricadas distantes una treintena de metros, en la única calle asfaltada de Sotiello, una aldea a pocos kilómetros de la ciudad de Gijón.

Campeón acompañaba a su amo, un teniente de la IV Bandera de la Legión, y a un centenar de soldados a sus órdenes, que tenían como misión combatir a un grupo de revolucionarios alzados en armas desde las cuencas mineras de Asturias, con más utopía en sus corazones que habilidad para defenderse de un ejército dispuesto a atajar de raíz sus afanes libertarios.

Era un perro sin raza, de pelo largo y áspero, color canela, y una cara casi negra. Aunque tenía una estatura mediana, su valentía recordaba a la de un animal de mayor talla y fortaleza, y su carácter era espabilado y alegre. Había nacido dos años antes al lado de una tapia del campamento que el Tercio de la Legión tenía en Dar Riffien, a poco menos de diez kilómetros de la ciudad de Ceuta. Abandonado por su madre, el cachorro había resistido al hambre y la soledad durante tres días a la espera de que apareciera, pero no lo hizo. Fueron unos musculosos brazos los que finalmente lo encontraron para convertirse desde entonces en su único protector.

A los pies de su amo y sin saber qué esperaba de él en aquella verde y húmeda tierra, protegidos detrás de una barricada de trastos viejos, su hocico empezó a ventear un sinfín de interesantes olores. Por el este, a hierba recién segada, a vacas, a fruta verde, y a su alrededor, el sudor de unos soldados de camisa arremangada y mirada de hierro, dispuestos a matar o morir bajo el frescor de una fina lluvia.

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Y de repente, Campeón, sin que nadie entendiera su reacción, saltó la barricada que lo protegía y se lanzó a correr calle arriba hacia los mineros. Su mirada se cruzó con la de los tres rebeldes, colocados ahora sobre dos pacas de paja y con los fusiles prestos a disparar en su misma dirección. A menos de diez metros de ellos se paró, volvió la cabeza hacia los suyos con una expresión bonachona y empezó a agitar la cola, a ladrar, y a rodar una y otra vez sobre su espalda, dispuesto a jugar, a la espera de que alguien, le daba igual de qué bando fuera, le tirara una rama o una pelota para ir a por ella como solía hacer en el cuartel.

Su amo, el teniente Andrés Urgazi Latour, lo llamó a voz en grito, temiendo por su vida. Campeón reconoció la voz, pero no se movió. Se encontraba en el peor lugar posible, en medio de la línea de fuego, y sin embargo su absurda presencia había detenido por un momento el intercambio de disparos.

Un extraño silencio se instaló entre los presentes durante unos minutos.

-¡Sacad a ese perro de ahí antes de que lo alcance una bala! –proclamó uno de los sublevados.

Campeón se sentó. Sin dejar de mover la cola y con la lengua fuera permaneció en alerta, listo para correr en busca del primer objeto que viese volar.

-¡Es mío! –gritó el oficial Urgazi asomando la cabeza con precaución-. Ya salgo a por él.

Uno de sus sargentos lo frenó.

-Mi señor, le van a levantar la tapa de los sesos. No se fie de esos malnacidos.

El teniente dudó, miró una vez más a su can y le silbó para que volviera. Campeón agitó con mayor intensidad el rabo, pero no se movió ni un solo milímetro. Al no conseguir del animal la respuesta deseada, su dueño pensó de qué manera podía apartarlo de allí, y de repente recordó una habilidad que le había hecho famoso en el campamento. A Campeón le encantaba recuperar las pistolas, machetes y otras armas cortas que perdían los soldados en las maniobras cuerpo a tierra durante los ejercicios de adiestramiento. Decidió probar, descargó las balas de su pistola Astra y la tiró lo más lejos que pudo, a la izquierda del perro. Y Campeón aceptó el juego corriendo, encantado de ir en su busca.

 

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