Por Rosa María Arjona

Hablar sin palabras

Con frecuencia se cree que para comunicarse con los demás tan sólo es necesario hacer uso de las palabras, es decir, del lenguaje verbal. En ocasiones, cuando alguien se muestra excesivamente callado se le suele animar a expresarse, a hablar, a decir algo, lo que sea con tal de romper esa “tensa incomunicación”. Cuando, en realidad, con su silencio ya está emitiendo un mensaje, ya se está comunicando.

La comunicación, cuya misión consiste esencialmente en transmitir ideas por medio de mensajes, es fundamental en el ser humano, bien para comunicarse con uno mismo o con los demás. Según las investigaciones llevadas a cabo en este campo, cuando emitimos un mensaje a otra persona sólo el 7% de éste consta únicamente de palabras, el 38% de la calidad de la voz: el tono, el volumen, la intensidad, el ritmo, etc. y, atención, el 55% del mensaje lo emite nuestra fisiología: la respiración, los movimientos de los ojos, la postura, los gestos, etc. Los investigadores afirman, en general, que el componente verbal de una conversación cara a cara es menor al 35% y que más del 65% de la comunicación es de tipo no verbal.

Si nos remontamos a nuestro origen más primigenio, es fácil comprender este porcentaje. Al igual que otras especies animales, la nuestra está dirigida por leyes biológicas que controlan nuestras reacciones y gestos frente a los estímulos del exterior para sobrevivir. Lo asombroso es que, pese a tener un cerebro tan avanzado e inteligente, el ser humano rara vez es consciente del poder de esta ley genética: que su lenguaje fisiológico “habla” más que su lenguaje verbal. Afortunadamente, hay muchas personas que de forma intuitiva pueden percibir y descifrar las señales no verbales emitidas por el otro como, por ejemplo, las madres con sus bebés o las personas con un alto grado de empatía.

En estos tiempos de verborrea incontinente y palabrería banal con la que nos tratan de manipular y anestesiar los políticos, los personajillos de la televisión, los banqueros, los mandatarios de cualquier especie, por decir sólo algunos, cobra vital importancia conocer y descifrar el lenguaje no verbal para darse cuenta de que, con demasiada frecuencia, sus gestos y movimientos contradicen a sus palabras.

Hoy en día hay muchos libros y curiosos artículos sobre el lenguaje no verbal o corporal por lo que le animo, querido lector, a leerlos de forma jocosa. Le aseguro que, además de serle útil, se divertirá reconociendo en los demás, y en sí mismo, gestos muy significativos. Quién sabe, a lo mejor cualquier día puede coincidir en un banco con alguien de otro país y entablar una fuerte y sincera amistad, aunque desconozca absolutamente su idioma.

Como les ocurrió al señor Linh y al señor Bark una fría mañana de invierno…

Resumen de la novela “La nieta del señor Linh” de Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962)

Una fría mañana de noviembre, tras un penoso viaje en barco, un anciano desembarca en un país donde no conoce a nadie y cuya lengua ignora. El señor Linh huye de una guerra que ha acabado con su familia y destrozado su aldea. La guerra le ha robado todo menos a su nieta, un bebé llamado Sang Diu, que en su idioma significa «Mañana dulce», una niña tranquila que duerme siempre que el abuelo tararee su nana, la melodía que han cantado durante generaciones las mujeres de la familia. Instalado en un piso de acogida, el señor Linh sólo se preocupa por su nieta, su única razón de existir hasta que conoce al señor Bark, un hombre robusto y afable cuya mujer ha fallecido recientemente. Un afecto espontáneo surge entre estos dos solitarios que hablan distintas lenguas, pero que son capaces de comprenderse en silencio y a través de pequeños gestos. Ambos se encuentran regularmente en un banco del parque hasta que, una mañana, los servicios sociales conducen al señor Linh a un hospicio que no está autorizado a abandonar. El señor Linh consigue, sin embargo, escapar con Sang Diu y adentrarse en la ciudad desconocida, decidido a encontrar a su único amigo. Su coraje y determinación lo conducirán a un inesperado desenlace, profundamente conmovedor.

Una pincelada

El señor Linh y el señor Bark se ven todos los días. Si hace buen tiempo se quedan en la calle, sentados en el banco. Cuando llueve, van al café y el señor Bark pide la extraña bebida, que toman agarrando la taza con las dos manos.

El anciano espera el momento de reunirse con su amigo desde que se levanta. En su fuero interno lo llama “su amigo”, porque lo es. El hombre gordo se ha convertido en su amigo, aunque el señor Linh no habla su lengua, aunque no la comprende, aunque la única palabra que conoce es “buenos días”. Eso es lo de menos. Después de todo, el hombre gordo tampoco sabe más que una palabra del idioma del señor Linh, y es la misma.

Gracias al señor Bark, el nuevo país tiene un rostro, una forma de andar, un peso, un cansancio y una sonrisa, y también un olor, el del humo de los cigarrillos. Sin saberlo, el hombre gordo le ha dado todo eso.

Sang Diu se ha acostumbrado a esos encuentros, al cálido aliento del hombre gordo, a sus grandes manos agrietadas y sus anchos dedos llenos de callos. A veces, cuando nota que al anciano empieza a pesarle la niña, la lleva él. Ella no protesta. Se ve muy graciosa en brazos del hombre gordo, que es tan grande y tan fuerte que a la niña no podrá pasarle nada. El señor Linh está tranquilo. Ningún ladrón de niños se atrevería a meterse con un hombre tan corpulento y tan fuerte.

El señor Bark sigue fumando tanto como de costumbre, puede que más, si cabe. Pero ahora sólo fuma cigarrillos mentolados, que además le parecen excelentes. Cuando el señor Linh saca el paquete para dárselo, el señor Bark siempre siente un pequeño estremecimiento, un leve y agradable nudo en el estómago que le sube hasta la garganta. Entonces sonríe al anciano, le da las gracias, se apresura a abrir el paquete, le propina un golpecito en la parte inferior y saca un cigarrillo.

A veces pasean por las calles. No por la calle, sino por las calles, porque el señor Bark lo lleva por toda la ciudad, le enseña otros barrios, plazas, avenidas, callejas, lugares desiertos y otros llenos de de tiendas y gente que entra y sale, como las abejas de una colmena.

Algunos ojos se quedan mirando a la curiosa pareja, al anciano, tan pequeño y en apariencia tan frágil, envuelto en todas sus capas de ropa, y a ese gigante que fuma como una locomotora, y a continuación se posan en Sang Diu, la maravilla del señor Linh, que la lleva en brazos como se lleva un tesoro.

Cuando las miradas son un tanto hostiles o demasiado insistentes, el señor Bark mira a su vez al curioso, frunce el ceño y tensa las facciones. En esas ocasiones parece realmente temible. Eso divierte al señor Linh. El mirón baja la cabeza y sigue su camino. Y el señor Bark y el señor Linh ríen de buena gana.

a través de gestos y miradas.

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