Por Rosa María Arjona

Dice Paulo Coelho: “Escoger un camino es abandonar otros”…

¿Alguna vez, querido lector, se ha preguntado qué habría ocurrido en su vida si en vez de escoger ese camino que escogió hubiese elegido otro distinto?… Si se hubiese o no casado; si se hubiese casado con otra persona; si se hubiese ido a otra ciudad o a otro país a vivir; si hubiese realizado o no unos estudios; si hubiese cambiado de trabajo; si hubiese callado en vez de hablado, o al contrario; si hubiese reflexionado, o controlado su ego, antes de cometer aquel grave error… ¿Cómo habría cambiado su vida? Sin duda, su situación vital y sus circunstancias no serían las mismas a las que tiene ahora. No sabemos si mejores o peores, pero desde luego sí que serían distintas.

La vida no es lineal como un río, sino más bien como un frondoso árbol donde un sinfín de caminos se entrecruzan o bifurcan como ramas en crecimiento constante. Cuando elegimos tomar un camino abandonamos el resto. Y entonces, inevitablemente, el paisaje cambia.

La vida es una constante elección. Y tras cada elección hay unas consecuencias ante las cuales hemos de volver a elegir el camino a tomar. Toda nuestra situación vital es consecuencia de nuestras elecciones, que no sólo nos afectan a nosotros mismos sino también a los demás. De ahí la importancia y la responsabilidad de decidir escoger el camino más apropiado en cada momento.

Indudablemente, decidir qué camino tomar no siempre es fácil. Sobre todo cuando uno está dominado por el ego. Como dice el escritor chileno Alejandro Jodorowsky:  “El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matarlo, sino domarlo”. O como dijo el filósofo americano Ralph Waldo Emerson: “Nadie ha aprendido el sentido de la vida hasta que ha sometido a su ego para servir a sus hermanos”. Qué gran verdad…

Elegir siempre conlleva el riesgo de equivocarnos. ¿Quién no recuerda alguna decisión que desearía no haber tomado o palabras que preferiría no haber pronunciado en el pasado? También a todos, en alguna ocasión, nos han afectado dolorosamente las decisiones tomadas por otros, máxime cuando son personas emocionalmente cercanas. Sin lugar a dudas, todos hemos sufrido o hemos hecho sufrir de forma consciente o inconsciente.

El pasado no se puede cambiar. Nadie puede volver atrás y enmendar lo ocurrido. Ni tampoco es aconsejable dejar pasar, no hacer nada, como si el error cometido fuera a diluirse como una nube en el tiempo. El tiempo no enmienda nada. Ni cura, pese al dicho popular, únicamente anestesia. Es nuestra voluntad de hacer algo para mejorar o cambiar las cosas actuales la que puede enmendar los errores cometidos y de esta forma aliviar el dolor del daño sufrido o infringido. Y esto sólo puede lograrse mediante el perdón, hacia los demás o hacia uno mismo.

Perdonar es un acto de voluntad. Por esa razón en algunas ocasiones no es fácil. Perdonar supone ser consciente de lo ocurrido, no supone borrarlo ni olvidarlo, pero sí tomar la decisión de aceptar el dolor y la rabia, sin luchar contra ellas ni acrecentarlas, aceptar y comprender dichas emociones y luego decidir abandonarlas, dejarlas atrás, poner distancia emocional en lo ocurrido. Perdonar es un acto de curación y de fortaleza, es elegir el camino de la redención. En verdad, perdonar sería mucho más fácil si todos nos diésemos cuenta de que el perdón no es un regalo que hacemos a los demás, sino un valioso regalo que nos hacemos a nosotros mismos.

Tampoco es fácil decidir qué hacer cuando uno está paralizado por el miedo, aunque es más comprensible o justificable que cuando uno lo hace dominado por su ego, ya que el miedo es un instinto común a todos los seres humanos, una ancestral herramienta de supervivencia del que nadie está completamente libre. El miedo, todos lo sabemos, es una emoción angustiosa ante la proximidad de un peligro, real o imaginario, que va acompañada por un pujante deseo de evitación o de huida. Eso es, precisamente, lo que le pasó al protagonista de la novela Cometas en el cielo cuando era niño, cuya elección cambió dolorosamente el destino de otros y le atormentó durante años. Hasta que encontró el camino de la redención y, pese a su miedo, tuvo el valor de emprenderlo.

Resumen de la novela “Cometas en el cielo” de Khaled Hosseini  ( Kabul, Afganistán, 1965)

Sobre el telón de fondo de un Afganistán respetuoso de sus ricas tradiciones ancestrales, la vida en Kabul durante el invierno de 1975 se desarrolla con toda la intensidad, la pujanza y el colorido de una ciudad confiada en su futuro e ignorante de que se avecina uno de los períodos más cruentos y tenebrosos que han padecido los milenarios pueblos que la habitan. Cometas en el cielo es la conmovedora historia de dos padres y dos hijos, de su amistad y de cómo la casualidad puede convertirse en hito inesperado de nuestro destino. Esta emotiva historia se centra en la oportunidad de la redención, en la necesidad de afrontar los errores y pecados cometidos, arrepentirse y restaurar el daño causado por una mala decisión tomada en el pasado.

Una pincelada

“Después del colegio, Hassan y yo nos reuníamos. Yo cogía un libro y subíamos a una colina achaparrada que estaba en la zona norte de la propiedad de mi padre en Wazir Akbar Kan. En la cima había un viejo cementerio abandonado con hileras irregulares de lápidas anónimas y malas hierbas que inundaban los caminos de paso. Las muchas temporadas de nieve y lluvia habían oxidado la verja de hierro y desmoronado parte de los blancos muros de piedra del cementerio, en cuya entrada había un granado. Un día de verano, grabé en él nuestros nombres con un cuchillo de cocina de Alí: “Amir y Hassan, sultanes de Kabul.” Aquellas palabras servían para formalizarlo: el árbol era nuestro. Después del colegio, Hassan y yo trepábamos por las ramas y arrancábamos las granadas de color rojo sangre. Luego nos comíamos la fruta, nos limpiábamos las manos en la hierba y yo leía para Hassan.

Él, sentado en el suelo y con la luz del sol, que se filtraba entre las hojas del granado, bailando en su cara, arrancaba con expresión ausente briznas de hierba mientras yo leía historias que él no podía leer por sí solo. Que Hassan fuera analfabeto como Alí y la mayoría de los hazaras era algo que estaba decidido desde el mismo momento de su nacimiento, tal vez incluso en el mismo instante en que había sido concebido en el ingrato seno de Sanaubar. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad tenía de la palabra escrita un criado? Pero a pesar de su analfabetismo, o tal vez debido a él, Hassan se sentía arrastrado por el misterio de las palabras, seducido por aquel mundo secreto que le estaba prohibido. Le leía poemas y relatos, y alguna vez adivinanzas, aunque dejé de hacerlo en cuanto constaté que él era mucho mejor que yo solucionándolas. Así que le leía cosas incuestionables, como las desventuras del inepto mullah Nasruddin y su asno. Pasábamos horas sentados bajo aquel árbol, hasta que el sol se ponía por el oeste, y aun entonces Hassan insistía en que quedaba suficiente luz para un relato más, o un capítulo más.”

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