Por Rosa María Arjona

Archivo para febrero, 2014

El poder de los libros

Paseando por la bella y bulliciosa ciudad de Cambridge, en una excursión que hice con mis alumnos hace un par de años, sobre el escaparate de la librería Heffers leí una cita de Horace Mann, un notable reformador de la educación americana del siglo diecinueve, escrita en grandes letras blancas que decía:

A house without books is like a room without windows.

“Una casa sin libros es como una habitación sin ventanas”. El símil no puede ser más exacto ni encerrar más verdad.

En los libros está la cultura, es decir, la experiencia de la humanidad en todos los ámbitos. La lectura es la llave que nos abre la puerta a nuestra cultura, nos desarrolla el conocimiento y la creatividad, fortalece y enriquece nuestra mente a la par que nos abre las alas de la creación de otras realidades, de otros mundos. Los libros nos hacen libres. Por esa razón, como dice José Antonio Marina, “lo primero que hacen los dictadores es censurarla, prohibirla o, al menos, disuadirse de ella, porque saben muy bien que la lectura es el gran enemigo de la tiranía.”

Los libros son ventanas por las que, mediante la lectura, entra el aire y la luz a nuestras vidas. Prohibir los libros es negarnos el acceso a nuestra legítima fuente de conocimiento, encerrarnos en la oscuridad de la ignorancia, asfixiarnos con el vil sometimiento con la única intención de doblegar nuestro espíritu de naturaleza libre y de rebajarnos al primitivismo más zafio y manipulable.

Algo así le sucedió al escritor chino  Dai Sijie siendo adolescente durante la Revolución Cultural de Mao Zedong –“cultural”, qué ironía- cuyo “pecado”, ser un estudiante e hijo de médico, es decir, de “intelectual reaccionario”, fue motivo suficiente para arrancarle de su familia y enviarle a un lugar inhóspito en las montañas para ser “reeducado” entre campesinos analfabetos. Este escritor, afincado en Francia desde hace años, narró su dura experiencia en su novela “Balzac y la joven costurera china” donde también cuenta su descubrimiento de la literatura occidental. “Este amor por los libros nunca me ha abandonado”, dijo en una entrevista.”La lectura me ha dado tanto. Me lo ha dado todo”.

Resumen de la novela “Balzac y la joven costurera china” de Dai Sijie (China, 1954)

Dos adolescentes chinos son enviados a una aldea perdida en las montañas del Fénix del Cielo, cerca de la frontera con el Tíbet, para cumplir con el proceso de «reeducación» implantado por Mao Zedong a finales de los años sesenta. Soportando unas condiciones de vida infrahumanas, con unas perspectivas casi nulas de regresar algún día a su ciudad natal, todo cambia con la aparición de una maleta clandestina llena de obras emblemáticas de la literatura occidental. Así pues, gracias a la lectura de Balzac, Dumas, Stendhal o Romain Roland, los dos jóvenes descubrirán un mundo repleto de poesía, sentimientos y pasiones desconocidas, y aprenderán que un libro puede ser un instrumento valiosísimo a la hora de conquistar a la atractiva Sastrecilla, la joven hija del sastre del pueblo vecino.

Con la cruda sinceridad de quien ha sobrevivido a una situación límite, Dai Sijie ha escrito este relato autobiográfico que sorprenderá al lector por la ligereza de su tono narrativo, casi de fábula, capaz de hacernos sonreír a pesar de la dureza de los hechos narrados. Además de valioso testimonio histórico, Balzac y la joven costurera china es un conmovedor homenaje al poder de la palabra escrita y al deseo innato de libertad, lo que sin duda explica el fenomenal éxito de ventas que obtuvo en Francia el año pasado, con más de cien mil ejemplares vendidos apenas dos meses después de su publicación.

Una pincelada

“La montaña del Fénix del Cielo estaba tan alejada de la civilización que la mayoría de la gente no había tenido la posibilidad de ver una película en toda su vida, y ni siquiera sabía qué era el cine. De vez en cuando, Luo y yo contábamos algunas películas al jefe, que babeaba por oír más. Cierto día, se informó de la fecha de proyección mensual en la ciudad de Yong Jing, y decidió enviarnos, a Luo y a mí. Dos días para ir, dos para volver. Teníamos que ver la película la misma noche de nuestra llegada a la ciudad. Una vez de regreso a la aldea, teníamos que contar al jefe y a todos los aldeanos la película entera, de la A a la Z, de acuerdo con la exacta duración de la sesión.

Aceptamos el desafío pero, por prudencia, asistimos a dos proyecciones consecutivas en el campo de deportes del instituto de la ciudad, provisionalmente transformado en cine al aire libre. Las muchachas de la población eran encantadoras, pero permanecimos esencialmente concentrados en la pantalla, atentos a cada diálogo, a los trajes de los actores, a sus menores gestos, a los decorados de cada escena e, incluso, a la música.

Al regresar a la aldea, tuvo lugar ente nuestra casa sobre pilotes una sesión de cine oral sin precedentes. Naturalmente, asistieron todos los aldeanos. El jefe estaba sentado en primera fila, en el centro, con la larga pipa de bambú en una mano y nuestro despertador del “fénix terrenal” en la otra, para comprobar la duración del relato. La emoción del estreno se apoderó de mí, me vi reducido a exponer mecánicamente el decorado de cada escena. Pero Luo demostró ser un narrador genial: contaba poco, pero representaba sucesivamente cada personaje, cambiando de voz y de gestos. Dirigía el relato, cuidaba el suspense, planteaba preguntas, hacía reaccionar al público y corregía las respuestas. Lo hizo todo. Cuando hubimos o, mejor dicho, cuando hubo terminado la sesión, justo en el tiempo estipulado, nuestro público, feliz, excitado, no se lo creía.

-El mes que viene –declaró el jefe con una sonrisa autoritaria- os mandaré a otra proyección. Seréis pagados como si trabajarais en los campos.

Al principio, aquello nos pareció un juego divertido; nunca hubiéramos imaginado que nuestra vida, la de Luo al menos, fuese a cambiar de tal forma.”

 

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