Por Rosa María Arjona

Espíritu de Navidad

Llega la Navidad, y con ella la alegría, los reencuentros, los villancicos, las luces, los manjares, los regalos…

Mas no es así para todos.

Para muchos, la Navidad es un tiempo de tristeza avivada por la ausencia de las personas queridas que se fueron para siempre, por la soledad de los que no tienen familia, por el abandono de los ancianos en las residencias, por los que viven en las calles, por  los que poco o nada tienen para celebrarla, por la impotencia de los parados, por la fragilidad de los enfermos…

La Navidad debe ser un tiempo de reflexión.

Un tiempo para darnos cuenta de que el amor, la solidaridad, la justicia y el servicio a los demás es su verdadero significado. Un tiempo para comprender que la esencia de la Navidad va mucho más allá de unos regalos, mucho más allá de unas bonitas fiestas. Es el tiempo de asumir que el verdadero Espíritu de la Navidad es darnos a nosotros mismos, honestamente, cada día del año. Y obrar en consecuencia.

Te deseo, de todo corazón, que el espíritu de la Navidad vaya siempre contigo, querido lector.

Resumen de “Cuento de Navidad” de Charles Dickens (Inglaterra, 7 de febrero de 1812 – 9 de junio de 1870)

Scrooge es un hombre miserable y tacaño a quien no le importan los demás, ni siquiera su empleado Cratchit o su sobrino Bob, lo único que le importan son los negocios y el dinero. En víspera de Navidad, recibe la visita del fantasma de su socio Marley, muerto hacía 7 años, que le dice que ya ha superado el límite de sus maldades y que cuando muera tendrá que llevar una cadena larga y pesada. Así mismo, le anuncia que vendrán tres espíritus a visitarle para darle la última oportunidad de salvarse. Y esa noche aparece el Espíritu de la Navidad Pasada, que le hace recordar a Scrooge su vida infantil y juvenil y su desmedido afán de enriquecerse, el Espíritu de la Navidad Presente,  que le enseña cómo varios conocidos celebran la Navidad, y el Espíritu de la Navidad Futura que le muestra lo peor: su casa saqueada por los pobres y su propia tumba. Cuando Scrooge se despierta de su pesadilla, se convierte en un hombre generoso y amable. Por primera vez, celebra la Navidad, manda un gran pavo a su empleado, da donativos para los pobres, saluda a la gente por la calle y se va a casa de su sobrino Fred para festejar las fiestas. A partir de aquel día, no sólo aumenta el sueldo de Crachit, sino que se convierte en el más generoso benefactor de su humilde familia. El cuento acaba con la memorable frase del pequeño Tiny Tim: “Y que Dios nos bendiga a todos”.

Una pincelada

“Marley estaba muerto; eso para empezar. No cabe la menor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el propietario de la funeraria y el que presidió el duelo habían firmado el acta de su enterramiento. También Scrooge había firmado, y la firma de Scrooge, de reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor en cualquier papel donde apareciera. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

¡Atención! No pretendo decir que yo sepa lo que hay de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo, más bien, me había inclinado a considerar el clavo de un ataúd como el más muerto de todos los artículos de ferretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de nuestros ancestros, y no serán mis manos impías las que lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

¿Sabía Scrooge que estaba muetto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamentario, su único administrador, su único asignatario, su único heredero residual, su único amigo y el único que llevó luto por él. Y ni siquiera Scrooge quedó terriblemente afectado por el luctuoso suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios el mismísimo día del funeral, que fue solemnizado por él a precio de ganga.

La mención del funeral de Marley me hace retroceder al punto en que empecé. No cabe duda de que Marley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda claridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la historia que voy a relatar. Si no estuviésemos completamente convencidos de que el padre de Hamlet ya había fallecido antes de levantarse el telón, no habría nada notable en sus paseos nocturnos por las murallas de su propiedad, con viento del Este, como para causar asombro -en sentido literal- en la mente enfermiza de su hijo; sería como si cualquier otro caballero de mediana edad saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.

Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Años después, allí seguía sobre la entrada del almacén: «Scrooge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scrooge y Marley». Algunas personas, nuevas en el negocio, algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Marley», pero él atendía por los dos nombres; le daba lo mismo.

¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pecador avariento que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebañaba, apresaba! Duro y agudo como un pedernal al que ningún eslabón logró jamás sacar una chispa de generosidad; era secreto, reprimido y solitario como una ostra. La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho estuviese helado en los días más calurosos del verano, y en Navidad no se deshelaba ni un grado.

Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos. Ninguna fuente de calor podría calentarle, ningún frío invernal escalofriarle. El era más cortante que cualquier viento, más pertinaz que cualquier nevada, más insensible a las súplicas que la lluvia torrencial. Las inclemencias del tiempo no podían superarle. Las peores lluvias, nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sacarle ventaja en un aspecto: a menudo ellas se desprendían con generosidad, cosa que Scrooge nunca hacía.

Jamás le paraba nadie en la calle para decirle con alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿cómo está usted? ¿Cuándo vendrá a visitarme?» Ningún mendigo le pedía limosna; ningún niño le preguntaba la hora; ningún hombre o mujer le había preguntado por una dirección ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastraban a sus dueños hasta los portales y los patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»

Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era precisamente lo que le gustaba. Para él era un placer abrirse camino entre los atestados senderos de la vida advirtiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guardase las distancias.”

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: