Por Rosa María Arjona

Leer en verano

Leer en verano es tan gratificante como darse un chapuzón en la piscina, en el mar, o en las frías aguas de un río: refresca la mente, divierte y relaja. Por esa razón, muchos retoman el libro olvidado en la estantería o sobre la mesilla de noche que compraron hace meses y no terminaron de leer por falta de tiempo, y otros se dan una vuelta por la librería en busca del libro más adecuado para llenar ese rato entre baño y baño, o esas deliciosas tardes de asueto.

Afortunadamente, llevar un libro en la bolsa de baño se está convirtiendo en algo tan natural como llevar la toalla. Y si no, lean los siguientes datos.

Según la Federación de Gremios de Editores de España, el porcentaje de lectores de libros mayores de 14 años se incrementó en 2012 hasta situarse en el 63% de la población. Se reduce así la distancia que aún nos separa de la media europea que sitúa el porcentaje de lectores, en esta misma franja de edad, en el 70% de la población. El perfil del lector en España sigue siendo el de una mujer, con estudios universitarios, joven y urbana que prefiere la novela, lee en castellano y lo hace por entretenimiento. La falta de tiempo sigue siendo la razón principal de los no lectores para explicar su falta de hábito lector. El 29% de los no lectores afirma que no le gusta o no le interesa. Yo creo que la razón es que nadie les ha iniciado en el sano hábito de la lectura en sus primeros años de vida, o que no han encontrado aún el libro clave, ese que te abre las puertas de par en par y te empuja a leer más y más.

En cuanto a los libros, por si le sirve de orientación, las sagas “Cincuenta Sombras”, de E .L. James, “Canción de hielo y Fuego”, de George R. R. Martin, y “Los Juegos del Hambre”, de Suzanne Collins, han sido los libros más comprados en 2012. Les siguen “El cementerio de los libros olvidados”, de Carlos Ruiz Zafón, “Trilogía del siglo”, de Kent Follett, “El abuelo que saltó por la ventana y se largó”, de Jonas Jonasson, “Las horas distantes”, de Kate Morton, “Misión olvido”, de María Dueñas, “Una mochila para el universo”, de Elsa Punset, “El enredo de la bolsa y la vida”, de Eduardo Mendoza, “El monje que vendió su Ferrari”, de Robins S. Sharma, “Simiocracia”, de Aleix Saló, “Esta noche dime que me quieres”, de Federico Moccia, “El mundo amarillo”, de Albert Espinosa, “La soledad de la reina”, de Pilar Eyre, “El tiempo entre costuras”, de María Dueñas, “El lector de Julio Verne” de Almudena Grandes, “La canción de Alba” de Benjamín Zafra, “La conjura de Cortés”, de Matilde Asensi y “La comida de la familia”, de Ferrán Adriá.

En el ranking de libros más leídos, la saga “Millennium”, de Stieg Larson encabeza la lista, seguido de la saga “Cincuenta Sombras”, de E. L. James, y de “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follett, que año tras año se mantiene entre los primeros. Uno de mis libros favoritos y el último, por cierto, que regalé a una amiga.

Ya ve, por leer que no quede: hay libros de todo tipo y para todos los gustos. Un libro siempre será un buen amigo con el que disfrutar apaciblemente a la orilla del mar, o bajo la fingida brisa del aire acondicionado.

Resumen del libro “Los Pilares de la Tierra”, de Ken Follett (Gales, Reino Unido, 1959)

La novela está ambientada en Inglaterra en la Edad Media, una época de violentas pasiones. En concreto en el siglo XII durante un periodo de guerra civil conocido como la Anarquía Inglesa, entre el hundimiento del  White Ship  y el asesinato del arzobispo Thomas Becket. Cuenta la historia de varias generaciones en un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. La novela, que transcurre alrededor de la construcción de una catedral gótica, se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey.

Una pincelada

“Los chiquillos llegaron temprano para el ahorcamiento.

Todavía estaba oscuro cuando los tres o cuatro primeros se escurrieron con cautela de las covachas, sigilosos como gatos, con sus botas de fieltro. El pequeño pueblo aparecía cubierto por una ligera capa de nieve reciente, como si le hubiesen dado una nueva mano de pintura y sus huellas fueron las primeras en manchar su inmaculada superficie. Se encaminaron a través de las arracimadas chozas de madera  y a lo largo de las calles de barro helado hasta la silenciosa plaza del mercado donde esperaba la horca.

Los muchachos aborrecían todo aquello que sus mayores estimaban. Despreciaban la belleza y se burlaban de la bondad. Se morían de risa a la vista de un lisiado y si topaban con un animal herido lo mataban a pedradas. Alardeaban de heridas y mostraban orgullosos sus cicatrices, reservando una admiración para cuando de una mutilación se trataba. Un chico al que le faltara un dedo podía llegar a ser un rey. Amaban la violencia, podían recorrer kilómetros para presenciar derramamientos de sangre y jamás se perdían una ejecución.

Uno de los muchachos orinó en la tarima de la horca. Otro subió por los escalones, se llevó los dedos a la garganta, se dejó caer y contrajo el rostro parodiando de forma macabra el estrangulamiento. Los otros soltaron gritos de admiración, y dos perros aparecieron en la plaza del mercado, ladrando y corriendo. Uno de los muchachos más pequeños empezó a devorar una manzana, pero uno de los mayores le dio un puñetazo en la nariz y se la quitó. El más pequeño se desahogó lanzando una piedra contra uno de los perros, que se alejó aullando. Luego, como no había nada más que hacer, se sentaron sobre el pavimento seco del pórtico de la gran iglesia a la espera de que sucediera algo.”

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