Por Rosa María Arjona

Según el Diccionario de la Real Academia Española, delicadeza es “atención y exquisito miramiento con las personas o las cosas, en las obras o en las palabras”. Es decir, la delicadeza no sólo es el trato amable a nuestros semejantes sino a todo cuanto nos rodea ya sean plantas, animales, objetos o lugares.

Una verdadera delicia. Sólo que la delicadeza, o su hermana gemela la ternura, no es algo habitual en la vida actual.

Solemos cuidar con esmero de nuestras pertenencias, pero no así de lo común y mucho menos de lo ajeno. Nos preocupamos por mantener y mejorar nuestro hogar pero cuando se trata de las calles o los jardines, por poner un ejemplo, la cosa cambia. No hay más que fijarse en la basura arrojada a los lados de las carreteras, o el campo sembrado de bolsas de supermercados llenas de desperdicios o vacías, botellas de plástico, de vidrio o latas –materiales altamente dañinos para el medio ambiente- para poner de manifiesto la falta de la más mínima delicadeza hacia nuestro planeta.

Por no hablar de los pobres animales.

En cuanto a las personas, me atrevo a decir que ocurre otro tanto de lo mismo. “El exquisito miramiento” no encuentra fácilmente cabida entre las prisas, el estrés o la competitividad de la vida actual. Sin embargo, ¿a quién no le gusta que le dediquen tiempo, que le traten con amabilidad, que le saluden con una sonrisa, que le escuchen atentamente, que le abracen de vez en cuando, que le besen sin requerirlo, que le sorprendan gratamente?… ¿A quién no le gusta sentirse apreciado, querido, valioso, único en medio de esta vorágine? …

Sin lugar a dudas, lo necesitamos y nos gusta a todos.

El problema es que no todos quieren ser delicados con los demás o con su entorno, bien porque creen que es una muestra de debilidad, por puro egoísmo o porque simplemente no lo han aprendido. Y es que la delicadeza o la ternura requieren aprendizaje, voluntad, generosidad y amor.  Lo que conlleva a tener confianza y seguridad en uno mismo para poder cuidar sin cortapisas de los otros y de cuanto nos rodea.

Lo bueno del asunto es que la delicadeza o la ternura son cualidades fáciles de cultivar y compartir porque no están en lo grandioso, ni en lo ostentoso, sino en esas pequeñas cosas de todos los días, en la insignificancia, en el detalle. Como decía la escritora francocanadiense Laure Conan: “Nada es pequeño en el amor. Aquellos que esperan las grandes ocasiones para probar su ternura no saben amar”.

O como bien afirma Fernando Savater: “El amor sin ternura es puro afán de dominio y de autoafirmación hasta lo destructivo.”

Ahí queda eso.

Libro de hoy: “Delicadeza” de David Foenkinos (París, 1974)

Nathalie es una joven feliz que vive rodeada de libros y de risas junto a un marido al que adora y con el que mantiene una preciosa e idílica relación, con un trabajo estable y disfrutando de las pequeñas cosas de la vida. Hasta que François, su marido, muere atropellado y en apenas un instante todo su mundo se derrumba ante sus ojos.

Mientras Nathalie languidece día a día volcada cada vez más en la oficina, aparece Markus, un tipo totalmente opuesto a François y a cualquier hombre en que Nathalie se fijaría. Un hombre que pasa desapercibido para todo el mundo, casi invisible, pero con una personalidad única, tierna, frágil, divertida, dulce, torpe…Y ese es su mayor atractivo. La discreta delicadeza con la que trata a Nathalie hace que ella vea en él a alguien a quien regalarle sus sonrisas, a alguien que la ayudará a recuperar las ganas de vivir, a alguien con quien compartir el día a día, con quién tener esa estabilidad que tanto ansía. Alguien que con ternura y honestidad le ha devuelto la fe en la magia de la vida.

Como curiosidad, es de reseñar que entre los cortos capítulos del libro hay multitud de pequeñas explicaciones literarias, culinarias, cinematográficas, musicales, artísticas, deportivas, etc., referidas a situaciones concretas o detalles que suceden en la novela. Así que, como dice el propio David Foenkinos: “si no te ha gustado la novela por lo menos puedes aprovechar la receta del risotto de espárragos”.

Una pincelada

“Llamaron a la puerta. Discretamente, apenas se oyó. Nathalie se sobresaltó. Como si esos últimos segundos le hubieran hecho creer que podía estar sola en el mundo. Dijo: “Adelante”, y Markus entró. Era un compañero oriundo de Uppsala, una ciudad sueca que no le interesa a casi nadie. Hasta los habitantes de Uppsala se sienten incómodos: el nombre de su ciudad suena casi como una disculpa. Suecia tiene la tasa de suicidios más alta del mundo. Una alternativa al suicidio es emigrar a Francia, eso es lo que debía de haber pensado Markus. El joven tenía un físico más bien desagradable, pero tampoco se puede decir que fuera feo. Tenía siempre una manera de vestir un poco especial: no se sabía si había sacado su ropa del trastero de casa de su abuelo, de la beneficencia o de una tienda de última moda. En conjunto, su aspecto era poco homogéneo.

-Vengo a verla por el expediente 114- dijo.

¿Es que no bastaba su extraña apariencia, también tenía que decir frases tan estúpidas? Nathalie no tenía la menor gana de trabajar hoy. Era la primera vez desde hacía mucho tiempo. Se sentía como desesperada: casi podría haberse ido de vacaciones a Uppsala, con eso se dice todo. Observaba a Markus, que no se movía. Éste la miraba, embelesado. Para él, Nathalie representaba esa clase de feminidad inaccesible, a lo que venía a añadirse la fantasía que desarrollan algunos con respecto a todo superior jerárquico, a todo ser en una posición dominante. Nathalie decidió entonces caminar hacia él, caminar despacio, muy despacio. Casi habría dado tiempo a leer una novela mientras tanto. No parecía querer detenerse, tanto es así que de pronto se encontró muy cerca del rostro de Markus, tan cerca que sus narices se tocaron. El sueco ya no respiraba. ¿Qué quería de él? No le dio tiempo a seguir formulándose esa pregunta en su cabeza, pues Nathalie empezó a besarlo con frenesí. Un largo beso intenso, con esa intensidad propia de la adolescencia. Y, de pronto, dio un paso atrás.

-Ya hablaremos más tarde del expediente 114.

Abrió la puerta e invitó a Markus a salir de su despacho. Éste obedeció con dificultad. Se sentía como Amstrong en la Luna. Ese beso era un gran paso para su humanidad. Se quedó un momento inmóvil en la puerta del despacho. En cuanto a Nathalie, ya había olvidado por completo lo que acababa de ocurrir. Su acto no tenía ningún vínculo con la sucesión de los demás actos de su vida. Ese beso era la manifestación de una anarquía repentina en sus neuronas, lo que podría llamarse un acto gratuito.”

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