Por Rosa María Arjona

Archivo para marzo, 2013

El laberinto de la crisis

Tal día como hoy, hace 99 años, nació el escritor mejicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990 “por su escritura apasionada y de amplios horizontes, caracterizada por una inteligencia sensual, y la integridad de su humanismo”. Leer a Octavio Paz es caminar por un sendero de reflexión, de preguntas y dudas sobre el amor, la vida y la muerte.

Reflexión, un buen ejercicio para poder salir del laberinto de la crisis. Porque el mundo, tal y como lo concebíamos, se está rompiendo a pedazos sobre nuestras cabezas y hay muchas dudas, muchas preguntas que exigen rápidas respuestas, amén de trasparentes y fiables. Y sobre todas ellas, la más importante: ¿qué hacemos ahora?

Es revelador saber que la palabra crisis en japonés se compone de dos ideogramas que significan peligro y oportunidad. El peligro ya es bien conocido por todos. ¿Dónde está la oportunidad? La oportunidad está en el cambio de paradigmas, en todos los sentidos y en todos los ámbitos. Lo de antes ya no nos sirve. No hay marcha atrás.

“Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar”, dijo Novalis. Bien, ya hemos despertado de nuestro idílico sueño y la realidad es desoladora. Ha llegado el momento de buscar y emprender caminos nuevos hacia nuevos horizontes. Dejemos de ser algo parecido a un pueblo “en trance de crecimiento”, como diría Octavio Paz. Caminemos sin mirar hacia atrás, salvo para sacar conclusiones y aprender.

Soy de las que piensan que ningún tiempo pasado fue mejor.  El futuro es y debe seguir siendo esperanzador para todos. Lo mejor siempre está por llegar.

Una pincelada

Fragmento del ensayo “El laberinto de la Soledad” de Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914 – 19 de abril de 1988)

“A TODOS, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo, deformado por el agua, es el suyo. La singularidad de ser —pura sensación en el niño— se transforma en problema y pregunta, en conciencia interrogante.

A los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido. Su ser se manifiesta como interrogación: ¿qué somos y cómo realizaremos eso que somos? Muchas veces las respuestas que damos a estas preguntas son desmentidas por la historia, acaso porque eso que llaman el “genio de los pueblos” sólo es un complejo de reacciones ante un estímulo dado; frente a circunstancias diversas, las respuestas pueden variar y con ellas el carácter nacional, que se pretendía inmutable. A pesar de la naturaleza casi siempre ilusoria de los ensayos de psicología nacional, me parece reveladora la insistencia con que en ciertos períodos los pueblos se vuelven sobre sí mismos y se interrogan. Despertar a la historia significa adquirir conciencia de nuestra singularidad, momento de reposo reflexivo antes de entregarnos al hacer. “Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar”, dice Novalis. No importa, pues, que las respuestas que demos a nuestras preguntas sean luego corregidas por el tiempo; también el adolescente ignora las futuras transformaciones de ese rostro que ve en el agua: indescifrable a primera vista, como una piedra sagrada cubierta de incisiones y signos, la máscara del viejo es la historia de unas facciones amorfas, que un día emergieron confusas, extraídas en vilo por una mirada absorta. Por virtud de esa mirada las facciones se hicieron rostro y, más tarde, máscara, significación, historia.”

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