Por Rosa María Arjona

Archivo para febrero, 2013

Libros prohibidos

Entre las movidas estudiantiles del mayo del 68 y las de la transición, pasó mi adolescencia cargada de asombros y esperanzas. Fue una época en la que las patrias eran como grandes familias con padres estrictos y autoritarios, como los que la mayoría de los estudiantes teníamos también en casa. El “tú te callas” y el “aquí se hace lo que yo diga” eran el pan intragable de cada día con su correspondiente buena dosis de prohibiciones. Las protestas y revueltas contra el ejercicio autoritario del poder en todos los ámbitos -político, laboral, educativo, cultural y sexual- eran de recibo.

En lo que respecta a la cultura, los gobiernos mutilaban o condenaban canciones, películas, obras de teatro y libros con ignominiosa impunidad. España, cómo no, la que más. Era tal la prevención ante la defensa de la moralidad en nuestro país que en la censura de una película, por ejemplo, podían intervenir hasta veinte censores. ¿Se imagina, querido lector, a esos veinte hombres elegidos disfrutando y apuntando las escenas más “inmorales” en cooperativista compaña? No sé qué pensará usted pero yo me apuesto a que más de uno, en medio de esas delicadas tesituras, se diría para sí: “Yo hago mi trabajo por el bien de España. Pero a mí que me quiten lo bailao…”. Para los libros, en cambio, que debían de resultarles mucho más aburridos o menos gratificantes, sólo se dedicaban uno o dos censores. Total, para lo que leían los españoles no hacía falta más.

Me pregunto cuántos libros se escribieron en balde o se dejaron de escribir por miedo o, lo que es peor, por la propia autocensura metida en vena.

Uno de esos libros prohibidos fue Lolita de Vladimir Nabokov. La novela narra la historia de Humbert Humbert, un profesor de mediana edad que se enamora con pasión enfermiza de Dolores Haze, una jovencita de doce años, hija de una viuda solitaria a la que alquila una habitación y con la que se acaba casando para estar cerca de ella. La madre de Lolita descubre un día los sentimientos de Humbert hacia su hija y, en un ataque de rabia, huye y es atropellada por un coche. Humbert pasa a ser el tutor legal de Lolita, con la que acaba manteniendo relaciones sexuales mientras viajan por todo Estados Unidos. Y, como cabe esperar, esta historia acaba fatal.

El libro se editó en versión original inglesa en París en 1955, pero entre 1956 y 1958 las autoridades prohibieron su publicación tanto en Francia como en EE UU y Gran Bretaña. En España no se editó hasta mediados de los setenta, pero un par de años antes cayó en mis manos una edición argentina de 1959. Bueno, más bien “tomé prestada” la novela de la biblioteca de mi tío Pepe, hombre liberal y culto que vivía en San Sebastián y compraba los libros que aún no estaban publicados en España en la ciudad francesa de Hendaya, fronteriza con Irún. Aquel libro prohibido sobre la historia de amor entre un profesor y una adolescente me atrajo como la miel a una mosca. Empecé a leerlo con gran interés, pero a medida que avanzaba en la trama se me empezó a atragantar y lo dejé. Aún conservo el libro y ahora que he vuelto a leerlo, cuarenta años después, comprendo por qué no pude terminarlo entonces.

El personaje que magistralmente describe la pluma de Nabokov es, a todas luces, un pedófilo, pervertido y manipulador que es capaz de utilizar cualquier medio de persuasión para abusar sexualmente de una niña, haciendo creer a todos cuantos escuchan su historia que no es ella la víctima, sino él, un pobre adulto débil seducido y explotado por una criatura corrupta. El propio Nabokov dijo de su protagonista que era un desgraciado, vanidoso y cruel que se las ingenia para parecer “conmovedor”.

Ahora sé que no pude terminar de leer esta novela por el sentimiento de vergüenza y rabia que sentí ante el dolor y el desamparo de esta niña huérfana llamada Lolita que se entrega a su padrastro porque no tiene a nadie que la proteja, ni ningún sitio adonde ir.

Me da escalofríos pensar cuántas niñas han sufrido, o están sufriendo ahora mismo, esa misma situación en la vida real, en cualquier parte del mundo…

Una pincelada

Fragmento de la novela Lolita de Vladimir Nabokov (San Petersburgo, Rusia, 1899 – Montreux, Suiza, 1977) donde el protagonista describe uno de sus medios de persuasión para doblegar la voluntad de la niña.

Entre ellos, la amenaza del reformatorio es el que recuerdo con el más hondo lamento de vergüenza. Desde el principio mismo de nuestra relación tuve la lucidez suficiente para comprender que debía asegurarme su total cooperación para mantener secreta nuestra aventura, de manera tal que llegara a ser una segunda naturaleza en ella, a pesar de todo el rencor que pudiera sentir por mí, a pesar de cualquier otro placer que pudiera codiciar.

-Ven, besa a tu viejito –solía decirle- y déjate de poner cara de mula. En otros tiempos, cuando yo era todavía el hombre de tus sueños (advierta el lector el trabajo que me tomo para hablar en la lengua de Lo) te desmayabas al oír discos de ese ídolo número uno que tenía chifladas a tus contemporáneas. (Lo: “¿A mis qué? Habla claro.) Ese ídolo de tus amigas se parecía al amigo Humbert, pensabas. Pero ahora no soy más que tu viejito, el papá de tus sueños que protege a la niña de tus sueños. ¡Mi cheré Dolores! Quiero protegerte, querida, de todos los horrores que acurren a las niñas bajo los cobertizos y en los caminos y, ay, comme vous le savez trop bien, ma gentille, en los bosquecillos, durante el más austero de los veranos. A toda costa he de ser tu guardián, y si eres buena, espero que un tribunal legalizará esa custodia antes de que pase mucho tiempo. Pero olvidemos, Dolores Haze, la llamada terminología legal, una terminología que acepta como racional el término “cohabitación inmoral y lasciva”. No soy un psicópata sexual y criminal que se toma libertades indecentes con una niñita. Soy tu papito, Lo. Oye: tengo aquí un libro especializado sobre niñas. Oye, querida lo que dice: Cito: la niña normal –normal, observa bien-, la niña normal suele mostrarse muy ansiosa por agradar a su padre. Siente en él al antecesor del varón deseado y evasivo. La madre sensata (y tu madre habría sido sensata, si hubiera vivido) debe alentar un compañerismo entre padre e hija, comprendiendo –disculpa este estilo sin elegancia- que la niña conforma sus ideales de amor y del hombre mediante la asociación con su padre. Ahora bien, ¿cuáles son las asociaciones que cita –y recomienda este libro- Vuelvo a citar: entre los sicilianos, las relaciones sexuales entre padre e hija se dan por sentadas, y la niña que participa de tales relaciones no es mirada con desaprobación por la sociedad de que forma parte. Soy un gran admirador de los sicilianos, excelentes atletas, excelentes músicos, hombres excelentes y rectos, Lo, y grandes amadores. Pero no nos vayamos por las ramas. El otro día hemos leído en los diarios todo un escándalo sobre un maduro enemigo de la decencia que fue declarado culpable de violar el acta de Mann y de transportar de estado en estado a una niña de nueve años con propósitos inmorales, sean cuales fueren. ¡Querida Dolores! No tienes nueve años, sino casi trece, y no te aconsejaría que te consideres como mi esclava en esta travesía, y deploro el acta de Mann como causante de un terrible equívoco, la venganza que los dioses de los semánticos se toman contra los filisteos de apretados lazos. Soy tu padre, y hablo claro, y te quiero. Por fin, veamos qué puede ocurrirte si tú, una menor acusada de menoscabar la moral de un adulto en un hotel respetable, te quejas a la policía de que te he raptado y violado. Supongamos que te quejas. Una menor que permite a una persona de más de veintiún años que la conozca carnalmente, induce a su víctima a violación estatuida o a sodomía de segundo grado, según la técnica; y la pena máxima es de diez años. Me mandan, pues, a la cárcel. Pero, ¿qué ocurre contigo, mi pequeña huérfana? Bueno, tú tienes más suerte. Pasas a manos del Departamento de Bienestar Público… cosa que no suena muy bien, me temo. Una matrona formidable, del tipo de la señorita Phalen, pero más severa y menos aficionada que ella a la bebida, te quitará tu lápiz labial, tus bonitos vestidos. ¡Basta de correrías! No sé si conoces las leyes sobre los niños menesterosos, abandonados, incorregibles y delincuentes. Mientras yo me aferre a los barrotes, a ti, feliz niña abandonada, te darán a elegir entre varias residencias, más o menos iguales: la escuela correccional, el reformatorio, el hogar para detención juvenil, o una de esas casas para niñas donde tejerás cosas, cantarás himnos y, los domingos, comerás panqueques rancios. Irás a esos lados, Lolita. Mi Lolita, esta Lolita dejará a su Catulo y se irá ahí, como la niña descarriada que es. En términos más claros, si nos pescan serás analizada e institucionalizada, mi chiquilla. C’est tout. Vivirás, mi Lolita vivirá (ven aquí, mi flor dorada) con otras treinta y nueve descarriadas en un dormitorio sucio (no, permíteme, por favor) bajo la supervisión de matronas abominables. Esa es la situación, esa es la alternativa. ¿No crees que en esas circunstancias Dolores Haze haría mejor en no apartarse de su viejito?”…

 

 

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