Por Rosa María Arjona

Archivo para enero, 2013

La habitación de Virginia Woolf

Un 25 de enero de hace ciento treinta y un años nació en Londres la genial escritora Virginia Woolf en el seno de una familia culta y acomodada. Con la repentina muerte de su madre, Virginia padeció la primera de sus depresiones a la temprana edad de trece años. A los veintidós muere su padre y una segunda crisis nerviosa la lleva a ser ingresada durante un tiempo. A partir de entonces la enfermedad mental, hoy conocida como trastorno bipolar, la persiguió durante toda su vida hasta empujarla al suicidio.

Virginia Woolf fue una escritora de gran maestría técnica llena de lirismo y originalidad. Su afán experimental rompió los esquemas narrativos precedentes, aunque no fue plenamente reconocida por la crítica mientras vivió. Lúcida defensora de los derechos de educación y trabajo para la mujer, en su ensayo “Una habitación propia” expuso que para que las mujeres pudieran escribir era necesario un lugar propio, medios económicos y una tradición de escritoras, porque era realmente difícil que uno haga algo que no se espera de su condición. Estas tres tesis señalaban la desigualdad a la que la mujer era sometida en su época.

La mañana del 28 de marzo de 1941, martirizada por las voces que no dejaban de sonar en su cabeza, escribió la última epístola a su marido, se puso su abrigo, llenó los bolsillos de piedras y se lanzó al río Ouse cercano a su casa, en cuyas frías aguas se ahogó.

Sus cenizas descansan bajo un árbol en el condado de Sussex, Inglaterra.

Una pincelada

Fragmento del ensayo “Una habitación propia” de Virginia Woolf (Londres 1882 – Lewes 1941)

“Puede que me reprochéis el haber insistido demasiado sobre la importancia de lo material. Aun concediendo al simbolismo un amplio margen y suponiendo que quinientas libras signifiquen el poder de contemplar y un pestillo en la puerta el poder de pensar por sí mismo, quizá me digáis que la mente debería elevarse por encima de estas cosas; y que los grandes poetas a menudo han sido pobres. Dejadme entonces citaros las palabras de vuestro propio profesor de Literatura, que sabe mejor que yo qué entra en la fabricación: «El poeta pobre no tiene hoy día, ni ha tenido durante los últimos doscientos años, la menor oportunidad… En Inglaterra un niño pobre no tiene más esperanzas que un esclavo ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las grandes obras literarias.» Exactamente. La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no sólo durante doscientos años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han gozado de menos libertad intelectual que los hijos de los esclavos atenienses. Las mujeres no han tenido, pues, la menor oportunidad de escribir poesía. Por eso he insistido tanto sobre el dinero y sobre el tener una habitación propia. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de estas mujeres desconocidas del pasado, de estas mujeres de las que desearía que supiéramos más cosas, gracias, por una curiosa ironía, a dos guerras, la de Crimea, que dejó salir a Florence Nightingale de su salón, y la Primera Guerra Mundial, que le abrió las puertas a la mujer corriente unos sesenta años más tarde, estos males están en vías de ser enmendados. Si no, no estaríais aquí esta noche y vuestras posibilidades de ganar quinientas libras al año, aunque desgraciadamente, siento decirlo, siguen siendo precarias, serían ínfimas.”

 

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