Por Rosa María Arjona

Archivo para noviembre, 2012

Hambre de libros

Cuando siento hambre lectora me tiro a la calle en busca de librerías como si fueran pastelerías.

Desde la esquina presiento que los libros del escaparate me ven venir, empiezan a hacer piruetas, y hasta se ponen de patas sobre el cristal para llamar mi atención como perrillos en las tiendas de mascotas. Entonces me paro, los miro uno a uno, leo sus títulos llamativos sobre sus satinadas cubiertas de colores, su pedigrí de ventas. Y el pulso se me altera. Me gustaría llevármelos a todos, hazaña demasiado grande para mi pequeño bolsillo, así que me digo: bueno, entraré a dar una vuelta a ver qué encuentro.

Mala cosa.

Al igual que en los supermercados, entrar en las librerías con hambre y sin una lista previa es un riesgo que se paga caro.

Paseo entre las estanterías abarrotadas de pensamientos hechos palabras como por un bosque encantado, subyugada por el olor de lluvia de tinta sobre las hojas de papel con un fondo lejano a madera. Los libros me ven pasar, me observan desde sus puestos ordenados. Unos me susurran. Otros me hacen un guiño cómplice con sus títulos sugestivos. Otros me miran indiferentes desde su mundo de especialidades y saberes, y yo les devuelvo la misma mirada. Algunos me llaman abiertamente y me acerco sin reservas, los toco, los cojo, leo sus contraportadas, los abro por el medio, picoteo un poco y si me gusta voy a la primera página (oh, esa primera página tan importante y tan arriesgada para convencer a los editores). Otros libros en cambio parecen dormitar, tímidos, silenciosos, casi ocultos como una perla dentro de una ostra…

Al final el dinero no me llega y saco la tarjeta, satisfecha con la compra y apesadumbrada por el gasto no previsto, jurándome que hasta el mes que viene, o al otro, no volveré a cruzar la puerta de ninguna librería. Y mientras voy por la calle con mi bolsa repleta de libros, deseando llegar a casa para hincarles el diente, me entra la ansiedad por saber por cuál de los escogidos entre miles empezaré primero: ¿por el “pedigrí”? ¿por el “sugerente”? ¿por el “recomendado”? ¿por el “tímido”?…

(… Y en el fondo de la bolsa, los libros se sonríen sabedores de que son ellos los que me han escogido a mí y no al contrario…)

Pincelada

Fragmento de la novela “Tokio blues” de Haruki Murakami (Kioto, 1949)

“Así pasé de los dieciocho a los diecinueve años. El sol salía y se ponía; izaban la bandera y la arriaban. Y al llegar el domingo salía con la novia de mi amigo muerto. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo ni de qué vendría a continuación. En las clases de la universidad, leía a Claudel, a Racine y a Einstein, pero sus libros me interesaron muy poco. En clase no había hecho ningún amigo y en la residencia tenía simples conocidos. Como siempre me veían leyendo, los de la residencia pensaban que yo quería ser escritor, lo que jamás se me había ocurrido. A mí, en realidad, no se me había ocurrido ser nada.

Intenté explicarle mis sentimientos a Naoko. Tenía la sensación de que, con un grado mayor o menor de exactitud, ella podría entenderme. Pero no logré hallar las palabras. Pensé: “¡Qué extraño! ¿Se me habrá contagiado su manía de buscar las palabras?”.

Los sábados por la tarde me sentaba en el vestíbulo, al lado del teléfono, esperando la llamada de Naoko. Dado que los sábados por la noche casi todos salían a divertirse, el vestíbulo estaba más tranquilo que de costumbre. Analizaba mis sentimientos absorto en las motas de luz que brillaban suspendidas en el aire silencioso. ¿Qué quería la gente de mí? Pero no encontraba respuesta alguna. A veces alargaba la mano hacia las motas de luz que flotaban en el aire, pero mis dedos no tocaban nada”.

 

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