Por Rosa María Arjona

De bombillas y libros

Una bombilla de poco más de 111 años sigue luciendo en una estación de bomberos de Livermore, una pequeña localidad de California, sin haberse apagado ni una sola vez. Como lo leen. Este pequeño y viejo artefacto está dejando en evidencia a la tirana obsolescencia programada. Ella solita. A mí me entran ganas de aplaudir. La llaman la bombilla milagrosa, pero su único milagro es ser producto de una época en la que se pensaba que las cosas había que hacerlas bien hechas o no se hacían, y además para que durasen toda la vida. O al menos se intentaba.

Como los libros. Al menos hasta ahora.

Los responsables de la editorial argentina que ha lanzado El libro que no puede esperar argumentan que las nuevas promesas de la literatura necesitan que se los conozca rapidito (con una tirada de tan sólo 50 volúmenes tampoco arriesgan demasiado) para alcanzar una segunda publicación. Dicen que la meta de este libro efímero es desaparecer para que los nuevos autores no desaparezcan. Qué ironía. Me pregunto quién se va a acordar de ellos una vez que su obra y sus nombres se desvanezcan en dos meses.

También alegan que su libro-visto-y-no-visto rompe con el estado natural del libro-de-toda-la-vida, que es esperar a que los lectores se decidan a leerlo. Y digo yo, ¿qué importa que un libro, leído o no, tenga que esperar paciente durante meses, tal vez años, amarilleándose en una estantería, a que lo abramos de nuevo cuando nos apetezca o maduremos lo suficiente para entenderlo? Lo importante es que cuando lo hacemos, su tesoro sigue ahí, brillando en toda su intensidad. O más aún, ya que al releerlo al cabo de los años solemos descubrir un nuevo sentido, un nuevo matiz, algo que no vimos o no pudimos comprender cuando éramos más jóvenes.

¿Puede hacer lo mismo un libro con caducidad? ¿Un libro que a los dos meses, literalmente, se queda en blanco?…

Los libros, cual bombillas, iluminan nuestros pasos por la vida. Dejémoslos lucir sin cortocircuitos.

Una pincelada

Fragmento del cuento “El otro”, incluido en El libro de arena de Jorge Luís Borges (Buenos Aires, 1899–Ginebra, 1986) donde el autor septuagenario se encuentra, o se sueña, consigo mismo de joven en un banco junto a un río.

“Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.

-“Los poseídos” o, según creo, “Los demonios” de Fyodor Dostoievski –me replicó no sin vanidad.

-Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?

No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.

-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.

Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.

Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.

Enumeró dos o tres, entre ellos “El doble”.

Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.

-La verdad es que no –me respondió con cierta sorpresa.

Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía “Los himnos rojos”. También había pensado en “Los ritmos rojos”.

-¿Por qué no? –le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.

Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época”…

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