Por Rosa María Arjona

Medio pan y un libro

Es obvio que los libros no están hechos para ser comidos, al menos, literalmente. Sin embargo, literariamente hablando son imprescindibles en la dieta humana.

La lectura es altamente beneficiosa para nuestra salud física y mental: amplía nuestro conocimiento del mundo, crea hábitos de reflexión, análisis, esfuerzo y concentración, agudiza el sentido crítico, mejora el vocabulario y la ortografía y por ende ayuda a expresarse mejor, desarrolla la imaginación, alivia el estrés y estimula o despierta las neuronas del cerebro, lo que la convierte en una gran aliada a la hora de prevenir el declive intelectual prematuro o enfermedades mentales como el Alzheimer. Y además entretiene, divierte y hace gozar.

Toda una panacea.

He de señalar que la lectura, al igual que la escritura, una vez que se le coge el gusto es muy adictiva. Y además engorda y mucho. Se puede consumir en grandes cantidades y no hartarse nunca. Lo bueno es que con la lectura no hay peligro de sobrepeso, sino todo lo contrario. Cuantos más libros se digieran, cuanto más te engorden el cerebro y el alma, más ligero se vuelve uno, más lúcido, más libre, más soñador, más alado…

Como dijo García Lorca, en la inauguración de una biblioteca en el pueblo de Fuente Vaqueros, Granada, un día de septiembre de 1931:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita…”

Pinceladas

Fragmento del poema “Cuatro gotas de aceite” de Carlos Marzal (Valencia, 1961)

Cuatro gotas de aceite

sobre un trozo eremita de pan blanco,

o sobre el obsequioso corazón

de un tomate maduro en sacrificio,

nos aleccionan con su desnudez,

con su absoluta falta de consejo.

……

El hecho de verter las cuatro gotas,

cuatro lágrimas densas de oro humilde,

sobre las migas cándidas, supone

un acto elemental

contra la rutina,

una rúbrica más

contra la muerte.

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