Por Rosa María Arjona

Archivo para septiembre, 2012

La obsolescencia programada llega a los libros en papel

La muerte anunciada de los libros en papel continúa. La primera puñalada le fue asestada por el libro digital. Ahora, allende los mares, la tinta imperecedera empieza a agonizar.

En un renovarse o morir una editorial argentina ha sacado al mercado una colección llamada El libro que no pude esperar, libros embalados en una bolsa cerrada al vacío, con una pegatina encima en la que pone: “Atención. El contenido de este libro desaparece en aproximadamente dos meses”. Con fecha de caducidad, sí, como los yogures. Estos libros-yogures se abren con tijera y, al entrarles el aire, la tinta empieza a desaparecer. El objetivo, según esta editorial, es que sea leído rápidamente y de este modo los lectores consuman más literatura de nuevos autores. Vamos, algo así como “cómase una hamburguesa en un fast-food, y rapidito, que no están los tiempos para solomillos.”

El caso es que la obsolescencia programada, esa retorcida planificación que se hace durante la fabricación de un producto para que su utilidad se torne obsoleta o inservible en un tiempo calculado, abanderada del compra-tira-compra, ha desembarcado en el mundo de los libros en papel para asestarle la segunda puñalada.

Se veía venir.

Me pregunto si no sucederá lo mismo que con Santiago Nasar, cuya muerte anunciada nadie quería creer y los pocos que la tomaban como cierta no pudieron detener.

Ya saben, entre todos lo mataron y él solito se murió…

Una pincelada:

Fragmento de la novela “Crónica de una muerte anunciada” del escritor colombiano Gabriel García Márquez (1927)

“Caminó más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas. Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con paso firme el rumbo de su casa.

-¡Santiago, hijo -le gritó-, qué te pasa!

Santiago Nasar la reconoció.

-Que me mataron, niña Wene -dijo.”

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Medio pan y un libro

Es obvio que los libros no están hechos para ser comidos, al menos, literalmente. Sin embargo, literariamente hablando son imprescindibles en la dieta humana.

La lectura es altamente beneficiosa para nuestra salud física y mental: amplía nuestro conocimiento del mundo, crea hábitos de reflexión, análisis, esfuerzo y concentración, agudiza el sentido crítico, mejora el vocabulario y la ortografía y por ende ayuda a expresarse mejor, desarrolla la imaginación, alivia el estrés y estimula o despierta las neuronas del cerebro, lo que la convierte en una gran aliada a la hora de prevenir el declive intelectual prematuro o enfermedades mentales como el Alzheimer. Y además entretiene, divierte y hace gozar.

Toda una panacea.

He de señalar que la lectura, al igual que la escritura, una vez que se le coge el gusto es muy adictiva. Y además engorda y mucho. Se puede consumir en grandes cantidades y no hartarse nunca. Lo bueno es que con la lectura no hay peligro de sobrepeso, sino todo lo contrario. Cuantos más libros se digieran, cuanto más te engorden el cerebro y el alma, más ligero se vuelve uno, más lúcido, más libre, más soñador, más alado…

Como dijo García Lorca, en la inauguración de una biblioteca en el pueblo de Fuente Vaqueros, Granada, un día de septiembre de 1931:

“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social. Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita…”

Pinceladas

Fragmento del poema “Cuatro gotas de aceite” de Carlos Marzal (Valencia, 1961)

Cuatro gotas de aceite

sobre un trozo eremita de pan blanco,

o sobre el obsequioso corazón

de un tomate maduro en sacrificio,

nos aleccionan con su desnudez,

con su absoluta falta de consejo.

……

El hecho de verter las cuatro gotas,

cuatro lágrimas densas de oro humilde,

sobre las migas cándidas, supone

un acto elemental

contra la rutina,

una rúbrica más

contra la muerte.