Por Rosa María Arjona

Descalza por la vida

Me pregunto por qué hay personas que no se atreven a ser quienes quieren ser pese a estar insatisfechas. Peor aún, por qué les molesta tanto que otras hayan decidido crecer y mejorar su versión original antes que seguir a la manada y convertirse en un duplicado de las demás.

Seguir el propio camino, ser fiel a uno mismo pese al dictamen, la moda, la imposición o el chantaje emocional, no es una huída ni una traición sino un acto de valor y honestidad.

Quienes a menudo se preocupan por el qué dirán se pasan la vida bailando al son que les marcan los demás. Como dice una canción de The Killers: Are we human, or are we dancers? Humano en crecimiento o marionetas danzarinas.

¿Quién quieres ser?

“Nunca es demasiado tarde para ser lo que podrías haber sido”, afirmó George Eliot, seudónimo de la escritora británica Mary Anne Evans.

Epicteto, filósofo griego, decía: “Complace a todos y no complacerás a nadie”. Me atrevo a añadir que al que menos, a ti mismo. Tratar de agradar a los demás es una actitud loable y comprensible. Pero tratar de agradar a costa de nosotros mismos, de lo que somos, queremos o sentimos, a costa de nuestros principios, valores o ideales es demoledor. Es olvidarse de quienes somos.

Vivir de cara a la galería buscando la aprobación de los demás, ya sean padres, hermanos, novios, esposos, amigos, vecinos, jefes, compañeros del trabajo, etc., por miedo a la crítica, al rechazo o a la exclusión, es negarse a sí mismo. Es hipotecar la vida que nos corresponde por derecho. Es vivir de prestado.

Yo elijo caminar descalza por la vida a martirizar mi pie con zapato ajeno, por muy bonito que sea.

Resumen del libro “La elegancia del erizo” de Muriel Barbery (Casablanca, Marruecos, 1969)

En el número 7 de la Rue Grenelle, un inmueble burgués de París, nada es lo que parece. Paloma, una solitaria niña de doce años, y Renée, la inteligente portera, esconden un secreto. La llegada de un hombre misterioso propiciará el encuentro de estas dos almas gemelas. Juntas descubrirán la belleza de las pequeñas cosas, invocarán la magia de los placeres efímeros e inventarán un mundo mejor. La elegancia del erizo es una novela optimista, un pequeño tesoro que nos revela cómo sobrevivir gracias a la amistad, el amor y el arte. Mientras pasamos las páginas con una sonrisa, las voces de Renée y Paloma tejen, con un lenguaje melodioso, un cautivador himno a la vida.

Una pincelada

“Me llamo Renée. Tengo cincuenta y cuatro años. Desde hace veintisiete, soy la portera del número 7 de la calle Grenelle, un bonito palacete con patio y jardín interiores, dividido en ocho pisos de lujo, todos habitados y todos gigantescos. Soy viuda, bajita, fea, rechoncha, tengo callos en los pies y también, a juzgar por ciertas mañanas que a mí misma me incomodan, un aliento que tumba de espaldas. No tengo estudios, siempre he sido pobre, discreta e insignificante. Vivo sola con mi gato, un animal grueso y perezoso, cuya única característica notable es que le huelen las patas cuando está disgustado. Ni uno ni otro nos esforzamos apenas por integrarnos en el círculo de nuestros semejantes. Como rara vez soy amable, aunque siempre cortés, no se me quiere, si bien pese a todo se me tolera porque correspondo tan bien a lo que la creencia social ha aglutinado como paradigma de la portera de finca, que soy uno de los múltiples engranajes que hacen girar la gran ilusión universal según la cual la vida tiene un sentido que se puede descifrar fácilmente. Y como en alguna parte está escrito que las porteras son viejas, feas y ariscas, también está grabado en letras de fuego en el frontón del mismo firmamento estúpido que dichas porteras tienen gruesos gatos veleidosos que se pasan el día dormitando sobre cojines con fundas de crochet.

Asimismo, también está escrito que las porteras ven la televisión sin descanso mientras sus gruesos gatos dormitan, y que el vestíbulo del edificio tiene que oler a potaje, a sopa o a guiso de legumbres. Tengo la inmensa suerte de ser portera en una residencia de mucha categoría. Era para mí tan humillante tener que cocinar esos platos infames que la intervención del señor de Broglie, el consejero de Estado del primero –intervención de debió de describir a su esposa como educada pero firme, y que tenía como fin erradicar de la existencia común ese tufo plebeyo-, fue un inmenso alivio que disimulé lo mejor que pude bajo la apariencia de una obediencia forzosa.

Eso fue hace veintisiete años. Desde entonces, voy cada día a la carnicería a comprar una loncha de jamón o un filete de hígado de ternera, que guardo en mi bolsa de la compra entre el paquete de fideos y el manojo de zanahorias. Exhibo con complacencia estos víveres de pobre, realzados por la característica apreciable de que no huelen porque soy pobre en una casa de ricos, con el fin de alimentar a la vez el lugar común consensual y a mi gato, León, que si está gordo es por esas viandas que deberían estarme destinadas, y que se atiborra ruidosamente de embutido y pasta con mantequilla mientras yo puedo dar rienda suelta, sin perturbaciones olfativas y sin levantar sospechas, a mis propias inclinaciones culinarias.”

Decir adiós

Decir adiós a un ser querido siempre es triste. Aunque sepas que, más tarde o más temprano, regresará junto a ti, o aunque no tengas la certeza de su vuelta. Pero decir adiós, adiós para siempre, es un doloroso golpe directo al corazón, un puño que te oprime el pecho hasta quitarte el aliento, una densa tristeza que te deja sin fuerzas.  Atónito.  Confuso.  Impotente.

La muerte, mirada de frente, cara a cara, no deja a nadie imperturbable.

Cuando, hace una semana, vi a mi padre en el féretro como si estuviera dormido, no podía creer que estuviera muerto. Durante horas observé conmovida su cuerpo inerte, su impávido rostro, sin dejar de preguntarle: ¿dónde estás, papá?, ¿adónde te has ido?… Consciente de que aquel cuerpo inerte, al que amorosamente velaba, ya no era mi padre sino únicamente un despojo mortal. Su fría crisálida vacía.

Emulando a Amado Nervo, me digo a mí misma que mi padre no es que se haya muerto, sino que se ha ido antes; que ha tomado uno de los trenes anteriores, para llegar a ese destino que nos espera a todos desde el mismo momento en que nacemos.

Pero me cuesta mucho asimilar que ya no esté aquí, en este pequeño planeta; que haya dejado de existir; que ya nunca le veré más; que se ha ido para siempre.

Adiós, querido papá.

Hasta luego…

Resumen del libro “La suma de los días”, de Isabel Allende (Lima, Perú, 2 de agosto de 1942)

Isabel Allende narra a su hija Paula todo lo que ha sucedido con la familia desde el momento en que ella murió. El lector vive, junto con la autora, la superación personal de una mujer con una fuerza inspiradora, rodeada siempre de amigos y familiares. Su historia es emotiva, pero también está repleta de humor, personajes pintorescos y anécdotas caóticas y divertidas sobre la complicidad, el amor, la esperanza, la magia y la fuerza de la amistad. Una lección magistral, escrita en el tono irónico y apasionado que caracteriza a la autora, de cómo hacer frente a los distintos retos que depara la vida.

Una pincelada

En la segunda semana de diciembre de 1992, apenas cesó la lluvia, fuimos en familia a esparcir tus cenizas, Paula, cumpliendo con las instrucciones que dejaste en una carta, escrita mucho antes de caer enferma. Apenas les avisamos de lo que había ocurrido, tu marido, Ernesto, se vino de Nueva Jersey y tu padre de Chile. Alcanzaron a despedirse de ti, que reposabas envuelta en una sábana blanca, antes de llevarte para ser cremada. Después nos reunimos en una iglesia para oír misa y llorar juntos. Tu padre debía regresar a Chile, pero esperó a que acampara, y dos días más tarde, cuando por fin asomó un tímido reflejo del sol, fuimos toda la familia, en tres coches, a un bosque. Tu padre iba delante, guiándonos,. No conoce esta región, pero la había recorrido los días previos buscando el sitio más adecuado, el que tú hubieras preferido. Hay muchos lugares para escoger, aquí la naturaleza es pródiga, pero por una de esas coincidencias, que ya son habituales en lo que se refiere a ti, hija, nos condujo directamente al bosque donde yo iba a menudo a caminar para mitigar la rabia y el dolor cuando estabas enferma, el mismo donde Willie me llevó de picnic cuando recién nos conocimos, el mismo donde tú y Ernesto solían pasear de la mano cuando venían a vernos a California. Tu padre entró al parque, recorrió una parte del camino, estacionó el coche y nos hizo señas de que lo siguiéramos. Nos levó al sitio exacto que yo habría elegido, porque había ido allí muchas veces a rogar por ti: un arroyo rodeado de altas secuoyas, cuyas copas forman la cúpula de una catedral verde. Había una ligera niebla que difuminaba los contornos de la realidad; la luz pasaba apenas entre los árboles, pero las hojas brillaban, mojadas por el invierno. De la tierra se desprendía un aroma intenso de humus y eneldo. Nos detuvimos en torno a una minúscula laguna, hecha con rocas y troncos caídos. Ernesto, serio, demacrado, pero ya sin lágrimas, porque las había vertido todas, sostenía la urna de cerámica con tus cenizas. Yo había guardado unas pocas en una cajita de porcelana para tenerlas siempre en mi altar. Tu hermano, Nico tenía a Alejandro en brazos, y tu cuñada, Celia, iba con Andrea, que todavía era un bebé, tapada con chales y prendida al pezón. Yo llevaba un ramo de rosas, que lancé, una a una, al agua. Después, todos nosotros, incluso Alejandro, de tres años, sacamos un puñado de cenizas de la urna y las dejamos caer sobre el agua. Algunas flotaron brevemente entre las rosas, pero la mayoría se fue al fondo, como arenilla blanca.

-¿Qué es esto? -preguntó Alejandro.

-Tu tía Paula –le dijo mi madre, sollozando.

-No parece –comentó, confundido.

 

Amor de perro

Si hay un amor al que se le pueda definir como verdaderamente auténtico, desinteresado, fiel, incondicional, sincero y puro es, sin duda, el amor de perro. Todo aquel que alguna vez haya tenido la suerte de tener un perro en su vida, o lo tenga actualmente, sabe hasta qué punto este noble animal es capaz de amar, más bien adorar, a su dueño.

La capacidad del perro para la fidelidad y el amor supera ampliamente la nuestra. Él siempre estará a nuestro lado, incondicionalmente, seamos ricos o pobres, simpáticos o aburridos, alegres o tristes, estemos sanos o enfermos, haga frío o calor, dándonos su amor a cambio de nada, sin exigir nada, sin esperar a que le correspondamos con el mismo derroche de afecto y alegría con el que nos obsequia cada día.

Quién tiene un perro sabe que no hay nada más reconfortante, más  bonito que llegar a casa tras una dura jornada de trabajo y ser recibido por él como si no te hubiera visto en años. De hecho, cuando mi perra Tara murió, lo que más me costaba era meter la llave en la cerradura y oír el silencio tras la puerta en vez de sus gozosos golpeteos de rabo, abrirla y no verla saltando de alegría. Durante mucho tiempo me dolió su ausencia hasta la lágrima. Y, para qué negarlo, aún la echo de menos.

Cervantes, en su “Coloquio de los perros” dice: “Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse de ellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida”. Como ejemplo, en las ruinas de Pompeya se encontró a un perro que cubría a un niño pequeño con su cuerpo, en un intento desesperado de protegerlo de la nube de cenizas. Al parecer, no fue la primera vez que lo hizo, ya que en su collar se encontró tres marcas de reconocimiento por otras tantas veces que había salvado la vida de su joven amo.

El amor de perro es tan hermoso que merece la pena tener uno aunque solo sea una vez en la vida.

Resumen del libro “Pacto de lealtad” de Gonzalo Giner (Madrid, 1962)

Poco antes del estallido de la Guerra Civil, la vida de Zoe Urgazi da un vuelco cuando se cruza en su camino Campeón, un perro sin estirpe que la ayuda a superar los problemas que le acechan. Junto a él emprende un viaje en busca de su destino cuya senda le ha señalado su padre: la devoción por los animales y la libertad, Cargada de arrojo, Zoe no solo se enfrentará a las pruebas que su tiempo le impone, sino que tendrá que luchar contra sí misma cuando el amor la encuentra. Una novela trepidante que recorre el período más dramático del pasado siglo: la Guerra Civil y el auge del nazismo, y que narra, por vez primera, el papel de los canes en los conflictos armados. Espías, experimentos secretos para hallar un perro de guerra mitológico, traiciones, amor… recorren estas páginas que ilustran, a través de su protagonista, el inquebrantable y ancestral pacto de lealtad entre el perro y el hombre.

Una pincelada

Campeón, como cualquier otro perro, no entendía de balas, granadas ni bombas.

Su mirada era limpia y curiosa, ajena a las de un puñado de hombres que ese día trataban de matarse desde dos barricadas distantes una treintena de metros, en la única calle asfaltada de Sotiello, una aldea a pocos kilómetros de la ciudad de Gijón.

Campeón acompañaba a su amo, un teniente de la IV Bandera de la Legión, y a un centenar de soldados a sus órdenes, que tenían como misión combatir a un grupo de revolucionarios alzados en armas desde las cuencas mineras de Asturias, con más utopía en sus corazones que habilidad para defenderse de un ejército dispuesto a atajar de raíz sus afanes libertarios.

Era un perro sin raza, de pelo largo y áspero, color canela, y una cara casi negra. Aunque tenía una estatura mediana, su valentía recordaba a la de un animal de mayor talla y fortaleza, y su carácter era espabilado y alegre. Había nacido dos años antes al lado de una tapia del campamento que el Tercio de la Legión tenía en Dar Riffien, a poco menos de diez kilómetros de la ciudad de Ceuta. Abandonado por su madre, el cachorro había resistido al hambre y la soledad durante tres días a la espera de que apareciera, pero no lo hizo. Fueron unos musculosos brazos los que finalmente lo encontraron para convertirse desde entonces en su único protector.

A los pies de su amo y sin saber qué esperaba de él en aquella verde y húmeda tierra, protegidos detrás de una barricada de trastos viejos, su hocico empezó a ventear un sinfín de interesantes olores. Por el este, a hierba recién segada, a vacas, a fruta verde, y a su alrededor, el sudor de unos soldados de camisa arremangada y mirada de hierro, dispuestos a matar o morir bajo el frescor de una fina lluvia.

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Y de repente, Campeón, sin que nadie entendiera su reacción, saltó la barricada que lo protegía y se lanzó a correr calle arriba hacia los mineros. Su mirada se cruzó con la de los tres rebeldes, colocados ahora sobre dos pacas de paja y con los fusiles prestos a disparar en su misma dirección. A menos de diez metros de ellos se paró, volvió la cabeza hacia los suyos con una expresión bonachona y empezó a agitar la cola, a ladrar, y a rodar una y otra vez sobre su espalda, dispuesto a jugar, a la espera de que alguien, le daba igual de qué bando fuera, le tirara una rama o una pelota para ir a por ella como solía hacer en el cuartel.

Su amo, el teniente Andrés Urgazi Latour, lo llamó a voz en grito, temiendo por su vida. Campeón reconoció la voz, pero no se movió. Se encontraba en el peor lugar posible, en medio de la línea de fuego, y sin embargo su absurda presencia había detenido por un momento el intercambio de disparos.

Un extraño silencio se instaló entre los presentes durante unos minutos.

-¡Sacad a ese perro de ahí antes de que lo alcance una bala! –proclamó uno de los sublevados.

Campeón se sentó. Sin dejar de mover la cola y con la lengua fuera permaneció en alerta, listo para correr en busca del primer objeto que viese volar.

-¡Es mío! –gritó el oficial Urgazi asomando la cabeza con precaución-. Ya salgo a por él.

Uno de sus sargentos lo frenó.

-Mi señor, le van a levantar la tapa de los sesos. No se fie de esos malnacidos.

El teniente dudó, miró una vez más a su can y le silbó para que volviera. Campeón agitó con mayor intensidad el rabo, pero no se movió ni un solo milímetro. Al no conseguir del animal la respuesta deseada, su dueño pensó de qué manera podía apartarlo de allí, y de repente recordó una habilidad que le había hecho famoso en el campamento. A Campeón le encantaba recuperar las pistolas, machetes y otras armas cortas que perdían los soldados en las maniobras cuerpo a tierra durante los ejercicios de adiestramiento. Decidió probar, descargó las balas de su pistola Astra y la tiró lo más lejos que pudo, a la izquierda del perro. Y Campeón aceptó el juego corriendo, encantado de ir en su busca.

 

Aprender a volar

De todos es conocido el miedo a volar que sufren algunas personas al coger un avión. Algunos tratan de superarlo haciendo ejercicios de relajación, consultando el ordenador, oyendo música, leyendo un libro, tomándose un ansiolítico o una copa antes de embarcar. Este temor ante el supuesto peligro es habitual en el veinticinco por ciento de la gente, aunque si el vuelo resulta movidito el porcentaje puede llegar hasta el ochenta por ciento, o más.

Hay quien argumenta que volar es antinatural, y que si estuviéramos hechos para hacer piruetas en el aire tendríamos plumas. Bueno, tampoco podemos correr a una velocidad de ciento veinte o trescientos kilómetros por hora y, sin embargo, no por eso dejamos de montarnos en coches o en trenes de alta velocidad.

Somos humanos, es normal que alguna vez sintamos miedo en mayor o menor grado ante una situación desagradable. Sin embargo, no debemos dejar que el miedo nos controle, que sea nuestro dueño ni nuestro carcelero.

El ser humano está destinado a crecer constantemente, es un trabajo que no acaba nunca. De ahí que tengamos que esforzarnos por controlar el miedo para hacer lo que uno tiene que hacer, para ser uno mismo, para arriesgarse, para equivocarse, ante el éxito, ante el fracaso, ante lo desconocido, ante el rechazo, para aprender a volar en todos los sentidos en la vida.

Porque si pasamos la vida sin movernos del corralito, a fuerza de no usarlas, se nos atrofiarán las alas.

Resumen del libro “Juan Salvador Gaviota” de Richard Bach (Illinois, 1936)

Esta extraordinaria fábula, en forma de novela, cuyo mensaje intemporal y universal ha calado hondo en varias generaciones de lectores, nos habla de una gaviota diferente a las demás por su ansia de libertad y de aprendizaje sobre la vida, pues hay quien obedece sus propias reglas porque se sabe en lo cierto, quien experimenta un especial placer en hacer algo bien, quien adivina algo más que lo que sus ojos ven, quien prefiere volar a comprar y comer. Es un canto sobre el camino personal de superación, sobre la valentía y honestidad de ser uno mismo, un verdadero canto a la libertad.

Una pincelada

Cuando recobró el sentido, era ya pasado el anochecer, y se halló a la luz de la Luna y flotando en el océano. Sus alas desgreñadas parecían lingotes de plomo, pero el fracaso le pesaba aún más sobre la espalda. Débilmente deseó que el peso fuera suficiente para arrastrarle al fondo, y así terminar con todo.

A medida que se hundía, una voz hueca y extraña resonó en su interior. No hay forma de evitarlo. Soy gaviota. Soy limitado por la naturaleza. Si estuviese destinado a aprender tanto sobre volar, tendría por cerebro cartas de navegación. Si estuviese destinado a volar a alta velocidad, tendría las alas cortas de un halcón, y comería ratones en lugar de peces. Mi padre tenía razón. Tengo que olvidar estas tonterías. Tengo que volar a casa, a la Bandada, y estar contento de ser como soy: una pobre y limitada gaviota.

La voz se fue desvaneciendo y Juan se sometió. Durante la noche, el lugar para una gaviota es la playa y, desde ese momento, se prometió ser una gaviota normal. Así todo el mundo se sentiría más feliz.

Cansado se elevó de las oscuras aguas y voló hacia tierra, agradecido de lo que había aprendido sobre cómo volar a baja altura con el menor esfuerzo.

-Pero no -pensó-. Ya he terminado con esta manera de ser, he terminado con todo lo que he aprendido. Soy una gaviota como cualquier otra gaviota, y volaré como tal.

Así es que ascendió dolorosamente a treinta metros y aleteó con más fuerza luchando por llegar a la orilla.

Se encontró mejor por su decisión de ser como otro cualquiera de la Bandada. Ahora no habría nada que le atara a la fuerza que le impulsaba a aprender, no habría más desafíos ni más fracasos. Y le resultó grato dejar ya de pensar, y volar, en la oscuridad, hacia las luces de la playa.

¡La oscuridad!, exclamó, alarmada, la hueca voz. ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad!

Juan no estaba alerta para escuchar. Es grato, pensó. La Luna y las luces centelleando en el agua, trazando luminosos senderos en la oscuridad, y todo tan pacífico y sereno…

¡Desciende! ¡Las gaviotas nunca vuelan en la oscuridad! ¡Si hubieras nacido para volar en la oscuridad, tendrías los ojos de búho! ¡Tendrías por cerebro cartas de navegación! ¡Tendrías las alas cortas de un halcón!

Allí, en la noche, a treinta metros de altura, Juan Salvador Gaviota parpadeó. Sus dolores, sus resoluciones, se esfumaron.

¡Alas cortas! ¡Las alas cortas de un halcón!

¡Esta es la solución! ¡Qué necio he sido! ¡No necesito más que un ala muy pequeñita, no necesito más que doblar la parte mayor de mis alas y volar sólo con los extremos! ¡Alas cortas!

Subió a setecientos metros sobre el negro mar, y sin pensar por un momento en el fracaso o en la muerte, pegó fuertemente las antealas a su cuerpo, dejó solamente los afilados extremos asomados como dagas al viento, y cayó en picado vertical.

El viento le azotó la cabeza con un bramido monstruoso. Cien kilómetros por hora, ciento treinta, ciento ochenta y aún más rápido. La tensión de las alas a doscientos kilómetros por hora no era ahora tan grande como antes a cien, y con un mínimo movimiento de los extremos de las alas aflojó gradualmente el picado y salió disparado sobre las olas, como una gris bala de cañón bajo la Luna.

Entornó sus ojos contra el viento hasta transformarlos en dos pequeñas rayas, y se regocijó. ¡A doscientos kilómetros por hora! ¡Y bajo control! ¿Si pico desde mil metros en lugar de quinientos, a cuánto llegaré…?

Olvidó sus resoluciones de hace un momento, arrebatadas por ese gran viento. Sin embargo, no se sentía culpable al romper las promesas que había hecho consigo mismo. Tales promesas existen solamente para las gaviotas que aceptan lo corriente. Uno que ha palpado la perfección en su aprendizaje no necesita esa clase de promesas.

Al amanecer, Juan Gaviota estaba practicando de nuevo. Desde dos mil metros los pesqueros eran puntos sobre el agua plana y azul, la Bandada de la Comida una débil nube de insignificantes motitas en circulación.

Estaba vivo, y temblaba ligeramente de gozo, orgulloso de que su miedo estuviera bajo control. Entonces, sin ceremonias, encogió sus antealas, extendió los cortos y angulosos extremos, y se precipitó directamente hacia el mar. Al pasar los dos mil metros, logró la velocidad máxima, el viento era una sólida y palpitante pared sonora contra la cual no podía avanzar con más rapidez. Ahora volaba recto hacia abajo a trescientos veinte kilómetros por hora. Tragó saliva, comprendiendo que se haría trizas si sus alas llegaban a desdoblarse a esa velocidad, y se despedazaría en un millón de partículas de gaviota. Pero la velocidad era poder, y la velocidad era gozo, y la velocidad era pura belleza.

Empezó su salida del picado a trescientos metros, los extremos de las alas batidos y borrosos en ese gigantesco viento, y justamente en su camino, el barco y la multitud de gaviotas se desenfocaban y crecían con la rapidez de una cometa.

No pudo parar; no sabía aún ni cómo girar a esa velocidad.

Una colisión sería la muerte instantánea.

Así es que cerró los ojos.

Sucedió entonces que esa mañana, justo después del amanecer, Juan Salvador Gaviota se disparó directamente en medio de la Bandada de la Comida marcando trescientos dieciocho kilómetros por hora, los ojos cerrados y en medio de un rugido de viento y plumas. La Gaviota de la Providencia le sonrió por esta vez, y nadie resultó muerto.

Cuando al fin apuntó su pico hacia el cielo azul, aun zumbaba a doscientos cuarenta kilómetros por hora. Al reducir a treinta y extender sus alas otra vez, el pesquero era una miga en el mar, mil metros más abajo.

Sólo pensó en el triunfo, ¡La velocidad máxima! ¡Una gaviota a trescientos veinte kilómetros por hora! Era un descubrimiento, el momento más grande y singular en la historia de la Bandada, y en ese momento una nueva época se abrió para Juan Salvador Gaviota. Voló hasta su solitaria área de prácticas, y doblando sus alas para un picado desde tres mil metros, se puso a trabajar en seguida para descubrir la forma de girar.

Se dio cuenta de que al mover una sola pluma del extremo de su ala una fracción de centímetro, causaba una curva suave y extensa a tremenda velocidad. Antes de haberlo aprendido, sin embargo, vio que cuando movía más de una pluma a esa velocidad, giraba como una bala de rifle… y así fue Juan la primera gaviota de este mundo en realizar acrobacias aéreas.

No perdió tiempo ese día en charlar con las otras gaviotas, sino que siguió volando hasta después de la puesta del Sol. Descubrió el rizo, el balance lento, el balance en punta, la barrena invertida, el medio rizo invertido.

Cuando Juan volvió a la Bandada ya en la playa, era totalmente de noche. Estaba mareado y rendido. No obstante, y no sin satisfacción, hizo un rizo para aterrizar y un tonel rápido justo antes de tocar tierra. Cuando sepan, pensó, lo del Descubrimiento, se pondrán locos de alegría. ¡Cuánto mayor sentido tiene ahora la vida! ¡En lugar de nuestro lento y pesado ir y venir a los pesqueros, hay una razón para vivir! Podremos alzarnos sobre nuestra ignorancia, podremos descubrirnos como criaturas de perfección, inteligencia y habilidad. ¡Podremos ser libres!

¡Podremos aprender a volar!

Viajar con un libro

 

Con la llegada del tiempo libre de las vacaciones aparecen las listas de los libros imprescindibles, aquellos que por su temática o su popularidad son más propicios para ser leídos en la época estival. Géneros como la novela negra, la novela histórica -tan en boga hoy en día-, el thriller, el misterio, o incluso la novela romántica son disfrutados en esta época del año con más deleite, sin prisas y sin horarios.

Si le gusta viajar, si usted es una de esas personas a las que les gustaría recorrer el mundo de cabo a rabo -si su economía se lo permitiera-, vivir durante unos meses en París, luego en Nueva York, más tarde en la Toscana, en Honolulu, en Dubái…, o donde la estación del año o su estado de ánimo le encaminara, si usted es uno de esos viajeros de vocación, le recomiendo los mágicos libros de viajes.

Los libros de viajes nos transportan a países, ciudades, lugares y paisajes soñados con tal lujo de detalles, anécdotas, emociones y sentimientos que se hacen casi reales en nuestra imaginación. Te sientes como si viajaras por lo que cuesta un libro. Incluso, me atrevo a decir que los lugares descritos por el viajero en cuestión son mucho más reales que los que se visitan con prisas, a golpe de horario y de bocina, para ver- sin llegar a conocer- muchos sitios en pocos días, tomando fotos de forma compulsiva para, días más tarde, verlas en casa y enterarse a posteriori de lo que se ha vislumbrado de pasada –o enseñarlas a los amigos-, sin el tiempo necesario para gozar de sus paisajes, descubrir sus rincones,  degustar sus comidas tradicionales, charlar con sus gentes, conocer su historia, sus anécdotas, en fin, sin enterarse de lo que es verdaderamente esencial.

Francamente, para mí viajar por viajar es puro esnobismo.  Yo creo que viajar es un camino, no una meta. Viajar es una experiencia vital en la que el viajero ha de poner los cinco sentidos para que sea plena, fecunda y enriquecedora.

A lo largo de la historia ha habido verdaderos profesionales del arte de viajar que han sabido plasmar magistralmente sobre el papel sus experiencias y observaciones sobre países y lugares que no eran los suyos, con verdadera maestría narrativa y, en ocasiones, también gráfica. La Odisea de Homero, Los Argonautas de Apolonio de Rodas, la Eneida de Virgilio y, cómo no, Los Viajes de Marco Polo son claros ejemplos del tema del viaje como tópico en la literatura universal. La aguda y sensible mirada de los escritores viajeros, o viajeros escritores como se les quiera llamar, cobra especial interés al revelar puntos de vista diferentes a los comunes, muy útiles y provechosos para los que soñamos con viajar algún día a esos lugares, o hemos tenido la suerte de estar allí. Incluso, estos libros de viajes son altamente enriquecedores para los propios habitantes de esos lugares. Porque, como ya se sabe, a veces los árboles no nos dejan ver el bosque…

Resumen del libro “Canta Irlanda” de Javier Reverte (Madrid, 1944)

Canta Irlanda es un libro en el que se reúnen y confunden el lirismo y el viaje, los caminos de tierra y los caminos de la poesía. Irlanda es un país crecido sobre la leyenda, sobre el sufrimiento histórico y sobre las canciones populares. Y su literatura es tan rica -el país que proporcionalmente da más escritores en el mundo- como su folclore, representado por innumerables baladas que todos los irlandeses conocen. A lo largo de este recorrido por Irlanda, Javier Reverte traza con su habitual maestría narrativa, con su tierno humor y su mirada cálida, el retrato del ayer y el ahora de este pueblo que no tiene dibujadas ni águilas ni leones en sus escudos y banderas, sino sencillamente una lira gaélica.

Una pincelada

La primera vez que vine a la República de Irlanda, mediaba junio de 2004 y el tipo que me tocó al lado, en el autobús de dos pisos de color verde irlandés que me llevaba desde el aeropuerto hasta el centro de Dublín, pasaba de largo de los cincuenta años y era pelirrojo, dicharachero y reidor. Me contó que veraneaba todos los años en Torremolinos.

Voy a su país porque la bebida es allí muy barata. Y a usted, ¿qué es lo que le trae a Irlanda?, ¿el golf?

No sé jugar al golf.

-Entonces, la pesca.

-No me gusta pescar en los ríos.

-¿Y a qué diablos viene a Irlanda?

-Bloomsday.

-Ah, ¡el día de James Joyce! ¡Todo el mundo conoce a Joyce, incluso fuera de Irlanda!

-¿Ha leído Ulises?-pregunté.

-¡Dios nos ayude! No hay quien lo entienda. ¿Usted lo ha leído?

-Dos veces-respondí.

-¿Y le encuentra sentido?

-No del todo.

Si lo entendiera por completo, estaría usted algo loco. Me pregunto por qué todo el mundo conoce a Joyce y casi nadie lo ha leído y por qué lo leen si no lo entienden.

-Hay que intentarlo -señalé.

Los irlandeses conocemos bien la historia del libro y sabemos que Bloom era un cornudo -añadió-. Y ser cornudo en Irlanda es de mal gusto -concluyó.

Entrábamos en el norte de la ciudad, por una varretera ceñida por filas apretadas de árboles que iba a un barrio de casas oscuras. El hombre decidió asumir el papel de guía turístico:

-Por aquí cerca, más allá de aquellas casas de la derecha, nació James Joyce. Su padre ganaba poco dinero y, cuando lo tenía, se lo gastaba en beber y apostar. Joyce creció pobre. Por eso los irlandeses estamos orgullosos de él, aunque no le comprendamos en absoluto: porque era pobre, como lo éramos todos hasta hace pocos años.

Bajó la voz:

-Y entre nosotros, amigo…, tampoco nos disgusta que fuera bebedor y putero.

Llegábamos al centro de la ciudad y descendíamos hacia el río Liffey por O’Connell Street.

-Mire ahí, a su izquierda: esa es Earl Street North y allí puede ver la estatua de Joyce. No sé por qué, pero a las chicas les gusta hacerse fotos subidas en la peana. Quién sabe, quizá ellas sí le entienden. Porque las mujeres son incomprensibles, igual que Joyce.

Poco después miró a la derecha y se santiguó al cruzar junto a un pétreo y enorme edificio:

-¿Sabe qué es ese lugar?

Ya que se santigua, imagino que una iglesia.

-Es la GPO, la oficina central de correos. Ahí resistieron nuestros héroes y mártires: Connolly, Pearse, Cook y todos los otros, en el alzamiento de Pascua contra Inglaterra, en abril de 1916. Es un lugar sagrado, más que las iglesias. Sabe la historia del alzamiento de Pascua, ¿no?

-Claro que sí.

-Mejor, me ahorra el esfuerzo de contárselo en un minuto, porque en la siguiente parada se baja usted. Tiene su hotel a un paso.

Me quedé en el Wynns, en Abbey Street, cerca del famoso y viejo teatro dublinés, Abbey Theatre, fundado entre otros por el poeta William B. Yeats. Y bajé del autobús cargado de literatura y de historia, además de mi pesada bolsa de viaje. Pero al mismo tiempo me dije: ¿quién tiene el privilegio de llegar a una ciudad hablando de Joyce y del alzamiento de Pascua de 1916?

                                    … todo ha cambiado, cambiado totalmente:

                                    Una terrible belleza ha nacido. 1

1. Del poema “Pascua”, de W. B. Yeats.

 

 

Hablar sin palabras

Con frecuencia se cree que para comunicarse con los demás tan sólo es necesario hacer uso de las palabras, es decir, del lenguaje verbal. En ocasiones, cuando alguien se muestra excesivamente callado se le suele animar a expresarse, a hablar, a decir algo, lo que sea con tal de romper esa “tensa incomunicación”. Cuando, en realidad, con su silencio ya está emitiendo un mensaje, ya se está comunicando.

La comunicación, cuya misión consiste esencialmente en transmitir ideas por medio de mensajes, es fundamental en el ser humano, bien para comunicarse con uno mismo o con los demás. Según las investigaciones llevadas a cabo en este campo, cuando emitimos un mensaje a otra persona sólo el 7% de éste consta únicamente de palabras, el 38% de la calidad de la voz: el tono, el volumen, la intensidad, el ritmo, etc. y, atención, el 55% del mensaje lo emite nuestra fisiología: la respiración, los movimientos de los ojos, la postura, los gestos, etc. Los investigadores afirman, en general, que el componente verbal de una conversación cara a cara es menor al 35% y que más del 65% de la comunicación es de tipo no verbal.

Si nos remontamos a nuestro origen más primigenio, es fácil comprender este porcentaje. Al igual que otras especies animales, la nuestra está dirigida por leyes biológicas que controlan nuestras reacciones y gestos frente a los estímulos del exterior para sobrevivir. Lo asombroso es que, pese a tener un cerebro tan avanzado e inteligente, el ser humano rara vez es consciente del poder de esta ley genética: que su lenguaje fisiológico “habla” más que su lenguaje verbal. Afortunadamente, hay muchas personas que de forma intuitiva pueden percibir y descifrar las señales no verbales emitidas por el otro como, por ejemplo, las madres con sus bebés o las personas con un alto grado de empatía.

En estos tiempos de verborrea incontinente y palabrería banal con la que nos tratan de manipular y anestesiar los políticos, los personajillos de la televisión, los banqueros, los mandatarios de cualquier especie, por decir sólo algunos, cobra vital importancia conocer y descifrar el lenguaje no verbal para darse cuenta de que, con demasiada frecuencia, sus gestos y movimientos contradicen a sus palabras.

Hoy en día hay muchos libros y curiosos artículos sobre el lenguaje no verbal o corporal por lo que le animo, querido lector, a leerlos de forma jocosa. Le aseguro que, además de serle útil, se divertirá reconociendo en los demás, y en sí mismo, gestos muy significativos. Quién sabe, a lo mejor cualquier día puede coincidir en un banco con alguien de otro país y entablar una fuerte y sincera amistad, aunque desconozca absolutamente su idioma.

Como les ocurrió al señor Linh y al señor Bark una fría mañana de invierno…

Resumen de la novela “La nieta del señor Linh” de Philippe Claudel (Nancy, Francia, 1962)

Una fría mañana de noviembre, tras un penoso viaje en barco, un anciano desembarca en un país donde no conoce a nadie y cuya lengua ignora. El señor Linh huye de una guerra que ha acabado con su familia y destrozado su aldea. La guerra le ha robado todo menos a su nieta, un bebé llamado Sang Diu, que en su idioma significa «Mañana dulce», una niña tranquila que duerme siempre que el abuelo tararee su nana, la melodía que han cantado durante generaciones las mujeres de la familia. Instalado en un piso de acogida, el señor Linh sólo se preocupa por su nieta, su única razón de existir hasta que conoce al señor Bark, un hombre robusto y afable cuya mujer ha fallecido recientemente. Un afecto espontáneo surge entre estos dos solitarios que hablan distintas lenguas, pero que son capaces de comprenderse en silencio y a través de pequeños gestos. Ambos se encuentran regularmente en un banco del parque hasta que, una mañana, los servicios sociales conducen al señor Linh a un hospicio que no está autorizado a abandonar. El señor Linh consigue, sin embargo, escapar con Sang Diu y adentrarse en la ciudad desconocida, decidido a encontrar a su único amigo. Su coraje y determinación lo conducirán a un inesperado desenlace, profundamente conmovedor.

Una pincelada

El señor Linh y el señor Bark se ven todos los días. Si hace buen tiempo se quedan en la calle, sentados en el banco. Cuando llueve, van al café y el señor Bark pide la extraña bebida, que toman agarrando la taza con las dos manos.

El anciano espera el momento de reunirse con su amigo desde que se levanta. En su fuero interno lo llama “su amigo”, porque lo es. El hombre gordo se ha convertido en su amigo, aunque el señor Linh no habla su lengua, aunque no la comprende, aunque la única palabra que conoce es “buenos días”. Eso es lo de menos. Después de todo, el hombre gordo tampoco sabe más que una palabra del idioma del señor Linh, y es la misma.

Gracias al señor Bark, el nuevo país tiene un rostro, una forma de andar, un peso, un cansancio y una sonrisa, y también un olor, el del humo de los cigarrillos. Sin saberlo, el hombre gordo le ha dado todo eso.

Sang Diu se ha acostumbrado a esos encuentros, al cálido aliento del hombre gordo, a sus grandes manos agrietadas y sus anchos dedos llenos de callos. A veces, cuando nota que al anciano empieza a pesarle la niña, la lleva él. Ella no protesta. Se ve muy graciosa en brazos del hombre gordo, que es tan grande y tan fuerte que a la niña no podrá pasarle nada. El señor Linh está tranquilo. Ningún ladrón de niños se atrevería a meterse con un hombre tan corpulento y tan fuerte.

El señor Bark sigue fumando tanto como de costumbre, puede que más, si cabe. Pero ahora sólo fuma cigarrillos mentolados, que además le parecen excelentes. Cuando el señor Linh saca el paquete para dárselo, el señor Bark siempre siente un pequeño estremecimiento, un leve y agradable nudo en el estómago que le sube hasta la garganta. Entonces sonríe al anciano, le da las gracias, se apresura a abrir el paquete, le propina un golpecito en la parte inferior y saca un cigarrillo.

A veces pasean por las calles. No por la calle, sino por las calles, porque el señor Bark lo lleva por toda la ciudad, le enseña otros barrios, plazas, avenidas, callejas, lugares desiertos y otros llenos de de tiendas y gente que entra y sale, como las abejas de una colmena.

Algunos ojos se quedan mirando a la curiosa pareja, al anciano, tan pequeño y en apariencia tan frágil, envuelto en todas sus capas de ropa, y a ese gigante que fuma como una locomotora, y a continuación se posan en Sang Diu, la maravilla del señor Linh, que la lleva en brazos como se lleva un tesoro.

Cuando las miradas son un tanto hostiles o demasiado insistentes, el señor Bark mira a su vez al curioso, frunce el ceño y tensa las facciones. En esas ocasiones parece realmente temible. Eso divierte al señor Linh. El mirón baja la cabeza y sigue su camino. Y el señor Bark y el señor Linh ríen de buena gana.

a través de gestos y miradas.

Burbujas en las venas

El jueves 17 falleció el escritor colombiano Gabriel García Márquez, uno de los grandes maestros de la literatura universal. Como legado nos deja casi cincuenta obras llenas de realismo mágico con el que expresó de forma magistral la soledad y la complejidad de las relaciones humanas.

Inspirado por William Faulkner, uno de sus escritores favoritos de juventud junto a Hemingway, escribió su primera novela “La hojarasca”, en la que aparecen algunas de las constantes de su obra, como la lluvia, la memoria, la guerra y la muerte. Y por primera vez Macondo, el pueblo imaginario que inmortalizaría años más tarde en la afamada novela “Cien años de soledad”, por la que se le otorgó el Premio Nobel de Literatura en 1982.

Casualmente, García Márquez ha muerto en Jueves Santo como Úrsula Iguarán, personaje central de “Cien años de soledad”.

Habría mucho más que contar y comentar sobre este genial escritor y su obra, pero a mí me gustaría remarcar la importancia de sus primeros años de vida, la huella que sus abuelos maternos imprimieron en su infancia, cuando sus padres se mudaron a otra ciudad y le dejaron a su cuidado a muy temprana edad.

Según narra él mismo en sus memorias “Vivir para contarla”, su abuelo el Coronel Márquez, quien tenía tres hijos oficiales y otros nueve de distintas madres, era un excelente narrador que le enseñó a consultar el diccionario con frecuencia, le llevaba al circo cada año y fue quien le introdujo en el “milagro” del hielo que se encontraba en la tienda de la United Fruit Compañy. Según García Márquez, el Coronel fue su “cordón umbilical con la historia y la realidad”.

Su abuela, Tranquilina Iguarán, era una mujer imaginativa y supersticiosa que llenaba la casa con historias de fantasmas, premoniciones y augurios. El escritor la describe como su primera y principal influencia literaria, pues le inspiró la original forma en que ella trataba lo extraordinario como algo perfectamente natural cuando contaba historias y, sin importar cuán fantásticos o improbables fueran sus relatos, siempre los refería como si fueran una verdad irrefutable. Su abuela Mina, como Gabito la llamaba, inspiró el personaje de Ursula Iguarán, una mujer de fortaleza única para sacar adelante a su familia, enfrentarse a los problemas y dar equilibrio y cordura a las locuras de los hombres de Macondo, ante el aturdimiento de los retraídos Aurelianos e impulsivos José Arcadios.

Cuando Gabriel tenía ocho años su abuelo murió, y debido a la ceguera de su abuela tuvo que irse a vivir con sus padres, a los que apenas conocía. Se llevó con él la semilla que sus abuelos habían depositado en su pequeño corazón, semilla que fructificó con los años en sus obras de manera excepcional e irrepetible.

De las muchas y sabias palabras que García Márquez pronunció en vida, destaco las que manifestó en octubre de 1982 a la revista Gente de Argentina:

“…por un lado uno sabe que se va a morir, y por otro la obra se resiste. En el fondo, uno quiere seguir vivo con sus obras en el espíritu. Siempre me acuerdo de aquella frase de Shakespeare cuando le preguntaron qué era lo que más ambicionaba en la vida: “Ser inmortal y después morir”, contestó. Genial. Creo que así me siento ahora. No te lo puedo explicar. Son…, son como burbujas que te explotan en las venas, chico…, eso”.

Sin duda, Gabo lo ha logrado. Descanse en paz.

Resumen de la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez (Aracatana, Colombia, 6 de marzo de 1927 – México D.F. 17 de abril de 2014)

Esta es la historia de los Buendía, la estirpe que estuvo condenada a vivir cien años de soledad. Los Buendía pudieron descansar en paz cuando nació la primera criatura procreada en el amor verdadero.

José Arcadio Buendía y su esposa, Úrsula, son los procreadores de José Arcadio Buendía, el hijo mayor, y Aureliano Buendía, que más tarde sería coronel y Amaranta, la menor. De estos tres nacerán cuatro generaciones que, de manera cíclica como la historia, se irán relacionando y procreando entre ellos mismos, salvo algunas excepciones. Esta familia acompañada por otros hombres, mujeres y niños cruzan la sierra y en un lugar desierto encallado en el Caribe fundan el pueblo de Macondo. El pueblo es testigo de la felicidad, de la tristeza, de la fortuna y de la desdicha de los Buendía durante más de cien años. De estas historias personales que construyen la gran historia familiar nacen y viven los seres más extraños, mágicos y desolados que el mundo haya visto antes.

Una pincelada

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos

prehistóricos. El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de

barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.”